**La Casa de Campo Abandonada**
Hace un año, los Delgado compraron una casa de campo. Al cumplir los cincuenta, Luis sintió un fuerte anhelo por tener una segunda residencia. Su infancia en el campo le recordaba la casa familiar y los días entre huertos.
La casita, aunque modesta, estaba bien cuidada. Luis pintó el chalet de madera, arregló la valla y cambió el portón. Había tierra suficiente para patatas y algunas hortalizas, pero el huerto dejaba que desear: pocos árboles y ningún arbusto, excepto un rincón con frambuesas.
No te preocupes, cariño, poco a poco lo iremos mejorando dijo Luis, poniéndose manos a la obra.
Carmen recorría los bancales con entusiasmo, aprobando los planes de su marido.
Por un lado, los vecinos eran amables, aunque apenas visitaban, mantenían su propiedad. Pero al otro lado, reinaba el abandono. La vanda estaba torcida y todo estaba invadido por maleza alta.
Aquella hierba se convirtió en una pesadilla para los Delgado durante todo el verano.
Luis, esto es insoportable, la maleza se mete en nuestro jardín, parece que va a devorar todo el terreno.
Luis agarraba entonces la azada y atacaba las malas hierbas con furia. Pero estas parecían inagotables y siempre volvían.
Mira, Carmen, los perales de los vecinos darán buena cosecha este año comentó Luis, observando el huerto abandonado.
Y este albaricoquero es excepcional respondió Carmen, señalando un árbol que prometía frutos abundantes. Algunas ramas incluso se extendían hasta su jardín.
Ojalá pudiéramos ver a los dueños al menos una vez dijo Luis con pesar. Quizá vengan a cosechar.
En primavera, Luis no pudo resistirse y regó los árboles vecinos con su manguera; le daba pena verlos sufrir por el calor.
Pero ahora, aquella maleza implacable no daba tregua.
Podrían haber cortado la hierba al menos una vez en todo el verano se quejaba Carmen.
La siguiente vez que llegaron, los Delgado se maravillaron con los albaricoques maduros. En esa región no era raro, muchos los cultivaban, pero en un terreno abandonado…
No, voy a cortar su maleza declaró Luis. No soporto ver este lugar ahogándose en malas hierbas.
Mira, Luis dijo Carmen, señalando las ramas cargadas de albaricoques que colgaban en su jardín.
Luis trajo una escalera pequeña. Recojamos al menos estos antes de que se pudran, nadie ha aparecido por aquí.
Pero es de los demás advirtió Carmen con cautela.
Se perderán de todos modos y empezó a coger los frutos más maduros.
Entonces vayamos por frambuesas para los nietos propuso Carmen. Has cortado la hierba, es un trueque justo por el trabajo.
Parece que podríamos cosecharlo todo. Nadie cuida este lugar, está pegado a nuestro terreno como un huérfano, a nadie le importa.
*(Inspirado por el artista Juan Pérez)*
En el trabajo, durante un descanso, Luis se unió a la conversación entre colegas. Los repartidores compartían anécdotas de sus vidas.
Hay alguien que se mete en mi huerto en cuanto me descuido, ya han sacudido mis árboles dos veces se lamentó Nicolás Gutiérrez, que estaba cerca de jubilarse.
Al oír eso, Luis sintió un sudor frío en la frente, recordando cómo él y Carmen habían recogido los albaricoques, y que los perales también prometían buena cosecha.
¿Dónde está tu casa de campo? se atrevió a preguntar Luis, temiendo la respuesta.
Por ahí, en la asociación de huertos de Toledo.
Ah suspiró Luis. La nuestra está más arriba.
Es cierto que en vuestra zona madura antes admitió Nicolás. Aquí todo llega más tarde, pero aún así vienen a saquear, hasta desenterraron unas patatas. Estoy pensando en poner una trampa.
Poner una trampa te puede traer problemas dijo uno. Acabarás en la cárcel.
¿Y robar está permitido? se indignó Nicolás.
De vuelta a casa, Luis se hundió en recuerdos nostálgicos y culpables del día que cosecharon en el huerto ajeno. Aunque no fuera el de su compañero, el remordimiento lo corroía.
De niño era distinto. Alguna vez había correteado por huertos ajenos, pero era cosa de juego, dos o tres veces. Pero aquí habían cogido albaricoques de sus vecinos. Y aún codiciaban las peras.
Claro, Luis había plantado árboles jóvenes que con el tiempo crecerían. Pero aquel albaricoquero vecino… era una pena dejarlo perderse.
Nadie vendrá intentó calmarlo Carmen. Si no han aparecido en un año, no lo harán ahora.
Pero me siento como un ladrón se atormentaba Luis.
¿Quieres que tire los albaricoques? preguntó su esposa. La verdad, ya he dado la mitad a los niños justificó.
Déjalo, ya es tarde.
Así pasaron el verano cuidando el terreno vecino, librando batalla contra la maleza. Observaban los perales, esperando ver aparecer a los verdaderos dueños. Pero cuando los frutos cayeron al suelo, Carmen recogió algunos en su delantal.
En otoño, después de ordenar su parcela, echaron una última mirada a la del vecino. Hasta la vanda parecía quejarse, como pidiendo que enderezaran sus tablas torcidas.
Junto al portón se amontonaban escombros, restos de alguna construcción temporal: trozos de madera podrida, cristales rotos, retazos de tela… pero incluso entre esos desechos, algunas flores tardías intentaban brotar.
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Aquél invierno, al recordar los días de verano, Luis sintió una dulce nostalgia por la casa de campo.
Con la llegada de la primavera, al aparecer los primeros brotes, los Delgado regresaron.
Este año, ¿crees que volverán los dueños? preguntó Carmen, refiriéndose a aquel terreno abandonado.
Luis suspiró con pesar. Pobre huerto, y los árboles, qué desperdicio…
Cuando llegó el momento de labrar, Luis llamó a un tractorista.
Y todo el tiempo, no podía evitar mirar el terreno vecino. Ya habían quitado la maleza con Carmen para que no se extendiera, pero aquel rincón necesitaba ser trabajado…
Oye, amigo, ¿y si labramos también el de al lado? Yo pago propuso Luis.
Pero Luis, ¿qué haces? le preguntó Carmen. Es de otros.
No soporto ver este campo abandonado…
¿Y qué, vamos a cuidar propiedades ajenas para siempre? razonó su esposa.
Espera, después de comer, vayamos a la asociación de huertos a averiguar de quién es este terreno, esta maleza me molesta, y este huerto abandonado…
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En la asociación, una mujer con gafas en la punta de la nariz hojeaba un registro lleno de anotaciones. ¿Cuál es la dirección? ¿Calle del Cerezo, 45?
Sí, esa misma respondió Carmen. Al menos podrían cortar la hierba y recoger sus frutos, es una pena, con este huerto tan bonito echado a perder.
Bueno, ya está resuelto aseguró la mujer. Los dueños lo abandonaron, pasó a ser terreno municipal.
¿Así que ahora no tiene dueño? preguntó Luis.
Eso parece. Los antiguos propietarios eran mayores, fallecieron. Su pariente más cercano, un sobrino, renunció a la herencia, no tiene tiempo los







