Hace muchos años, en un luminoso atardecer de primavera en Madrid, Rodrigo se asomó al balcón del piso con las manos en los bolsillos. “Vamos a vender tu apartamento y mudarnos con mis padres”, repitió con firmeza. “Mi madre ya lo tiene todo preparado. Una habitación en la segunda planta, con baño propio. Será más cómodo.”
Isabel cerró lentamente el libro que leía en la hamaca. La brisa olía a azahar y a tierra mojada. Miró a su marido, plantado en el umbral con esa seguridad excesiva para un sábado por la mañana.
“¿Qué has dicho?”, preguntó, esperando haber entendido mal.
“Que vendemos este piso y nos instalamos en casa de mis padres”, insistió él, acercándose. “Mi madre tiene razón, con lo que cuesta mantener esto… Además, allí tendremos más espacio.”
Isabel lo estudió, buscando en sus ojos algún indicio de broma. Tres años de matrimonio le habían enseñado a descifrar sus gestos, pero ahora no reconocía aquella determinación.
“Rodrigo, este piso era de mi abuela Carmen. Me lo dejó en herencia.”
“¿Y qué? El edificio es viejo, la comunidad cuesta un dineral. Con lo que saquemos de la venta podemos hacer un buen depósito.”
“¿Depósito de quién?”, inquirió ella.
“De la familia, claro. Mamá lleva toda la vida administrando bien el dinero.”
Isabel se levantó y se apoyó en la barandilla. Abajo, en el patio de vecinos, unos niños jugaban al escondite. Recordaba haber correteado allí de pequeña cuando visitaba a su abuela los veranos.
“¿Tu madre decide qué hago con mi propiedad?”
“No empieces, Isa. Lo hablamos con calma.”
“¿Hablamos? Me lo anuncias como algo decidido.”
Rodrigo intentó cogerle la mano, pero ella la retiró.
“Mira, es pura lógica. Mis padres ya no están para muchos trotes, necesitan ayuda. Y este piso… no deja de ser un dos habitaciones en un barrio cualquiera.”
“Aquí pasé mi infancia”, susurró Isabel. “La abuela me lo dejó porque sabía que lo cuidaría.”
“El sentimentalismo está bien, pero no paga las facturas. Mamá tiene razón, hay que pensar en el futuro.”
“¿En el futuro de quién? ¿En el de tu madre?”
Rodrigo frunció el ceño. Nadie criticaba a sus padres, especialmente a su madre. Doña Luisa lo había criado sola hasta los doce años, cuando conoció a Don Javier. Desde entonces, Rodrigo defendía a su madre como una obligación sagrada.
“Isabel, basta. La decisión está tomada. El lunes viene el agente inmobiliario.”
“¿Decisión de quién?”
“Mía. Soy el cabeza de familia.”
Isabel soltó una carcajada amarga.
“¿El cabeza? ¿En serio? Rodrigo, creía que éramos iguales.”
“Los iguales no se aferran a trastos viejos. Mi madre vendió su estudio cuando se casó con mi padre, y mira qué bien les va.”
“Tu madre vendió un zulo en Carabanchel para mudarse al chalé de tu padre en La Moraleja. No es lo mismo.”
Rodrigo enrojeció. Isabel cogió el libro y se lo llevó al pecho, como si pudiera protegerse con sus páginas. “Este piso no es un trasto viejo. Es mi memoria, mi historia. Y mientras yo viva, no lo tocará nadie.” Se dio la vuelta y entró en la casa, cerrando la puerta del balcón con un golpe seco. Rodrigo se quedó allí, solo, con el eco del azahar y las risas de los niños, sintiendo por primera vez que había perdido algo que ni siquiera sabía que tenía.






