Envidia de un vestido blanco

Mira qué manera de comportarse esa mujer —Carmen dejó caer el trapo en el cubo con un chapoteo que salpicó agua por todos lados—. ¡Como si fuera la reina del baile! Y ese vestido… ¡por dios, en lo que se gasta la gente!

—Cállate ya —le reprendió Rosario, mirando hacia la escalera—. Que nos va a oír.

—¡Y que oiga! —siguió Carmen, agitando la fregona con energía—. ¿Es que no se puede decir la verdad? Diez años viviendo en el mismo bloque, casi la conozco desde que nació. ¡Y ahora mira qué posturas, ni siquiera saluda al verme!

Marina López, subiendo al tercer piso, aminoró el paso sin querer. Las voces de las vecinas llegaban nítidas del portal, cada palabra dolía como un bofetón. Apretó la bolsa de la compra e intentó pasar de largo.

—¡Marina! —la llamó Rosario asomando la cabeza desde la esquina—. ¿Qué tal estás?

—Bien —respondió Marina, sin detenerse.

—Pues el vestido… muy bonito llevas —añadió Rosario con una sonrisa forzada—. ¿Caro, no?

Marina se volvió. En los ojos de la vecina no había admiración, sino algo distinto. Frío, calculador, envidioso.

—Un vestido normal —se encogió de hombros Marina y apuró el paso escaleras arriba.

A sus espaldas, los susurros volvieron, más bajos pero igual de venenosos.

En casa, Marina colgó el vestido blanco en el armario y lo contempló largo rato. Sencillo, elegante, ciertamente no barato. Lo compró para una ocasión especial: la cena de antiguos alumnos que sería en una semana. Se reencontraba su promoción después de años y estaba nerviosa.

Tras el divorcio, había caído en un pozo gris de rutina. Del trabajo a casa, y de casa al trabajo. La compra semanal apenas rompía la monotonía. Sin celebraciones, sin alegrías. Hasta para el cumpleaños de su hija el año pasado llevó una falda vieja de hacía cinco años.

Pero la cena de compañeros se convirtió en un símbolo. La prueba de que la vida no había terminado, de que aún podía sentirse guapa e interesante. Por eso gastó la mitad de su sueldo en ese vestido, en unos buenos zapatos, en la peluquería.

Sonó el móvil justo cuando ponía el agua para el té.

—¡Hola, mamá! —sonó la voz de su hija Laura en el auricular—. ¿Cómo vas? ¿Lista para la cena?

—Voy preparándome —sonrió Marina—. ¿Y tú, cariño?

—Bien. Oye, mamá, ¿es verdad que te compraste un vestido supercaro? Ha llamado tía Susana, dice que las vecinas no paran de hablar de ello.

Marina sintió un nudo en el estómago. Susana, su hermana, vivía en el bloque de al lado y se sentaba en el banco del portal con Carmen todas las tardes.

—Laura, ¿a qué vienen ahora las vecinas? —suspiró, cansada—. Es un vestido normal.

—Mamá, no te enfades. Es solo que… bueno, ¿seguro que no era demasiado? Tampoco te sobra el dinero.

Tras colgar, Marina permaneció sentada en la cocina, mirando por la ventana. Abajo, en el banco de jardín, las siluetas conocidas de Carmen, Rosalía y otras charlaban animadamente, lanzando miradas furtivas hacia sus ventanas.

Antes, Marina se sentaba con ellas a veces. Hablaban del tiempo, de precios en el súper, de problemas con la comunidad. Nada especial, charla cotidiana de chicas de barrio. Pero tras el divorcio se distanció de todas, se encerró en sí misma.

Y ahora, un vestido nuevo era motivo de cotilleo.

Al día siguiente, bajando al super, Marina topó con Carmen frente a los buzones.

—¡Ay, Marina López! —exclamó la vecina con un falso entusiasmo—. ¿Me recomendarías dónde compras tú esos trajes tan bonitos? Es que mi nieta se casa y quiero lucir algo especial.

—En un centro comercial cualquiera —respondió Marina, olfateando la trampa—.

—¿Cuánto fue, si no es indiscreción? —Carmen entrecerró los ojos—. Es pa’ ver si puedo permitírmelo yo.

—¿Para qué quiere saberlo? —intentó pasar, pero la vecina le cortó el paso.

—Nada, por curiosidad. Estábamos las chicas comentando que eso rondaría los doscientos euros. ¿Es verdad?

El rubor le subió a la cara. El vestido costó lo suyo, pero era su dinero, su decisión.

—Carmen, discúlpeme, voy con prisa —rodeó a Carmen y salió a toda prisa.

—¡Pero qué susceptibilidad! —oyó a su espalda—. ¡Solo preguntaba de buen rollo!

Esa tarde, al entrar en el portal, Marina vio a Rosario cargada con bolsas de compra.

—¿Te ayudo a subir? —ofreció.

—Gracias, yo puedo —respondió Rosario con frialdad—. No es que me sobren los euros para pedir taxi con la compra.

—¿Taxi? —Marina frunció el ceño.

—Pues eso, que hay quien gasta en vestidos lo que otro no junta en seis meses. —Rosalía ajustó las bolsas y entró en el ascensor sin aguardarla—. Luego se lamentan de que el dinero no alcanza.

—¿Cuándo me he lamentado? —preguntó Marina, desconcertada.

—Anda ya —hizo un gesto de desdén Rosalía—. Todas recordamos lo mal que lo pasaste tras el divorcio, llorando que lo de tu ex apenas daba para llegar a fin de mes.

Llegó el ascensor, y Rosalía entró sin invit
Al día siguiente, en la reunión de antiguos compañeros, Marina se arregló el esmerado moño frente al espejo del baño del restaurante, respiró hondo y sonrió a su propio reflejo con una calma que jamás habría imaginado la noche anterior, y punto.

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Tres lecciones