La Pedida de Mano: Tradición y Emoción en el Cortejo Español

**La Pedida de Mano**

“Uno de los mayores errores es creer que las personas son buenas, malas, tontas o inteligentes. El ser humano cambia, y en él caben todas las posibilidades: fue tonto y se volvió listo, fue malo y se hizo bueno, y viceversa. En eso radica su grandeza. Por eso no se le puede juzgar. Si lo condenas, quizá ya sea otro hombre”. Estas palabras las escribió en su día el gran León Tolstói en sus diarios.

Es difícil contradecir a un genio, a veces casi imposible. La vida le da la razón una y otra vez, si uno se detiene a observarla con atención, separando el grano de la paja. Entonces, la esencia de la verdad se vuelve clara y tangible

Pero hoy no apetece pensar en cosas tan profundas, porque desde primera hora hace un calor sofocante. Un calor propio de julio, como si el aire, al chocar contra las paredes ardientes de los edificios, rebotara contra el asfalto, aún más caliente, y se quedara quieto, rendido ante el sol que derrama verano desde el cielo.

Sin embargo, dentro de Lucía hay invierno. Un frío cortante. Por eso este verano transcurre sin ella

El instituto acaba de quedar atrás. Ahora toca pensar en la universidad, como corresponde a una recién graduada. Pero Lucía está embarazada. ¿Qué universidad ni qué nada? Y encima, Javi resultó ser un traidor. Cuando le contó lo del bebé, él solo se mordió el labio, miró hacia la ventana y dijo:

Bueno, yo fui el primero pero podría haber habido otro

Lucía ni siquiera pudo llorar. Se quedó quieta, mirándole la espalda. Una espalda normal, tranquila. Con una respiración serena. Quiso decirle algo más, porque no sabía qué hacer, pero justo entonces sonó el timbre: era su madre, que volvía del trabajo. Javi fue a abrir, se despidió en el recibidor y se marchó.

Su madre entró directa a su habitación y preguntó qué pasaba. Lucía, desconcertada, soltó de golpe:

Nada. Solo que estoy embarazada.

Su madre se quedó mirándola fijamente a los ojos. Luego gritó algo pero Lucía no lo oyó, porque el sonido de su voz fue tapado por la bofetada que le propinó.

Y ahí empezó el invierno dentro de Lucía. Como si de repente cayera una nevada y la enterrara hasta el cuello. Hacía frío. Vacío. Por dentro y por fuera.

Su madre seguía gritando, pero entre tanta nieve no se oía nada. Así que Lucía se sentó al borde de la cama y empezó a llorar. Solo que las lágrimas no salían, se quedaban dentro, convirtiéndose en bolas de cristal heladas. Y ella las sentía rodar en el vacío de su alma.

Su madre salió corriendo de la habitación, la puerta de entrada se cerró de golpe, y luego silencio. Lucía se quedó sola, rodeada de lágrimas congeladas, en plena noche de julio.

Se acostó, se hizo un ovillo y entonces sí lloró de verdad, como una niña. Con mocos y sollozos. Y sentía tanta pena no por ella, no, sino por el bebé que ni siquiera había nacido y ya nadie lo quería. Ni su padre, ni su abuela, ni ella misma, su torpe madre. Nadie lo esperaba con alegría

Se durmió, aunque aún era de día. Soñó algo, no sabía qué. Despertó cuando alguien se sentó a su lado y le acarició la cabeza.

Su madre había vuelto. La acariciaba y le decía:

Lucita, mi niña, perdóname. Soy una tonta, aunque no tan vieja. Tendría que estar feliz: mi hija ya es una mujer. Pronto será madre. Y yo

Lloraba, limpiándose las lágrimas con las manos, pero seguía hablando:

Solo pienso una cosa: que no sea un niño. ¡Que no sea un niño! Porque los hombres bueno, en fin, ninguno entiende ni compadece de verdad a una mujer. ¡Como tu padre! ¡Y el mío también!

Entonces Lucía rompió a llorar, fuerte, como una mujer mayor. Se incorporó, se abrazó a su madre, la persona más importante para ella. Y lloraron juntas, cada una por su dolor. Pero estaban calentitas. Y afuera, seguía siendo verano

De repente, el timbre sonó de nuevo. Su madre se sonó la nariz con fuerza, se secó las lágrimas y detuvo a Lucía, que iba a levantarse:

Quédate aquí, hija, ya abro yo

Se arregló el pelo mientras caminaba. Porque aunque el drama es drama, si detrás de la puerta hay un hombre, no queda bien presentarse desaliñada.

Abrió. Y efectivamente, allí había un hombre. ¡No, dos! Javi, y delante, su padre. Este último fue el primero en hablar:

Buenas tardes, Isabel. Perdone la hora, pero este memo me contó Todo, sin esconder nada, me parece.

Se volvió hacia su hijo y le preguntó:

¿O te guardaste algo, futuro papá?

Javi bajó la cabeza. Su padre siguió:

Pues bien, hemos venido los dos para pedirle la mano de su hija, si es que Lucía puede perdonarle esas palabras de despedida.

Le lanzó una mirada a Javi y luego le dio un cachete en la nuca, añadiendo:

¡Anda, granuja, pídele perdón a la chica! ¡Y si no te perdona, ya no eres mi hijo!

Sí el ser humano es cambiante. A veces hacemos tonterías y no sabemos cómo arreglarlas. Menos mal que tenemos a nuestros padres. Javi, temblando, dio un paso adelante y con la voz quebrada dijo:
Lucía perdóname. No supe reaccionar, tuve miedo. Pero quiero estar contigo, quiero a mi hijo. Quiero que seamos una familia.
Ella lo miró largo rato, sintiendo aún el frío antiguo, pero también el calor nuevo que subía desde el abrazo de su madre. Entonces, lentamente, extendió la mano. Javi la tomó, y al hacerlo, el invierno dentro de ella empezó a derretirse.
Fuera, el verano seguía ardiendo. Dentro, por fin, algo florecía.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 + 4 =

La Pedida de Mano: Tradición y Emoción en el Cortejo Español
Lo que se ve desde la ventana de la cocina