Lo siento por lo que pasó

**20 de octubre**

Javier, ¿estás seguro de que lo has cogido todo? ¿No quieres revisarlo otra vez? grité, detenida frente a la puerta cerrada del baño.

Lucía, ¡déjame en paz! Lo tengo todo contestó él sobre el ruido de la ducha. Pero su voz temblaba. ¿O me lo imaginé?

La maleta la he visto. Lo que has metido dentro no murmuré, retrocediendo.

Lucía, ¿me haces un café, por favor? Fuerte. Sin leche añadió con tono calmado mientras cerraba el grifo.

Fui a la cocina, saqué la cafetera sin decir nada, eché agua, puse el café molido, un poco de salcomo le gusta. Tenemos máquina, pero Javier adora el café que le preparo yo. *«Eres tan cuidadosa»*, me decía hace unas noches, llegando tarde del trabajo y viendo cómo, siguiendo la costumbre de su abuela, había envuelto la cena con un paño para que no se enfriara.

Últimamente siempre llegaba tardesupuestamente por el trabajo. Ascendía en su carrera. Se preparaba para un puesto mejor. Y yo me quedaba en segundo plano. Cocinaba, planchaba, aguantaba.

¡Qué aroma tan divino tiene este néctar! dijo Javier al entrar en la cocina, apartándose el pelo mojado de la frente. Se sentó a la mesa y alargó la mano hacia la taza.

Lucía, hoy viene el mensajeropedí una funda para el coche. Recíbela, por favor. Pago contra reembolso dijo, echando una cucharadita de azúcar.

Claro. Todo como siempre respondí, sentándome frente a él.

Este viaje no llega en el mejor momento continuó, suspirando. Pero no puedo negarme. ¿Entiendes? Es una oportunidad, quizá la única. Jefe de departamentono es broma.

Ya No pensé que un puesto así implicaría tantos viajes por provincias.

Caprichos de los superiores. Bueno, tengo media hora más, trabajaré desde el móvil.

Se levantó y se fue a la otra habitación. No recogió su taza. No importa. ¿Qué se le va a pedir? Está muy estresado.

Alargué la mano hacia su taza, y entonces su móvil vibróun mensaje. Lo abrí.

*«Lucía, Javier miente. No hay ningún viaje. Vuela a Italia con Claudia Morán. Detenlo antes de que sea tarde. Va a arruinar su vida con esto.»*

Sofía. Su hermana pequeña.

Algo hizo clic en mi cabeza. ¿Él con Claudia? No puede ser. ¿Una broma? Pero Sofía no es de jugar con estas cosas. Y desde luego no mentiría.

Todo dio vueltas ante mis ojos. El aire se volvió pesado, como de hormigón. Apenas podía respirar. Me levanté con dificultad, serví agua y volví a desplomarme en la silla.

Quería gritar. Romperlo todo. Y en mi mente solo resonaba: *«¿Por qué?»*

Apreté los puños de rabia. Quería correr hacia él, armar un escándalo, arrancarle la máscara. Pero no lo hice. No valía la pena.

Que se vaya. Y yo le prepararé una sorpresa. No con gritoscon hechos.

Abrí la aplicación del banco. En la cuenta comúnveintiséis mil euros. Sorprendentemente, aquí sí había tenido tiempo de actuarseis mil ya no estaban. Mi dinero, por cierto. Mis honorarios por proyectos, noches enteras trabajando. Y él con mis ahorros se lleva a su primer amor de vacaciones.

De Claudia ya sabía. El mismo Javier me lo contó, y Sofía lo mencionó una vez. Amor de instituto, una chica impulsiva. Lo dejó dos vecesprimero por un hombre mayor, luego por uno con “futuro”. Ahora ha vuelto. Y Javier ha caído de nuevo. Y otra vez mintiendo.

Podría haber sido honesto: *«Lucía, me gusta otra persona. Lo siento.»* Habría dolido, sí. Pero no de esta forma tan ruin. En vez de eso, actuó como una rata. Tomó el dinero, mintió con el viaje, llenó su maleta

Pues bien. Yo tomaré el resto del dinero. Hoy. Hasta el último céntimo. Luegodivorcio. Sus cosaspor mensajería a sus padres.

Revisé el calendariomañana al mediodía hay una presentación en línea importante. Si sale bienme voy de vacaciones. No a Italia, no. A Andalucía, quizá. O a algún sitio donde él no haya pisado.

Lucía, me voy. He decidido salir antes dijo, entrando en la cocina bien vestido, con corbata.

Buen viaje. Que te vaya bien respondí, apretando la taza entre mis manos.

¿Qué tono es ese?

Te lo imaginas.

Echaré mucho de menos

Dudo que tengas tiempo para eso.

¿No me ayudas con la maleta?

Prefiero fregar los platos.

Vale, me voy.

Vete.

La puerta se cerró de golpe. Javier ni siquiera sospechaba que se iba para siempre. Mañana cambio las cerraduras.

Me senté en la silla. Rompí a llorar. Amargo. De dolor, de humillación. Traidor.

Otro mensaje de Sofía:

*«Lucía, ¿estás bien?»*

Me sequé las lágrimas y marqué su número.

Sofía, ¿cómo lo sabes?

Una amiga de Claudia me lo dijo. Se ha pegado otra vez a Javier. Y él ha picado. Lucía, lo siento mucho

Gracias por avisarme. No lo he detenido. Que se vaya.

Es un idiota. Ella lo pisoteará por tercera vez.

Es su elección. Sofía, no le digas que lo sé.

¡Ni siquiera quiero hablar con él! ¡Estoy harta.

Gracias. Nuestra relación seguirá, aunque nos divorciemos.

Claro, Lucía. Ánimo.

Volví a abrir la app del banco. Faltaban otros dos mil. ¡Qué prisa! No. Respiré hondo. Los transferiré todos a mi madre.

Envié el dinero, cerré el móvil y miré por la ventana cómo el sol se ponía, sabiendo que mañana saldría de nuevo, sin él.

**Lección:** A veces, el silencio duele más que los gritos, pero es la única dignidad que queda cuando la confianza se rompe.

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