Un hermano reaparece con un reclamo

**Diario de un hombre**

María Dolores regaba los geranios en el balcón cuando llamaron a la puerta. Dejó la regadera, miró el reloj—las diez y media de la mañana, demasiado temprano incluso para su vecina Carmen López, que solía venir a tomar café. Al acercarse a la puerta, se ajustó automáticamente la bata y miró por la mirilla.

En el umbral había un hombre de mediana edad, con una chaqueta gastada y una pequeña maleta en la mano. Su rostro le resultaba familiar, pero no podía recordar dónde lo había visto.

—¿A quién busca? —preguntó a través de la puerta.

—María, soy yo, Javier. Tu hermano —la voz sonaba ronca, cansada.

A María le faltó el aire. ¿Javier? ¿Su hermano pequeño, que había desaparecido de sus vidas hacía más de diez años sin dar señales? ¿El mismo Javier que las dejó solas cuidando de su madre enferma y se marchó sin más?

Con manos temblorosas, abrió la cerradura.

—¿Javi? —lo examinó, intentando reconocer su rostro ajado por el tiempo y el viento—. Dios mío, de verdad eres tú…

—Hola, hermanita. ¿Puedo pasar o nos quedamos aquí en el rellano? —Javier esbozó una sonrisa forzada.

María retrocedió, dejándolo entrar. Él se detuvo en el recibidor, miró alrededor y dejó la maleta junto a la pared.

—Nada ha cambiado. Hasta las zapatillas de mamá siguen aquí… —comentó, señalando el zapatero.

—¿Y por qué iba a cambiar? Mamá solo lleva seis meses muerta —el resentimiento asomó en su voz—. A menos que no lo supieras.

Javier bajó la mirada.

—Lo supe. Los vecinos me escribieron. Perdón por no venir al entierro, no pude en ese momento…

—¿No pudiste? —María entró en la cocina, y él la siguió—. Quince años te esperó mamá, cada día iba al buzón, esperando una carta tuya. Y luego, cuando ya no podía caminar, fui yo. Hasta el último día creyó que aparecerías.

—María, sé que estás enfadada…

—¿Enfadada? —se volvió bruscamente—. No estoy enfadada, Javi. Estoy cansada. Cansada de cargar con todo sola, de explicarle a mamá por qué su hijo no llamaba, no escribía, no venía.

Javier se sentó a la mesa y pasó una mano por su rostro.

—¿Quieres café? —preguntó María sin pensar, mientras encendía la cafetera.

—Sí.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. María sacó las tazas, cortó pan, mientras su hermano miraba por la ventana, callado.

—¿Dónde has estado todos estos años? —preguntó al fin.

—Por ahí. Primero me fui a Valencia, luego a Málaga. Trabajos temporales. Tuve una familia…

—¿Tuviste? —María alzó una ceja.

—Nos divorciamos. Mi esposa… en fin, no funcionó. Por suerte, no hubo hijos.

—¿Por suerte? —dejó la taza frente a él más fuerte de lo que pretendía—. Mamá soñaba con nietos. De ti especialmente, siempre decía: “Javi traerá varones, alguien que lleve el apellido”.

—María, basta. Lo pasado, pasado está. No podemos volver atrás —Javier tomó un sorbo y arrugó el rostro por lo caliente.

—Eso es cierto. Pero tú y yo tenemos que hablar —se sentó frente a él, cruzando las—Javier, dime la verdad, ¿viniste porque me echabas de menos o porque ya no tienes donde caerte muerto?

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