A los sesenta años, a Jaime le asaltó el remordimiento por las cosas del pasado. Últimamente, los recuerdos de sus errores juveniles no lo abandonaban. Quizás era cosa de la edad, pero por más que intentaba ahuyentar esos pensamientos, siempre volvían.
Desde niño, Jaime tuvo un carácter impulsivo. Su sentido de la justicia era exagerado; no soportaba las injusticias y, ante la mínima provocación, terminaba a golpes.
Con los años, se convirtió en el mediador del barrio. Los chicos acudían a él cuando no podían resolver sus peleas:
Jaime, dime tú quién tiene la culpa. Si Miguel y Luis entraron al huerto del abuelo Emilio, robaron manzanas, y el abuelo solo pilló a Luis, que luego delató a Miguel. Miguel le dio una paliza por chivato, y Luis se quejó a su padre, que también le arreó a Miguel.
Así resolvía Jaime los conflictos, ganándose el respeto de los demás. Pero el tiempo pasó, y en segundo de la ESO vivió otra injusticia. Jaime era un chico deportista: jugaba al fútbol, al voleibol y, en invierno, destacaba en esquí.
En una competición comarcal, el colegio organizó una eliminatoria. Jaime ganó sin esfuerzo, dejando atrás a todos.
Jaime, era obvio que ganarías le dijo su amigo Luis. El profesor de gimnasia te mandará a la competición, ¿a quién más?
Pero el profesor decidió otra cosa. Puso en primer lugar a Jorge, el hijo de un amigo, y anunció:
Jorge representará al colegio en la competición.
El chico miró a Jaime con una sonrisa burlona. Los alumnos protestaron, pero el profesor los calló. Jaime, conteniendo la rabia, se acercó:
¿Por qué esta injusticia?
Porque Jorge termina este año y tú podrás ir el próximo. Y no discutas le dio un empujón en la espalda.
Al salir del colegio, Jaime se enfrentó a Jorge. No creyó haberle pegado tan fuerte, pero el chico no pudo competir. Tampoco lo dejaron ir a Jaime, y además hubo problemas en el colegio. Para colmo, la madre de Jorge era profesora de Historia.
Desde entonces, el profesor de gimnasia y la de Historia lo hacían la vida imposible. Jaime aguantó hasta terminar segundo, pero no volvió al instituto. Sus padres lo regañaron, pero él encontró trabajo.
Mamá, no insistas decía. En tercero será peor, y temo no controlarme
Su madre, conocedora de su temperamento, cedió.
En el pueblo, el único trabajo era en la granja. Jaime seguía a Miguel, el veterinario, aprendiendo el oficio.
Jaime, es una pena que no siguieras estudiando le decía Miguel. Podrías reemplazarme, tienes talento.
Me gusta cuidar animales reconocía Jaime.
Pero la ironía quiso que Jorge, el mismo de la escuela, se graduara como veterinario y ocupara el puesto de Miguel al jubilarse. Jaime observaba en silencio y notaba que Jorge no tenía experiencia. Estudiar era una cosa, pero la práctica, que Jaime había aprendido con Miguel, era otra.
No interfería, pensando:
Él tiene el título, sabrá más que yo.
Un día, el encargado ordenó a Jorge vacunar a los animales. Jaime sabía hacerlo, pero Jorge, inseguro, fue a pedirle ayuda a Miguel, que estaba en casa con una pierna escayolada.
Pídele ayuda a Jaime le dijo Miguel. Él sabe hacerlo bien.
Jorge no tuvo más remedio que acudir a Jaime:
Ayúdame con las vacunas, no puedo solo.
Pero Jaime recordó la injusticia del colegio y respondió:
Tú eres el profesional, es tu trabajo. Si te ayudo, te pagarán a ti.
Al día siguiente, el encargado reprendió a Jorge delante de todos. Avergonzado, Jorge volvió a hablar con Jaime, esta vez pidiendo perdón.
Jaime, lo siento por lo del colegio. Ayúdame.
Jaime se compadeció.
No puedo guardar rencor eterno pensó.
Lo ayudó, terminaron rápido y el encargado los felicitó. Pero Jorge le dio una botella de vino como agradecimiento. Jaime la miró con desdén y la estrelló contra una piedra.
Un simple “gracias” habría bastado murmuró, alejándose.
Con el tiempo, Jaime ayudaba a los vecinos sin cobrar. Cuando los salarios se retrasaban, todos sobrevivían como podían. Él criaba terneros y vendía la carne.
Una vecina, la abuela Carmen, le pidió:
Llévame al pueblo en tu coche, el autobús me mata.
Jaime la llevó y se negó a cobrar, pero ella dejó dinero en el asiento.
Es para la gasolina dijo. Y por si necesito volver a pedirte ayuda.
La abuela contó a todo el pueblo su gesto, y pronto otros vecinos sin coche acudieron a él. Jaime nunca les negó el favor, aceptando lo que pudieran pagar. Así pasaron meses, hasta que un vecino, Nicolás, empezó a ofrecer el mismo servicio, pero cobrando caro. La gente se quejó a Jaime, que, furioso, fue a hablar con Nicolás.
¿Por qué les robas a los vecinos? le espetó.
¿Qué tienes tú que ver? Cobro lo que quiero. ¿Te molesta que te quite clientes?
Jaime no pudo contenerse y le dio un puñetazo. Nicolás quiso hacer escándalo, pero nadie lo apoyó.
Con los años, Jaime siguió defendiendo lo que creía justo. Una vez trabajó con Santi cavando fosas sépticas. Al enfermarse, los demás terminaron sin él, y Santi no le pagó.
Santi, ¿dónde está mi dinero? le reclamó.
Pues Antonio pagó poco, y lo repartí entre los chicos y a ti estabas enfermo
Jaime, indignado, le dio una paliza y cortó toda relación.
Pero con la edad, la culpa lo corroía. Iba a la iglesia, donde el cura hablaba del perdón, y reflexionaba:
Defendí la justicia, pero cometí errores. No debí pegar a nadie, por muy injusto que fuera. Santi murió (no por mí, era un borracho), pero igual, me equivoqué.
Ahora, a punto de cumplir sesenta, las noches se le hacían eternas.
Quizás no duermo por esto pensaba. Si alguien pegara a mis hijos, me dolería. No debí hacerlo yo. Quisiera enmendar mis errores, pero es tarde. Lo lamento, pero no hay vuelta atrás.







