Marina Álvarez iba con prisas.

Hoy volví a correr bajo la lluvia. Siempre corro, siempre llego tarde. Pero esta tarde, en la calle de los Libreros, el aguacero me obligó a parar. Las gotas caían con tanta fuerza que parecían querer derribarme. Maldije entre dientes. Solo quería llegar a casa, ducharme y terminar el informe para mañana. Pero no hubo remedio: tuve que refugiarme.
Empujé la puerta de una pequeña librería con café, de esas que huelen a madera vieja y a granos recién tostados. Me sacudí el agua del pelo y me acerqué al mostrador.
Un té negro, por favor dije sin mirar.
¿No prefieres café? preguntó una voz masculina, con un dejo de curiosidad.
Alzó la vista. Allí estaba él: Javier Ortega. Alto, pelo castaño, barba de tres días y una sonrisa que parecía conocerme de toda la vida.
El café me pone nerviosa contesté, un poco a la defensiva. Necesito pensar con claridad.
Pues aquí casi todos caen rendidos ante el café dijo, señalando el local casi vacío. Pero para ti, té negro.
No pude evitar sonreír. Era la primera vez en días.
¿Y tú eres?
Javier. Dueño, barista y devorador de libros.
Me presenté, cogí mi té y me senté junto al ventanal. La lluvia golpeaba los cristales con furia. Intenté concentrarme en mis papeles, pero Javier se acercó con un libro entre las manos.
Por si te apetece escaparte un rato.
Era una edición antigua, con lomo de cuero y letras doradas.
¿Cómo sabes lo que me gusta?
No lo sé. Pero cuando alguien entra empapada, pide té y tiene esa mirada de querer estar sola suele necesitar una buena historia.
Acepté el libro, algo sorprendida. Mientras lo hojeaba, el aroma del café y el sonido de la lluvia creaban un refugio perfecto.
¿Siempre estás aquí? pregunté al rato.
Siempre que el cielo lo decide respondió, enigmático.
Creí que bromeaba. No era así.
Los días siguientes volvieron a ser una carrera. Pero otro día de tormenta me encontré de nuevo en la librería. Javier me sirvió té sin preguntar.
Otra vez tú.
Otra vez el agua.
Esta vez hablamos más. Me contó que el local era de su abuelo, que antes solo vendía libros. Él añadió el café para que la gente se quedara más tiempo. Yo le hablé de mi trabajo en un estudio de arquitectura, de las noches sin dormir, de la prisa constante.
Suena agotador.
Lo es admití. Pero no sé vivir de otra manera.
Javier me miró con una tranquilidad que me desarmó.
A veces hay que dejar que la vida te pille por sorpresa.
Desde entonces, la lluvia se volvió cómplice. Cada vez que caían las primeras gotas, yo aparecía por la calle de los Libreros. A veces leía en silencio; otras, charlábamos de libros, de películas, de lugares que ninguno había pisado.
Hasta que un viernes de diciembre, Javier soltó la pregunta:
Este sábado viene un trío de jazz. ¿Te apetece?
Dudé. No era de esas que aceptan planes de última hora. Pero dije que sí.
Esa noche, la librería era otra: velas, sombras danzantes, música que llenaba el aire. Javier me guardó un sitio cerca del escenario. Durante el concierto, nuestras rodillas se rozaban sin querer o queriendo.
Al terminar, me ofreció una copa de vino y se sentó a mi lado.
Siempre entras corriendo para escapar de la lluvia dijo. Pero creo que huyes de algo más.
Me quedé callada, sorprendida por su perspicacia.
Tal vez reconocí. Y aquí se me olvida de qué.
Al salir, la lluvia seguía cayendo.
No tengo paraguas dije.
Yo tampoco. Pero si corremos, llegamos secos a la esquina.
No corrimos. Caminamos despacio, riéndonos como niños mientras el agua nos empapaba. Antes de despedirnos, Javier murmuró:
No esperes a que llueva para volver.
Sonreí.
Lo intentaré.
No fui al día siguiente. Ni al otro. Pero el domingo, con un sol radiante, aparecí en la librería.
Javier levantó una ceja.
¿Y la lluvia?
Hoy la traigo por dentro.
No hubo té. No hubo café. Solo horas de charla, silencios cómodos, miradas que hablaban por sí solas. Al anochecer, me llevó a un rincón oculto: una salita con ventanal al río.
Aquí leía mi abuelo cuando llovía confesó. Decía que el sonido del agua le recordaba que la vida sigue.
Apoyé la frente en el cristal.
Quizá por eso me gusta este sitio me enseña a parar.
Javier se acercó tan despacio que sentí su aliento antes de verlo.
Puedes parar y quedarte.
Giré la cabeza. Nuestros ojos se encontraron. Y justo entonces, la lluvia empezó a golpear el ventanal, como si hubiera estado esperando.
Parece que el cielo está de nuestro lado susurró él.
Parece contesté, antes de que nuestros labios se encontraran.
Un beso lento, cálido, que sabía a café y a té. Un beso sin prisa.
Ahora, ya no importa si llueve o hace sol. La librería de la calle de los Libreros es nuestro refugio. En ese rincón junto al río, entre páginas y tazas humeantes, aprendimos que el amor no siempre llega con el sol
A veces, llega cuando la lluvia te obliga a quedarte.

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