Mi marido sacó un préstamo a mi nombre para comprarle un regalo a su madre, pero mi venganza salió más cara que el bolso de cocodrilo

**El Bolso de Cocodrilo**

El sábado amaneció tranquilo. Una fina llovizna resbalaba por los cristales en hilos desiguales, y el piso olía a té recién hecho y a ese silencio especial de los sábados, cuando por fin puedes relajarte después de la semana. Lucía se acomodó en el sillón viejoel que heredaron de la abuela, con el asiento hundido y los brazos gastadosy rodeó su taza favorita con las manos. El calor de la cerámica le reconfortaba.

*Esto es felicidad*, pensó, inhalando el aroma del té. Sin gente de más, sin hablar del trabajo, del dinero, de que “ya era hora”… Solo ella, su té caliente y una nueva serie en la tablet.

Esas horas de quietud se habían convertido en su salvación los últimos meses. Javier, su marido, llevaba tres meses sin trabajo, y la casa se había transformado en un campo de batalla de resentimientos callados. Él pasaba el día frente al ordenadorjugando a disparos, viendo fútbol, “supuestamente” buscando empleo, aunque la pantalla rara vez mostraba páginas de ofertas.

“¡Cariño!”la voz de Javier irrumpió en el silencio como un petardo. “¡No te lo vas a creer! ¡Mi madre ya ha elegido su regalo de aniversario!”

Entró en la habitación radiante, como un niño que ha sacado un sobresaliente. Lucía apartó lentamente la mirada de la pantalla y lo observó. Algo en su tono le encendió las alarmas.

“¡Un bolso de piel de cocodrilo!”siguió Javier, ajeno a su desconfianza. “¡Lleva soñando con él años!”

Lucía dejó la taza sobre la mesa con cuidado y entrecerró los ojos.

“¿Un bolso de piel de cocodrilo? ¿Lo ha elegido ella o alguien se lo ha sugerido? ¿Y ha pensado en lo que dirán los defensores de los animales?”

El sarcasmo le resbaló como si fuera sordo.

“¡Es mi madre! ¡Se lo merece!”

“¿Merece?”algo se tensó dentro de Lucía. “Dime, ¿qué ha hecho exactamente para merecerlo? Acepto que te crió, pero yo no entro en esa lista; tengo mis propios padres. ¿Y cuánto cuesta este ‘regalo’?”

Javier tosió, incómodo, y desvió la mirada.

“Una tontería, en realidad… Unos cinco sueldos tuyos.”

Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

“¿Cinco sueldos míos?”repitió, con el rostro petrificado.

“Bueno, es piel de cocodrilo del Nilo, no imitación barata”explicó, como si no pasara nada.

“¿Y por qué me lo cuentas? A mí no me interesa lo más mínimo.”

Javier se removió y evitó mirarla.

“Pues… lo he comprado a crédito.”

“¿A crédito?” Lucía adoptó un tono peligrosamente tranquilo.

“Sí. Gracias a mi hermana Lolatrabaja en el banco y lo gestionó todo rápido…”

“¿Y a nombre de quién?”

Algo terrible empezó a rondar la mente de Lucía.

“Bueno, ¿de quién va a ser…? Del tuyo. ¿De quién más? Solo usé tus documentos…”

Lucía se levantó sin decir nada y caminó lentamente hacia su marido. De pronto, le entraron ganas de matarlo. O al menos de golpearlo con algo pesado.

“Así que, Javier, cariño, tienes tres meses sin trabajar, decides comprarle un regalo a mamá, ¿pero quien paga soy yo?”

Javier retrocedió instintivamente, sintiendo el ambiente enrarecerse.

“Lucía, es que así ha salido… En esta familia solo tú trabajas…”

“¡Sí, yo trabajo! Y tú, en vez de buscar empleo, en vez de mantener a tu familia como cualquier marido normal, te quedas en casa como un niño en vacaciones y encima crees que no tengo suficientes problemas sin tu crédito.”

“Lucía, ¡no te pongas así! Solo es un préstamo, no es para tanto…”

En ese momento, su madre, Doña Carmen, hizo una de sus apariciones habituales. Siempre venía a “visitar a los niños”, pero en realidad traía una montaña de quejas y reproches.

“¿Qué es este escándalo?”preguntó, entrando con aire de dueña y señora.

“Nada, todo está bien, mamá. Lucía se ha alterado un poco por el crédito”se quejó Javier.

“¿Y por qué va a alterarse?”la suegra se sentó con los brazos cruzados. “Son cosas de familia, y hay que ayudarse.”

“¿Cómo? Explícamelo, por favor”dijo Lucía.

“¿Mi deber es elegir regalos caros y el tuyo pagarlos?”

