**Sangre, pero enemiga**
Isabel permanecía junto a la ventana, observando cómo su vecina, Carmen, sacaba la basura. Una mujer pulcra, de unos sesenta años, vestida con elegancia, el cabello siempre impecable. Hasta para tirar la basura parecía ir de fiesta. Isabel, sin querer, se ajustó el desgastado albornoz y se alejó del cristal.
En la cocina, el teléfono sonó. Isabel caminó despacio, ya adivinando quién llamaba. Los martes siempre era su hermana, Luisa.
—Isa, hola, soy yo —sonó la voz familiar—. ¿Qué tal estás?
—Normal —respondió secamente, sentándose en el taburete junto al aparato.
—Oye, he estado pensando… ¿Recuerdas que mamá siempre decía que el piso lo repartiría a partes iguales? Cuando ella ya no esté…
Isabel tensó los hombros. Cada conversación con Luisa terminaba irremediablemente aquí.
—Lo recuerdo. ¿Y qué?
—Nada, solo que Roberto opina que deberíamos tramitar los papeles antes. Para evitar problemas luego.
Roberto, el marido de Luisa, un abogado de éxito. Siempre aconsejando cómo manejar los asuntos de dinero.
—Mamá sigue viva, gracias a Dios —replicó Isabel, fría—. Es pronto para eso.
—Claro, claro… Pero ya tiene ochenta y cuatro años, Isa. Y su salud no es lo que era.
Isabel apretó los labios. Luisa siempre sabía decir las palabras correctas con el tono equivocado.
—Está bien. Yo la cuido cada día.
—¡No me quejo! —se apresuró a decir Luisa—. Eres un cielo por hacerlo. Es que yo no puedo venir a diario, con el trabajo, los nietos…
Isabel cerró los ojos. Siempre lo mismo. Luisa recordando su vida ocupada y próspera, antes de mencionar el “reparto justo”.
—Luisa, mamá necesita medicinas. Caras. Yo no tengo dinero.
—¡Por supuesto que te ayudo! —respondió al instante—. ¿Cuánto es?
—Mil euros.
Silencio.
—¿Mil euros? —repitió Luisa—. Eso es mucho para medicinas.
—No son solo medicinas. También análisis privados y el médico a domicilio.
—Ah, entiendo. Bueno, te los envío. Pero guarda los tickets, ¿vale? Para saber en qué se gasta.
Isabel apretó el auricular con fuerza.
—Luisa, no soy una ladrona. No necesito vigilancia.
—¡Qué dices! Solo es por organización. Roberto dice que hay que documentar los gastos con los padres.
—¿Documentar? ¿Para qué?
—Por si acaso… Nunca se sabe.
Isabel colgó sin despedirse. Las manos le temblaban de rabia. Documentar gastos. Por si acaso. Luisa claramente preparaba deducir todo lo invertido en su madre de la herencia.
Entró en la habitación donde su madre, Doña María, dormitaba en el sofá, arropada con una manta de lana. Respiración agitada, rostro pálido. Isabel le arregló la almohada y salió en silencio.
En el pasillo, frente al espejo, se detuvo. Cincuenta y ocho años, canas, rostro agotado. Al lado de su hermana triunfadora, siempre se sintió gris.
Luisa era contable en una gran empresa, vivía en un ático en el centro, viajaba al extranjero. Tenía un hijo con buena carrera y dos nietos.
Mientras que Isabel solo tenía este piso heredado de su padre, una pensión ridícula y una madre enferma. Nunca se casó, nunca tuvo hijos. Toda la vida trabajando en una tienda de ultramarinos.
Sonó el telefonillo. Bajó y recibió al repartidor con las medicinas.
—¿Doña María González? —preguntó el joven.
—Es mi madre. Yo soy su hija.
—Son novecientos setenta euros.
Pagó y subió. Las medicinas eran carísimas, pero sin ellas, su madre sufriría. Luisa enviaría el dinero, pero exigiría los tickets, anotando cada céntimo en su libreta.
