El Corazón de Mamá

**El Corazón de una Madre**

“Mamá, ¿quién es Fisa? ¿Es nuestra dueña? ¿Por qué nos da de comer tan mal?” Los ojitos curiosos de Rojito miraban a Sima esperando una respuesta. “No, hijo mío, ella no es nuestra dueña. Solo es una anciana enferma. No sabe lo que hace…” “Mamá, ¿a mí también me comerán los gatos grandes, como a mi hermanita?” Susurró Rojito, temblando de miedo. Sima suspiró con tristeza. “No, cariño, no te comerán. ¡Te lo prometo!” Sima comenzó a lamer a su pequeño, su único hijo ahora, y Rojito se calmó poco a poco, quedándose dormido con un suave ronroneo.

Sima había nacido en el sótano de un edificio. Eran cuatro gatitos. Su madre era una gata muy joven, era su primera camada. En cuanto apareció un nuevo pretendiente, ella olvidó por completo a sus crías y se fue tras él. Pero Sima aún la recordaba con gratitud. A pesar de su frivolidad, su madre les había dado cariño, los amamantó y les enseñó a comer solos. Tras su desaparición, los gatitos salieron a la calle. Al principio se mantuvieron juntos en el patio, donde a veces la gente les daba algo de comer.

Pasó el tiempo… El hermano gris fue atropellado por un coche, a Tigresa la despedazaron los perros. Sima los despidió bajo la lluvia, llorando sus cuerpos fríos. Se quedó junto a ellos hasta que el conserje la ahuyentaba. Veía cómo usaba la pala para echarlos al contenedor. Nunca supo qué pasó con su otra hermanita.

Al crecer, Sima aprendió las leyes de la calle. Vivía callada, discreta, evitando llamar la atención. Hasta que un día cayó en el infierno… Fisa. La encontró revolviendo la basura, guardando cosas en su bolsa enorme. La anciana la miró con ojos desquiciados y murmuró: “Gatita, ven aquí, ven conmigo”. Nadie le había enseñado a temer a las viejas sin dientes, así que se acercó, esperando comida. De pronto, Fisa la agarró, la metió bajo el brazo y entró corriendo en su piso.

La arrojó al suelo. “Te llamarás Sima.” Y la olvidó para siempre. Docenas de ojos hambrientos la observaban. “¡Gatitos, gatitos!” gritó Fisa desde la cocina, donde desempacaba sus “tesoros”, y los gatos, olvidándose de Sima, corrieron hacia ella.

El lugar era una pesadilla: montañas de ropa sucia, platos apilados, orines y excrementos por todas partes, moscas y cucarachas. Y gatos. Muchos gatos. Flacos, enfermos, asustados. Pero también algunos fuertes, agresivos, los favoritos de Fisa. ¿Por qué guardaba a los demás? Ni ella misma lo sabía.

Así empezó la vida de Sima: hambre, miedo, muerte. Los gatos adultos devoraban a los recién nacidos si Fisa no los ahogaba antes. Sima encontró un rincón escondido y sobrevivió.

Hasta que un mes después, supo que sería madre. En la calle tuvo un amante, un gato guapo que la cortejó, pero no duró. Ahora, en ese infierno, nacerían sus crías.

Lo hizo en silencio. Dos gatitos preciosos: una negrita como su padre y un machito rojizo como ella. Perla y Rojito.

Los cuidó con desesperación, pero los gatos hambrientos se acercaban, y los pequeños, ya con los ojos abiertos, querían explorar. Un día, Sima se durmió un instante y escuchó el chillido de Perla, luego el crujido de sus huesos…

Se lanzó furiosa, lista para atacar, pero oyó a Rojito: “Mamá, ¿se comieron a Perla?” Sus ojos, llenos de terror, la detuvieron. Si moría, él quedaría solo. “Escaparemos de aquí. ¡Te salvaré!”, susurró entre lágrimas.

Y llegó el día. “¡Policía, abra!” Fisa se agitó, pero al abrir, Sima salió disparada con Rojito en la boca.

Enrique miró sus ojos nublados por el dolor y entendió. “No te preocupes, yo lo cuidaré”. Rojito, inusualmente callado, lamía la cara de su madre moribunda. Su corazón no resistió la pérdida de Perla.

El día de su muerte llovió. Enrique la enterró en un bosque de abedules y luego se quedó junto a Rojito. Recordó cómo llegaron a su vida: él, acabado de perder a sus padres en un accidente, encontró a esa gata desesperada en la puerta de aquel infierno.

“¿Te escapaste? Yo también lo haría… Ven conmigo”. Abrió la puerta del coche, y ella entró. Así encontró un nuevo propósito.

La llamaba “mi belleza”. A Rojito le compró un rascador enorme, los mejores alimentos. Hizo todo para que olvidaran el horror. Pero cuando ella enfermó, sus ojos le suplicaban: “Déjame ir”.

Sima corrió por el arcoíris, con Perla a su lado. “¿Y Rojito?”, preguntó la gatita. Sima sonrió. “No está solo, mira…”

La lluvia cesó, y sobre el bosque brilló un arcoíris. Enrique cargó a Rojito, besó su nariz húmeda. “Todo irá bien, pequeño”. Y se fueron juntos. Dos corazones heridos, pero no solos. Un hombre fuerte y un gatito… Rojito.

**Lección:** A veces, el dolor une más que la alegría. Y en la oscuridad, siempre hay alguien esperando para dar luz.

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