La segunda familia del esposo

La segunda familia del marido

—Mamá, no grites así, ¡que van a oírnos los vecinos! —Intenta calmarla Javier, pero doña Carmen sigue agitando los brazos como si espantara moscas invisibles.

—¡Me da igual lo que oigan los vecinos! —Su voz tiembla de indignación—. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Lo entiendes?

—Mamá, hablemos tranquilos…

—¿Tranquilos? —Doña Carmen se lleva una mano al pecho—. Tu padre murió hace treinta y cinco años, yo os crié a ti y a tu hermana sola, trabajando como una mula. ¿Y tú qué haces? ¡Destrozas tu familia!

Lucía permanece junto a la ventana de la cocina, escuchando sin dejar que se note cómo cada palabra de su suegra le clava un puñal en el alma. Javier ha traído a su madre para anunciar su decisión, pero en lugar de una charla serena, ha estallado el escándalo.

—Mamá, entiéndelo, no puedo seguir viviendo en la mentira —Javier aprieta los puños—. Ana está embarazada. Voy a tener otro hijo.

—¡Otro! —Doña Carmen levanta las manos al cielo—. ¿Y te has olvidado de Clara? ¿De tu propia hija?

Lucía se gira hacia ellos. La mención de su hija la hace intervenir.

—¿Dónde está Clara ahora? —pregunta en voz baja.

—Se ha quedado a dormir en casa de su amiga —responde Javier, evitando su mirada—. Mañana la recojo.

—¿La recoges? —repite Lucía—. ¿Y a dónde la llevas?

—A casa. Conmigo y con Ana.

Doña Carmen se deja caer en una silla como si le hubieran pegado un tiro.

—Dios mío, ¿qué está pasando…? ¡Javier, reacciona! Tienes una esposa, un hogar, una familia de verdad. ¿Y esa… esa mujer quién es?

—Esa mujer es la madre de mi futuro hijo —responde él con firmeza—. Y la quiero.

Lucía siente que el suelo se abre bajo sus pies. Lleva seis meses sabiendo de la infidelidad de su marido, esperando que fuera un simple capricho pasajero, que recapacitaría. Pero el embarazo de la amante lo cambia todo.

—Lucía, perdóname —Javier la mira por fin—. No quería que llegara a esto.

—¿No querías? —Su risa es amarga—. ¿Qué querías entonces, eh? ¿Tener dos familias a la vez?

—Intenté decírtelo antes, pero no sabía cómo…

—¿Cómo qué? ¿Cómo decirme que te has enamorado de otra? ¿Qué tu mujer te aburre después de quince años de matrimonio?

Javier se levanta y se acerca a ella.

—No es que me aburras. Es solo que… con Ana todo es distinto. Es joven, alegre…

—¿Y yo soy vieja y amargada? —Lucía retrocede—. ¿A los cuarenta ya no le intereso a nadie?

—No es por la edad…

—¿Entonces por qué? Explícamelo, Javier. Dime qué hice mal todos estos años.

Doña Carmen se interpone entre ellos.

—¡Basta! —dice con dureza—. Javier, ¿te has vuelto loco? ¡Tu hija tiene doce años! ¿Quieres dejarla sin padre?

—No la voy a dejar. Vivirá conmigo.

—Conmigo —corrige Lucía—. Clara se queda conmigo.

—Eso ya lo veremos —frunce el ceño Javier—. Yo tengo más medios para cuidar de ella.

—¿Medios? —Lucía no puede creer lo que oye—. ¿Hablas de dinero? ¿Cuando se trata de una niña?

—Exactamente. Ana no trabaja, el parto está cerca. Necesito ayuda con Clara.

—Ah, claro —asiente Lucía—. O sea, que tu hija te sirve de niñera para el recién nacido. Muy cómodo.

—¡No tergiverses mis palabras!

—¿Cómo quieres que lo entienda? Primero abandonas a tu esposa, luego quieres llevarte a tu hija para que tu amante no se canse demasiado…

Javier se gira bruscamente hacia ella.

—¡No hables así de Ana! ¡Es una mujer maravillosa!

—Maravillosa —asiente Lucía—. Tan maravillosa que se quedó con el marido de otra.

—¡Nadie se quedó con nadie! Nos conocimos, nos enamoramos…

—¿Dónde se conocieron? —interviene doña Carmen—. ¿Dónde encontraste a esa belleza?

Javier vacila.

—En el trabajo. Ella… entró como secretaria.

—Secretaria —repite su madre—. Del jefe de departamento. Ya veo. ¿Y cuántos años tiene?

—Veintiséis.

—Veintiséis —mueve la cabeza—. Tú tienes cuarenta y tres, Javier. Podría ser tu hija.

—¡La edad no importa cuando hay amor!

—¿Amor? —ríe Lucía—. ¿Crees que ella te quiere a ti? ¿O a tu puesto y tu nómina?

—¡No empieces! —estalla él—. ¡Simplemente estás celosa de que sea feliz con otra!

El silencio se instala en la cocina. Lucía lo mira como a un extraño. ¿Es este el mismo Javier con el que ha compartido quince años? ¿El que le juraba amor eterno?

—Vale —dice al fin—. Si eres feliz, vete. Pero a Clara no la toques.

—¡Clara es mi hija!

—Y vivirá con su madre. Tú podrás verla los fines de semana.

—¡Iré a los tribunales!

—Ve —encoge los hombros—. A ver qué dice el juez de un padre que abandonó a su familia por una secretaria joven.

Javier aprieta la mandíbula y calla. Doña Carmen se acerca a su nuera.

—Lucita, perdona a este tonto —le toma las manos—. Volverá en sí, ya verás. Esto es solo un error pasajero.

—No, mamá —Lucía las libera—. No va a volver. Y no hace falta.

—¿Cómo que no? ¡Sois una familia!

—Lo éramos. Ahora él tendrá otra.

Javier coge su chaqueta.

—Mañana paso a buscar mis cosas —dice.

—Vale. Las dejaré en bolsas fuera.

—Lucía…

—¿Qué?

—Siento que haya acabado así.

—Yo también. Siento los años perdidos.

Javier se va, cerrando la puerta de golpe. Doña Carmen se queda con su nuera.

—No puedo creer que mi hijo hiciera esto —murmura—. Me da vergüenza.

Lucía pone la tetera al fuego. Le tiemblan las manos, pero se contiene.

—No se preocupe, mamá. Lo hecho, hecho está.

—¿Cómo no voy a preocuparme? ¡Te quiero como a una hija! ¿Y Clara? ¿Qué le digo?

—La verdad. Que su padre quiere a otra señora y vivirá con ella.

—Pero es solo una niña…

—Una niña que merece saber la verdad. Basta de mentiras en esta familia.

Doña Carmen suspira y se sienta.

—¿Y qué harás ahora? No es fácil sola con una hija.

—Me las apañaré. No soy la primera mujer divorciada.

—¿Y si esperas a divorciarte? Tal vez se arrepienta.

Lucía le sirve un té.

—Mamá, él dice que la quiere. Que está embarazada. ¿De qué hay que hablar?

—Los hombres son tontos, Lucita. Se enamoran de una jovencita y luego se arrepienten.

—Quizá. Pero ese será su problema, no el mío.

—Qué fuerte eres… Yo no podría soportarlo.

—No tengo opción. Clara me mira. No puedo derrumbarme.

Beben el té en silencio. DoñaCon el tiempo, Lucía aprendió a encontrar su propia felicidad, mientras Javier descubrió que la juventud de Ana no era suficiente para llenar el vacío que dejó su familia.

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