Amor enfermizo

Amor Enfermo

¿Crees que este pajarillo amante de la libertad durará mucho casado? intentó hacerme entrar en razón Elena.

El tiempo lo dirá respondí con una sonrisa beatífica, sin saber que esas palabras se convertirían en el lema de mi vida. Y también en mi maldición.

Recuerdo aquella noche como si hubiera sido ayer. Un banquete sofocante, el olor de perfumes caros, charlas sobre dinero y sonrisas falsas. Estaba con la copa en la mano, pensando en lo harto que estaba. Ya me disponía a escabullirme cuando, de pronto, escuché tras de mí una risa femenina contagiosa. Me giré como si alguien tirara de mi hilo.

Y la vi. A Carla. Gesticulaba mientras contaba algo a un grupo de hombres. Delgada, con un vestido sencillo pero con un fuego en sus ojos castaños que hizo añicos mi mundo ordenado y seguro.

¿Quién es? le pregunté a Elena, una vieja conocida.

Mi amiga Carla suspiró. Te advierto, es un desastre con faldas. Estar con ella es como volar: emocionante, pero siempre hay riesgo de estrellarse.

No escuché la advertencia. Para mí, cuyos padres profesores daban lecciones incluso en el desayuno, Carla era la encarnación de la vida misma. Fue amor a primera vista, o más bien, un diagnóstico incurable.

Nos casamos a los seis meses, contra los ruegos de mis padres.

Ella te romperá, hijo decía mi padre, mirándome por encima de sus gafas. Esa chica no está hecha para la familia.

Es una enredadera hermosa y venenosa añadía mi madre. Te ahogará hasta dejarte seco.

Pero yo solo veía el sol y pensaba: justo un huracán era lo que me faltaba en mi vida metódica.

Los primeros meses de matrimonio fueron una locura. Carla me despertaba a las tres de la madrugada gritando:

¡Javier, mira qué luna! ¡Vamos al río!

Y nos íbamos. Charlaba con los vagabundos del portal y en cinco minutos ya les había sacado su vida entera. Era el caos. Y yo… lo respiraba a pleno pulmón, como un prisionero recién liberado.

Hasta que llegó el primer trueno.

La crisis golpeó sin aviso, el mercado se hundió. Mi negocio, el trabajo de toda mi vida, tambaleó y en meses se vino abajo. Intenté salvar lo que pude, pero fue inútil. Llegué a casa demacrado, con la mirada vacía. El suelo se abría bajo mis pies.

Carla me recibió en la puerta. No con un abrazo. Cruzada de brazos, me miró con frialdad.

Bueno, ¿genio? ¿Perdiste? Su voz era afilada y despiadada.

Me faltó el aire.

Carla, estoy intentando…

Intentas salvar un barco que ya se hunde me interrumpió. Y yo no quiero hundirme. No sé vivir en la pobreza. Necesito estabilidad. Y tú ya no me la das. Perdóname.

Hizo las malas delante de mí. La garganta se me cerró.

Carla, espera… por favor… mi voz se quebró. Lo arreglaré todo…

Se detuvo, cogió su pasaporte rojo y lo guardó en el bolso. Finalmente, me miró. No había amor ni arrepentimiento en su mirada. Solo irritación.

Javier, no te humilles. No llames. No me busques. ¡Adiós!

La puerta se cerró de golpe. El sonido resonó en mi pecho como un dolor físico. Caí al suelo del recibidor y lloré como un niño, manchándome la cara con lágrimas. El mundo perdió color. La comida no sabía a nada, el aire era espeso.

Carla volvió seis meses después.

Abrí la puerta y ahí estaba ella. Más delgada, bronceada, oliendo a perfumes ajenos. Las piernas me flaquearon.

Bueno dijo, pasando junto a mí y quitándose los zapatos. Ese corredor de bolsa resultó ser un pesado insoportable. Hasta ponía música clásica en el coche.

Lo dijo como si volviera del supermercado, no de la cama de otro.

Y en lugar de echar sus cosas por la escalera, en lugar de gritar… sentí una alegría salvaje, abrumadora. ¡Había vuelto! ¡Me había elegido a mí!

Perdóname… Fui débil… te fallé… Perdóname por no ser lo que necesitabas.

Noté que se quedó quieta, sorprendida. Alcé la vista y vi en sus ojos no arrepentimiento, sino… satisfacción. Ella siempre tenía razón. Y yo no.

Hubo más idas y venidas.

Primero un “gurú” que se la llevó a las montañas a “buscar la iluminación”. Pasé dos semanas sin salir de casa, tirado en la alfombra del salón donde bailamos alguna vez, imaginando cómo se reía con él, cómo lo miraba con esa misma admiración que una vez me dedicó a mí.

Luego vino el “hombre de verdad”, musculoso, con una sonrisa arrogante. Los vi en el parque. Él le susurró algo al oído y ella echó la cabeza atrás, riendo con esa risa que una vez me atravesó el corazón. Todo se oscureció.

Y cada vez volvía. Y cada vez yo abría la puerta.

Elena, la que nos presentó, me agarró del hombro una vez y casi gritó:

¡Javier, despierta! Carla solo te está usando. ¡Se jactó de que volviste a disculparte! ¿Por qué? ¡Dime, por el amor de Dios, por qué!

