**Primavera Temprana**
La pequeña Lucía, una niña de cuatro años, observaba al “recién llegado” que había aparecido en su vecindario. Era un hombre canoso, sentado en un banco del parque con un bastón en la mano, apoyándose en él como si fuera un mago de cuento.
Abuelo, ¿usted es un mago? preguntó la niña con curiosidad.
Al recibir una negativa, su carita se llenó de decepción.
Entonces, ¿para qué tiene ese bastón? insistió.
Me ayuda a caminar mejor, hija respondió el hombre, presentándose como Alfonso López. La pierna me duele desde que me la rompí en una caída.
En ese momento, salió la abuela de Lucía, Carmen Gutiérrez, y la tomó de la mano para llevarla al parque. Saludó amablemente al nuevo vecino, quien le devolvió una sonrisa. Pero, con el tiempo, fue Lucía quien más se acercó a Alfonso. Mientras esperaba a su abuela, la niña salía antes al patio para contarle todas las novedades: el tiempo, lo que Carmen había cocinado ese día, incluso los resfriados de sus amiguitas.
Alfonso siempre llevaba chocolatinas para su pequeña amiga. Pero algo le llamaba la atención: Lucía daba las gracias, abría el envoltorio, mordía exactamente la mitad y guardaba el resto en el bolsillo de su chaquetita.
¿No te gustó? ¿Por qué no te la comes entera? preguntó él una tarde.
Está riquísima, pero quiero compartirla con mi abuela explicó Lucía con naturalidad.
Conmovido, la próxima vez le dio dos chocolatinas. Pero la niña volvió a guardar la mitad.
¿Y ahora para quién la guardas? preguntó Alfonso, sorprendido por su generosidad.
Ahora puedo darle a mis padres. Aunque ellos pueden comprarse las suyas, siempre les gusta que les regalen algo dijo Lucía con una sonrisa.
Vaya, qué familia tan unida tienes comentó el anciano. Eres una niña con un gran corazón.
Y mi abuela también, porque quiere a todos mucho empezó a explicar Lucía, pero Carmen ya salía del portal y la llamaba.
Ah, Alfonso, gracias por los dulces, pero la niña y yo no debemos comer tantos dijo Carmen con delicadeza.
Entonces, ¿qué puedo ofrecerles? preguntó él, desconcertado.
No hace falta nada, en casa tenemos de todo respondió Carmen.
No, no puedo quedarme así. Quiero ser un buen vecino insistió Alfonso.
Bueno, ¿qué tal si pasamos a los frutos secos? Y solo los comemos en casa, con las manos limpias propuso Carmen, mirando a ambos.
Lucía y Alfonso asintieron, y desde entonces, la abuela encontraba nueces o avellanas en los bolsillos de su nieta.
Ay, mi ardillita decía Carmen. Pero esto es un lujo ahora, y don Alfonso necesita sus medicinas.
¡No es tan viejo! protestó Lucía. Ya casi está mejor, y dice que en invierno quiere esquiar otra vez.
¿Esquiar? Carmen arqueó una ceja. Pues vaya carácter.
Abuela, ¿me compras unos esquís? pidió Lucía. Alfonso dice que me enseñará.
Con el tiempo, Carmen empezó a ver a su vecino caminando por el parque sin bastón, cada vez más ágil.
¡Abuelo, espera! gritaba Lucía, corriendo hacia él.
Pues esperadme a mí también reía Carmen, siguiendo el ritmo.
Así comenzaron sus paseos en trío. Para Lucía era un juego; para Carmen, un buen ejercicio; y para Alfonso, una nueva razón para sonreír.
Un día, Alfonso confesó que era viudo y que había cambiado su antigua casa por dos pisos más pequeños: uno para él y otro para su hijo.
Me gusta aquí. Aunque no soy muy sociable, tener buenos vecinos es un regalo.
A los pocos días, Lucía y Carmen llamaron a su puerta con un plato de empanadas.
Hoy nos toca a nosotras dijo Carmen.
¿Tienes tetera? preguntó Lucía.
¡Claro que sí! ¡Qué alegría! Alfonso los invitó a pasar.
Mientras tomaban el té, Lucía admiró la biblioteca y las pinturas de Alfonso, y Carmen observó con ternura cómo el anciano le explicaba cada detalle con paciencia.
Mis nietos viven lejos, ya son universitarios. Los echo de menos confesó Alfonso. Pero tú, Carmen, aún eres joven.
Solo llevo dos años jubilada, y con esta niña no hay tiempo para aburrirse dijo Carmen. Además, mi hija espera otro hijo. Menos mal que vivimos cerca.
El verano pasó entre risas, y cuando llegó el invierno, Carmen cumplió su promesa: compró esquís a Lucía, y los tres comenzaron a entrenar en el parque.
Pero un día, Alfonso viajó a Madrid para visitar a su familia.
Lucía no dejaba de preguntar:
¿Cuándo vuelve el abuelo?
Dijo que estaría un mes respondió Carmen, aunque ella también lo extrañaba.
Sin embargo, a la semana, Alfonso apareció de repente en su banco habitual.
¡Pero si no te esperábamos tan pronto! exclamó Carmen.
La capital es ruidosa, y mi familia siempre está ocupada. Aquí me siento en casa confesó Alfonso. Os echaba de menos.
Abuelo, ¿les diste chuches a tus nietos? preguntó Lucía.
Los adultos rieron.
No, cariño. Les di dinero. Ya son mayores respondió Alfonso.
Me alegro de que hayas vuelto dijo Carmen. Todos estamos donde debemos estar.
Lucía lo abrazó, y Alfonso se emocionó.
Hoy hay tortitas con mermelada anunció Carmen. Venid, contadnos de Madrid.
¿Madrid? Preciosa, como siempre dijo Alfonso, tomándolos del brazo. Pero os he traído algo mejor…
Mientras caminaban bajo una suave lluvia primaveral, Lucía saltaba sobre los adoquines secos, gritando:
¡Abuela, abuelo, corred! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Paso firme, mirad al frente!
Y así, entre risas y compañía, comprendieron que la verdadera felicidad no está en los lugares, sino en quienes caminan a tu lado.