Doña María despertó cuando Isabel le acercaba las pastillas.
—Isa, ¿quién llamaba? —preguntó débilmente.
—Luisa. Preguntaba por ti.
—Qué buena es. Lástima que no venga más.
Isabel calló. Luisa era una hija ejemplar… hasta que tocaba dinero o tiempo. Llamaba, enviaba regalos, pero cuando hacía falta cuidar, siempre había excusas.
—Mamá, ¿recuerdas lo del piso? —preguntó con cuidado—. Decías que sería mitad para cada una.
Doña María frunció el ceño, esforzándose por concentrarse.
—Sí… Sois mis hijas. Sería justo.
—Pero… ¿has pensado que yo llevo años cuidándote? ¿Y Luisa solo llama?
Su madre la miró fijamente.
—Isa, Luisa tiene responsabilidades. No puede dejarlo todo.
—¿Y yo sí? Los últimos tres años dejé de trabajar solo por ti.
—Hija, no exageres. Luisa nos ayuda. Envía dinero cuando hace falta.
Isabel suspiró. Su madre no entendía que el dinero no era lo mismo que el cuidado diario. Luisa podía permitirse ser generosa porque sabía que su hermana no abandonaría a su madre.
Por la noche, Luisa llamó de nuevo.
—Isa, ¿te llegó el dinero?
—Sí. Gracias.
—¿Cómo está mamá?
—Mal. La tensión descontrolada. El médico dice que hay que hospitalizarla.
—¿Hospital? —se alarmó Luisa—. ¿Y quién estará con ella? No puedes pasar las noches allí.
—Claro que puedo.
—Es una tontería, Isa. Contratemos una cuidadora. Yo pago la mitad.
—¿Una cuidadora? ¡Necesita a alguien de su familia!
—La familia también necesita descansar. Te veo agotada.
Isabel entendió: su hermana buscaba, otra vez, evitar la responsabilidad.
—Luisa, ¿cuándo viste a mamá por última vez?
Silencio.
—El mes pasado… En su cumpleaños.
—Viniste media hora. Trajiste un pastel y te fuiste.
—¡Los nietos estaban en casa! No podía dejarlos.
—Ya. ¿Y antes de su cumpleaños?
—Isa, ¿a qué vienen estos reproches? Ya te explico que no puedo venir más.
—Puedes. Pero no quieres.
—¡Eso es injusto! —estalló Luisa—. Yo tengo obligaciones. Tú vives sola, te es más fácil.
—¿Más fácil? —Isabel no daba crédito—. ¿Más fácil levantarme cada noche? ¿Gastar mi pensión en sus medicinas? ¿No tener vida propia?
—¡Nadie te obligó! —elevó la voz Luisa—. ¡Tú elegiste esto!
Isabel calló. Había verdad en esas palabras. Eligió cuidar a su madre porque no había nadie más.
—Luisa, dime la verdad. Si a mí me pasara algo, ¿la cuidarías tú?
—¡Por supuesto! ¿Qué pregunta es esa?
—¿Tú misma o contratarías a alguien?
Más silencio.
—Contrataría a alguien —admitió al fin Luisa—. No puedo dejar el trabajo.
—Pues yo llevo tres años sin sueldo.
—¡Pero yo lo compenso económicamente!
—El dinero no es tiempo ni salud.
Tras colgar, Isabel no podía dormir. Luisa no era mala, solo egoísta. Acostumbrada a que otros hicieran el trabajo sucio.
A la mañana siguiente, la vecina Carmen llegó con dulces.
—Isa, ¿cómo sigue Doña María? —preguntó con dulzura.
—Mal. Hay que hospitalizarla.
—¿Y tu hermana? ¿AyudaráIsabel miró por última vez el retrato de su hermana en la mesilla, suspiro hondo y comprendió que, al final, la justicia había ganado, pero a costa de perder aquello que jamás recuperaría: su propia familia.