“¿Y qué tiene de raro? Tú trabajas y ganas bien”respondió la suegra con frialdad.

“Ya veo. Maravilloso. ¿Y Javier? ¿Qué hace él?”

“Javier es mi hijo y, por cierto, tu marido. Y debes apoyarlo.”

“¿Marido?”Lucía soltó una risa amarga. “¿A esto le llamas marido? ¿Un hombre que pide un crédito a nombre de su mujer porque él no puede ni quiere hacer nada? ¿Que se ha instalado en mi espalda como un parásito?”

“¡Lucía!”Javier intentó protestar. “¡No hace falta ser cruel! ¡Al fin y al cabo somos una familia!”

“Vale”Lucía apretó los labios. “Mañana lo arreglaré yo. Y creedme, todo irá bien.”

Sonrió de un modo extraño, como para sí misma, y había algo en esa sonrisa que inquietó a Javier. En realidad, Lucía ya sabía cómo solucionar el problema.

“¡Muy bien, hija, muy bien!”asintió la suegra con aprobación.

Al día siguiente, Lucía trabajó y, a la vez, se ocupó de sus asuntos. Hizo varias llamadas a anuncios de segunda mano y quedó con uno de los anunciantes por la tarde.

Cuando volvió a casa esa noche, recibió a su marido con una sonrisa dulce.

“¡Javier, cariño! ¡Hoy tengo noticias para ti!”

“¿Ah, sí? ¿Qué pasa?”se sentó en el sofá, sin sospechar nada.

“Verás, he pagado el crédito del bolso de piel de cocodrilo.”

“¿En serio? ¡No puede ser!”Javier casi saltó. “¡Sabía que eras la mejor! ¿Cómo lo has hecho? ¿De dónde has sacado el dinero?”

“Sencillo. He vendido tu coche.”

Javier se quedó helado, como si le hubieran golpeado.

“¿Qué…? ¿El coche?”

“Eso he dicho: lo he vendido. Rápido y barato. Justo lo necesario para pagar ese maldito crédito.”

“¡¿Te has vuelto loca?! ¿Y ahora con qué voy a ir?”

Lucía sonrió con inocencia.

“Monta en el bolso de cocodrilo como si fuera un caballo. Por cierto, leí hoy que algunos bolsos están hechos de piel de zonas… delicadas del cocodrilo, y si los acaricias bien se convierten en maletines. ¿No será ese el bolso que le regalaste a tu madre?”

Lucía tuvo ganas de reír. Javier se puso morado.

“¡No puedes haber hecho esto! ¡Dime que es una broma! ¡Ese coche era mío! ¡Y venderlo por cuatro perras… es una locura!”

“Bueno, ahora tú sin coche, y yo sin deudas. Justo. Y tu madre con su bolso. Un buen trato, ¿no?”

Atraída por los gritos de su hijo, Doña Carmen entró corriendo.

“¿Qué pasa ahora?”

“¡Imagínate, mamá! ¡Lucía ha vendido mi coche! ¡Es una tragedia!”gritó Javier.

“¿Y qué? Ha hecho lo correcto”se encogió de hombros Lucía. “Al fin y al cabo, un crédito es cosa de familia. ¿Verdad?”

“¡Esto es un error! ¡Y gordo! ¡No tenías derechoera de él!”la suegra puso las manos en las caderas. “¿Y ahora, sin coche… has pensado en eso?”

“¿Vosotros me preguntasteis cuando comprasteis ese bolso? ¿Cuando pedisteis un crédito a mi nombre?”Lucía alzó la barbilla. “Ahora yo equilibro la balanza.”

“¡Esto es indignante! ¡Mira qué independiente se ha vuelto!”gritó la suegra, mirándola como si hubiera robado algo.

“Indignante es que vosotros dos decidáis que soy vuestra vaca lechera y podéis gastar mi dinero sin mi permiso”replicó Lucía.

Javier intentó mediar.

“Lucía, ¡piénsalo! ¡Somos una familia, estamos juntos, somos un todo!”

“¿Familia? Pues hagamos esto: como eres el miembro más inútil, haz las maletas y vete a vivir con tu madre. Que ella te mantenga y te pague el internet. Yo por fin viviré para mí.”

Lucía se sentó en el sofá y cogió su tablet, dejando claro que la conversación había terminado.

Unos días después, Javier, agotado por las discusiones, se mudó con su madre. Doña Carmen no ocultaba su indignación. Lucía simplemente la ignoró.

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligera. Y ahora lo sabía seguro: habían entendido el mensajecon ella no se jugaba.

Afuera, la llovizna seguía, pero ahora ese silencio de sábado era solo suyo.

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Innecesaria. Un relato.