Porque no soy… suficiente. Porque no puedo mantener su atención. Se aburre conmigo. Es mi culpa, Elena. Siempre mía.

No era un hombre. Era un felpudo. La sala de espera personal de Carla. Y lo peor era que acepté ese papel. Porque vivir sin ella era más aterrador que cualquier dolor que me causara.

Una noche, tras volver de su “semental”, me quebré. Entré en el dormitorio. Ella dormía, ocupando mi lado de la cama, serena e increíblemente hermosa. Me senté al borde y, con la garganta cerrada, pregunté:

Dime, ¿por qué? ¿Por qué vuelves siempre conmigo?

Despertó lentamente, se estiró y su rostro se iluminó con esa sonrisa que lo arrasaba todo.

Porque eres mi hogar, Javiercito susurró adormilada. Mi refugio tranquilo. Tú… siempre esperas.

En esas palabras no había amor. Solo comodidad. Y eso dolía más que todas sus infidelidades juntas. Pero cuando rodeó mi cuello con sus brazos y apoyó su mejilla en mi pecho, todo mi dolor, mi orgullo, mi voluntad… se disolvieron.

Me avergonzaba en esos momentos, pero no podía soltarla. Sabía que la puerta podía volver a cerrarse. Y yo seguiría esperando. Porque esos momentos robados al destino, cuando Carla estaba ahí, eran mi único respiro. Sin ella, solo quedaba un vacío gris y silencioso.

Carla se fue otra vez el día que casi pierdo lo último que quedaba de mí.

Esta vez, con un galerista, “un alma creativa y sensible”, según dijo, despreciando mis corbatas de oficina en el armario. Me quedé solo en nuestro piso impecable.

Entonces sonó el teléfono. Mi padre había tenido un derrame cerebral.

Mientras corría por la ciudad, recordé sus advertencias, que tanto había desoído.

Ella te romperá, hijo.

Siempre pensé que hablaba de mi carrera, de dinero. Pero se refería a mí. A mi alma.

Entré en la habitación del hospital. Mi madre, siempre serena, lloraba en silencio junto a la cama. Mi padre, pálido, con el rostro torcido, miraba al techo. Era la sombra del hombre fuerte que me enseñó a vivir. Algo hizo clic dentro de mí. De pronto, vi en él mi propio reflejo: igual de quebrado, igual de paralizado. Solo que a él lo derribó la enfermedad, y a mí, el amor.

Me senté junto a mi madre, tomé su mano temblorosa y apoyé la cabeza en su hombro.

Perdonadme. No os escuché.

Siempre esperamos que despertaras susurró ella.

Esa noche, de vuelta en el piso vacío, hice lo primero que se me ocurrió. Fui a su vestidor, empaqué sus cosas. Quise tirarlas, pero al final no pude. Solo cerré la puerta y pegué un cartel grande con letras gruesas:

“Sala de espera cerrada”.

Lo más difícil fue no responder cuando Carla escribió dos semanas después:

Echo de menos nuestro café. Aquí solo bebe una porquería cara.

Mi mano se dirigió al teléfono para escribir “Vuelve”. Pero recordé la cara de mi padre. Y por primera vez, me callé.

No lo entendió. Llegaron mensajes, llamadas. Primero sorprendidos, luego furiosos, luego burlones:

¿Javiercito, estás a dieta? ¿Te marchitas sin mí?

Guardé silencio. El silencio se convirtió en mi fortaleza.

Una vez, apareció sin avisar. Dejó su bolso en el recibidor y gritó:

¡Javier, tráeme la maleta del coche!

No lo entiendes dije en voz baja, pero clara. Aquí ya no tienes casa.

Me miró, y por primera vez en años, vi miedo en sus ojos. Había perdido el control.

¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

Sí, Carla. Estuve muy enfermo. Pero ahora me curo. Y duele. Tú eras mi enfermedad.

Fue agonizante. Como un síndrome de abstinencia. Pero me sostuvieron las tardes tranquilas con mi padre, que poco a poco mejoraba. El apoyo silencioso de mi madre. Y mi propia voluntad, que por fin usé para salvarme a mí, no para esperar a otra.

Los primeros meses de libertad fueron como recuperarse de una enfermedad grave. El cuerpo y el alma dolían, desintoxicándose. Me sorprendía revisando el teléfono, escuchando pasos en la escalera. Pero cada vez menos.

A los seis meses, Carla envió una postal desde una isla tropical:

“Nadie me esperó como tú”.

Llevé sus cosas a un trastero. No fue un acto de ira, sino de higiene. Liberar espacio para mi vida.

Elena me invitó a una exposición.

Tranquilo, tu “tormenta” no estará bromeó.

Pero ya no tenía miedo. Observé los cuadros, bebí vino y noté la mirada interesada de una mujer. No una belleza deslumbrante como Carla, sino de ojos serenos. Hablamos de arte, de libros. Y no tuve que fingir entusiasmo.

Al despedirla, me sorprendió no sentir ansiedad. No temía equivocarme, ni ofender. Había paz. Resulta que se puede ser uno mismo. No hacer planes, no fantasear con el mañana.

Pase lo que pase, será mi vida. Mi elección. Mi camino, sin esperas eternas en una sala vacía.

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