Tía Rosa, ¿dónde está Miguelito?
¿Para qué lo quieres?
Íbamos a recoger moras esta mañana.
Se fue con los chicos.
¿Cómo que se fue? Los labios de la niña temblaron. Me lo había prometido…
Mira, Lola, ¿por qué te empeñas con el chiquillo, eh? Pronto tendrás que correr detrás de hombres, y aquí estás, pegada a un niño. Vete con las chicas, déjalo en paz, ¿me oyes?
Rosa no soportaba a esa mocosa grandota, labios gruesos, patilarga como una garza en el río. Solo de verla, el estómago se le revolvía. «Niña será, pero qué desagradable», pensaba.
Los ojos de Lola se llenaron de lágrimas, sus labios temblaron.
«Bah, más que niña, parece un desastre», se encogió de hombros Rosa y se adentró en el patio. «Siempre pegada a él, como una sombra».
En ese momento, su hijo, Miguelito, salió del corral.
¿Adónde vas?
Al bosque.
¿Limpiaste el chiquero?
Sí, mamá.
¿Echaste paja?
Sí, mamá.
Y las gallinas…
¡Mamá! Llevo trabajando desde el amanecer. Son vacaciones, además íbamos al bosque. Por eso me levanté temprano. Los chicos me esperan.
¿Qué chicos?
¿Qué dices? Los de siempre: Juanito, Paco, Sergi, Pepe y Quique.
¿No te falta ninguno?
No, mamá. Me tengo que ir.
¿Y esa mocosa? ¿También va con vosotros? ¿Una chica con tantos chicos?
Mamá, por favor. ¿Qué te ha hecho Lola? Es mi amiga.
Amiga, ja Rosa lo agarró del hombro y susurró. No te juntes con ella, hijo. Te envolverá, te traerá problemas. Escúchame.
Mamá, ¿de qué hablas? El chico se soltó y salió corriendo, saltando sobre la bicicleta sin mirar atrás.
¡Lola, Lola! oyó Rosa la voz alegre de su hijo. Se sentó y… lloró.
«¿Por qué se empeña con él? ¿Qué quiere? En un par de años, saldrán pretendientes, y él vendrá con esa mocosa diciendo: “Mamá, papá, me caso”. No, eso no pasará».
Rosa se secó las lágrimas, se levantó decidida y caminó hacia la verja. Se detuvo, como dudando, pero luego avanzó con paso firme.
Junto al montón de arena amarilla, jugaban los niños. Rosa llamó a uno, un chico despeinado y cabezón.
Antoñito, ¿está tu madre en casa?
Sí respondió el niño, cavando un hoyo en la arena.
Llámala.
¡Mamá! gritó el pequeño.
«Qué bobo, pensé que iría a buscarla, pero no, grita como un loco. Toda la familia igual».
¿Sí? respondieron desde dentro.
Ven, que te llama la tía.
De la casa salió la madre de Antoñito y Lola, una mujer pecosa y labiosa, tan larguirucha como su hija.
Ana, ven aquí.
Hola, Rosita. ¿Qué pasa? ¿Algo malo? ¿Con los niños? se secó las manos en el delantal, nerviosa.
Nada, que Dios te oiga. Pero podría pasar… Habla con tu Lola. Es una chica, no debería…
¿Qué?
Ir detrás de los chicos. No deja en paz a mi Miguel.
Rosita, ¿has bebido locura en vez de café? Son niños, juegan juntos. Nosotras también lo hacíamos: íbamos por setas, por bayas, cortábamos hierba para los conejos…
Tú quizás, yo no cortó Rosa.
Vaya, mírala. ¿Quién no dejaba en paz a mi hermano Jacinto? Tu madre te sacaba a correazos de nuestro patio. ¿Crees que no lo recuerdo? Solo soy cuatro años menor que vosotros. Sé cómo aprendisteis a fumar tras el cobertizo, cómo mirábais esos dibujos obscenos, cómo os besabais… ¿O dirás que no pasó?
Te lo advierto, vigila a tu hija, o la traerá en el delantal.
¿Y tú no lo hiciste? ¿O acaso Paquito es hijo de Jacinto?
¡Tonta! ¿Por qué habrían de ser bast







