Pareja desaparecida en Nuevo México en 1988: en 2010 encuentran sus cuerpos envueltos en lonas en un pantano…

En un pequeño pueblo de Andalucía llamado Puebla del Río, donde la vida transcurría tranquila junto al Guadalquivir, ocurrió algo que marcaría para siempre a sus habitantes. Era marzo de 1988 cuando la desaparición de una joven pareja lo cambió todo. Javier Romero, un mecánico de 40 años muy conocido en el pueblo, y su esposa Lucía Morales, maestra de 29 años, desaparecieron sin dejar rastro. Su casa apareció intacta: la cena servida, sus pertenencias en su sitio, los coches en el garaje. Como si se los hubiera tragado la tierra.
Los vecinos recordaban haber escuchado discusiones en aquella casa blanca con contraventanas verdes durante las últimas semanas. Ana Jiménez, la vecina de al lado, contó a la Guardia Civil que en febrero había oído gritos procedentes de la vivienda. Pero nadie imaginaba lo que iba a pasar aquella noche. Javier había llegado a casa sobre las 7 de la tarde. Su Seat 124 azul fue visto por última vez aparcado en el garaje. Lucía había preparado la cena, como demostraban los platos intactos sobre la mesa. Tenían previsto viajar a Sevilla al día siguiente para visitar a la hermana de Lucía, Marta. Habían reservado en un hostal y Marta los esperaba para cenar el sábado.
Nunca llegaron. Cuando el domingo Marta no tuvo noticias, llamó insistentemente sin obtener respuesta. Alarmada, avisó a las autoridades. El guardia civil Antonio Martínez fue enviado a investigar el lunes 18 de marzo. La casa estaba vacía pero sin señales de forcejeo. El bolso de Lucía sobre la mesa, la cartera de Javier en el dormitorio. Lo único extraño era una mancha oscura en el suelo de la cocina que parecía haber sido limpiada recientemente. El caso se complicó al descubrir que Javier había retirado 200.000 pesetas de su cuenta tres días antes, y que Lucía había pedido una baja laboral alegando “problemas familiares”.
El sargento Luis Herrera, con 25 años de servicio en la Comandancia, dirigió la investigación inicial. Las entrevistas mostraban un matrimonio aparentemente estable. Javier trabajaba desde hacía 15 años en el mismo taller, conocido por su seriedad. Lucía, maestra querida por sus alumnos, llevaba 8 años en el colegio público. Pero pronto surgieron detalles inquietantes: compañeras de Lucía contaron que en invierno había llegado varias veces con moretones, que atribuía a caídas. El hermano de Javier, Francisco, admitió que este bebía demasiado últimamente y se había vuelto celoso.
La búsqueda se extendió por la campiña y las marismas. Tres semanas después, un ganadero encontró ropa quemada cerca del río, a unos 30 km del pueblo. Entre los restos había una blusa que Marta identificó como de Lucía y una camisa de mecánico como las que usaba Javier. Los análisis no encontraron restos de sangre. En verano, la limpiadora Rosa López declaró que había presenciado discusiones violentas en la casa, y que una vez encontró a Lucía encerrada en el baño con marcas en el cuello. También surgió que Lucía mantenía una estrecha amistad con Daniel Ortega, profesor de gimnasia que desapareció del pueblo dos semanas después que ellos.
Para octubre, el caso acaparaba los medios locales. El sargento Herrera desarrolló una teoría: Javier, celoso, habría matado a Lucía en una discusión, luego a Daniel, y finalmente se habría suicidado. Pero no explicaba cómo había movido los cuerpos. En 1995, Herrera se jubiló sin resolver el misterio. Los años pasaron. La hermana de Lucía, Marta, nunca dejó de buscar respuestas. Hasta que en agosto de 2010, trabajadores de Medio Ambiente encontraron en una zona pantanosa remota unos restos humanos envueltos en plásticos. Eran tres esqueletos: dos adultos (hombre y mujer) y un hombre más joven.
El anillo de boda con las iniciales “JR-LM” y la fecha “1985” identificó a la pareja. Los análisis mostraron que Lucía murió por golpes en la cabeza, Javier por heridas de arma blanca, y Daniel también violentamente. Esto descartaba la teoría inicial. Revisando los archivos, descubrieron testimonios sobre un hombre que en 1988 preguntaba por la pareja, presentándose como investigador. Cruzando datos, identificaron a Carlos Bravo, exmilitar obsesionado con la infidelidad, vinculado a otros casos similares. Cuando lo localizaron en 2011, ya con alzhéimer, en su casa había recortes sobre el caso. Murió en 2013 en un psiquiátrico, sin llegar a juicio. Finalmente, en marzo de 2011, exactamente 23 años después, Marta pudo celebrar un funeral para su hermana. La verdad, oculta tanto tiempo en aquellas marismas, por fin había salido a la luz.

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La inquilina