**Noche antes del amanecer**
Cuando a Lucía le empezaron las contracciones, el reloj marcaba las tres menos cuarto. En el piso había una penumbra húmeda: afuera caía una llovizna fina y las farolas dibujaban reflejos borrosos en el asfalto. Álvaro se levantó del sofá antes que ellano había dormido casi en toda la noche, dando vueltas en la silla de la cocina, revisando la bolsa junto a la puerta o asomándose por la ventana. Lucía estaba acostada de lado, con la mano sobre el vientre, contando los segundos entre las oleadas de dolor: siete minutos, luego seis y medio. Intentó recordar la respiración del vídeoinspirar por la nariz, espirar por la boca, pero le salía irregular.
¿Ya? preguntó Álvaro desde el pasillo, su voz sonaba apagada porque la puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Parece que sí Se sentó con cuidado al borde de la cama y sintió el frío del suelo bajo los pies descalzos. Las contracciones son más seguidas.
Llevaban todo el último mes preparándose para este momento: habían comprado una bolsa grande azul para el hospital, metido todo según la lista descargada de internet. Pasaporte, tarjeta sanitaria, historial médico, un camisón de repuesto, el cargador del móvil y hasta una tableta de chocolate «por si acaso». Pero ahora hasta ese orden les parecía inestable. Álvaro revolvía el armario, buscando las carpetas con los documentos.
El pasaporte lo tengo yo La tarjeta Aquí está ¿Y el historial médico? ¿No lo cogiste ayer? hablaba rápido y en voz baja, como si temiera despertar a los vecinos.
Lucía se levantó con esfuerzo y fue al bañonecesitaba al menos lavarse la cara. Olía a jabón y a toallas ligeramente húmedas. En el espejo vio a una mujer con ojeras oscuras y el pelo revuelto.
¿Llamamos ya al taxi? gritó Álvaro desde el pasillo.
Sí Pero revisa otra vez la bolsa
Los dos eran jóvenes: Lucía tenía veintisiete años, Álvaro apenas pasaba de los treinta. Él trabajaba como ingeniero de diseño en una fábrica local; ella, antes de la baja maternal, daba clases de inglés en un colegio. El piso era pequeño: cocina-salón y un dormitorio con vistas a la avenida. Todo hablaba de cambios: la cuna ya estaba montada en un rincón, pero llena de mantitas; al lado, una caja con juguetes que les habían regalado los amigos.
Álvaro pidió el taxi por la aplicaciónel familiar icono amarillo apareció en la pantalla casi al instante.
El coche llegará en diez minutos
Intentaba hablar con calma, pero los dedos le temblaban sobre el móvil.
Lucía se puso una sudadera sobre el camisón de dormir y buscó el cargador: la batería marcaba solo un dieciocho por ciento. Metió el cable en el bolsillo de la chaqueta junto con una toalla pequeñapor si hacía falta en el camino.
En el recibidor olía a zapatos y a la chaqueta húmeda de Álvarola habían puesto a secar después del paseo de la tarde anterior.
Mientras se preparaban, las contracciones se hacían más intensas y frecuentes. Lucía evitaba mirar el reloj: prefería contar respiraciones y pensar solo en el trayecto.
Bajaron al portal cinco minutos antes de la hora: la luz del vigilante proyectaba un círculo pálido junto al ascensor, donde se colaba una corriente de aire frío. Las escaleras estaban frescas; Lucía se cerró mejor la chaqueta y apretó contra el pecho la carpeta con los documentos.
Abajo, el aire era húmedo y fresco incluso para mayo: la llovizna resbalaba por el tejadillo de la entrada, los pocos transeúntes se apresuraban con las chaquetas abrochadas o las capuchas bajadas.
Los coches del patio estaban aparcados sin orden; a lo lejos se oía el ronroneo de un motorcomo si alguien lo estuviera calentando antes del turno de noche. El taxi ya llevaba cinco minutos de retraso; el punto en el mapa avanzaba lentamente: el conductor daba rodeos entre los bloques o esquivaba algún obstáculo.
Álvaro revisaba el móvil cada treinta segundos, nervioso:
Dice: «Dos minutos». Pero está dando un rodeo innecesario ¿Habrá obras?
Lucía se apoyó en la barandilla de la entrada e intentó relajar los hombros. De pronto recordó el chocolate: metió la mano en el bolsillo lateral de la bolsa y lo palpóahí estaba. Una tontería, pero era un pequeño consuelo en medio del caos.
Por fin, unos faros aparecieron tras la esquina: un Renault blanco frenó frente al portal y se detuvo junto a la escalera. El taxista salió a recibirlosun hombre de unos cuarenta y cinco años, rostro cansado y barba corta; abrió la puerta trasera y ayudó a Lucía a acomodarse con el equipaje.
¡Buenas noches! ¿Al hospital? ¡Entendido! Abróchense, por favor
Hablaba con energía, sin alzar la voz; sus movimientos eran ágiles pero sin prisas. Álvaro se sentó junto a Lucía; la puerta cerró con un golpe más fuerte de lo normaldentro olía a aire fresco mezclado con los restos de café de la taza junto al freno de mano.
Al salir del barrio, se encontraron con un atasco: unas máquinas de obra bloqueaban la calle con luces de emergencialos operarios arreglaban el asfalto de noche bajo las farolas. El taxista subió el volumen del GPS:
Vaya ¡Dijeron que acabarían a medianoche! Vamos a rodear por la calle de al lado
En ese momento, Lucía recordó de pronto el historial médico:
¡Espera! ¡Se me olvidó la carpeta! ¡Sin eso no me admitirán!
Álvaro palideció:
¡Vuelvo ahora! ¡No estamos lejos!
El taxista miró por el retrovisor:
Tranquilos. ¿Cuánto tardarán? Esperaré aquí el tiempo que haga faltaaún hay margen.
Álvaro salió del coche casi corriendo, salpicando charcos al ir y volver del portal. En cuatro minutos regresó sin alientocon la carpeta y las llaves, que había olvidado en la cerradura y tuvo que volver a subir. Todo ese tiempo, el taxista observaba la calle sin hablar. Cuando Álvaro se sentó de nuevo, el hombre asintió brevemente:
¿Todo bien? ¡Pues seguimos!
Lucía apretó los documentos contra el pecho; la contracción fue más fuerte que antesintentó respirar hondo con los dientes apretados. El coche avanzaba despacio junto a la obra; tras el cristal empañado se veían los letreros de farmacias y alguna figura bajo un paraguas.
Dentro del taxi reinaba un silencio tenso: solo el GPS indicaba desvíos y la calefacción crepitaba suavemente.
Al cabo de unos minutos, el taxista rompió el silencio:
Tengo tres hijos El primero también nació de madrugada, pero entonces fuimos andando al hospital: había medio metro de nieve ¡Ahora lo recordamos como una aventura!
Esbozó una media sonrisa:
No se agobien antes de tiempo Lo importante es tener los papeles y cogerse bien de la mano.
Lucía notó que, por primera vez en media hora, se sentía algo más aliviada: la serenidad del taxista le calmaba más que cualquier consejo de internet. Miró a Álvaroél también le devolvió un asomo de sonrisa a través de la tensión.
Llegaron al hospital poco antes de las cinco. La lluvia seguía cayendo, pero más débil, como perezosa







