Sashenka miraba a Liudmila con envidia. A Liudmila la iban a adoptar del orfanato. Sus nuevos papás ya estaban haciendo los trámites y pronto tendría una familia. Liudmila le contaba cómo pasaba el tiempo con sus nuevos padres: del zoológico, donde Sashenka nunca había estado, del teatro de marionetas, donde vio a una auténtica bruja Baba Yagá, y de la mermelada de albaricoque con hueso.

Antoñito miraba a Lola con una envidia que le quemaba por dentro. A Lola se la iban a llevar del orfanato. Sus nuevos papás ya estaban terminando los trámites y, por fin, tendría una familia. Lola no paraba de contar cómo pasaba el tiempo con ellos: el zoo, donde Antoñito nunca había estado; el teatro de títeres, donde había visto a una bruja de verdad; y la mermelada de albaricoque, ¡con hueso y todo!

Antoñito tenía cinco años. Desde que tenía uso de razón, vivía en el orfanato. Los niños llegaban y se iban. Cuando desapareció Javi, Antoñito le preguntó a doña Carmen:

Doña Carmen, ¿dónde está Javi?

Se fue a casa, con su familia respondió ella.

¿Y qué es una familia? insistió Antoñito.

Una familia es donde te esperan y te quieren siempre contestó doña Carmen.

¿Y dónde está mi familia?

Doña Carmen solo suspiró, lo miró con tristeza y no dijo nada.

Desde entonces, Antoñito dejó de preguntar. Había entendido que una familia era algo importante… y que a él le faltaba.

Cuando Lola desapareció dos días y volvió con un vestido nuevo, el pelo limpio y una muñeca reluciente, Antoñito se echó a llorar. Nadie lo había elegido nunca. Él ya sabía que no le quería nadie.

Entonces entró doña Carmen con un jersey y unos pantalones.

Antoñito, cámbiate, que vienen unos visitantes.

¿A verme a mí? se sorprendió. ¿Quiénes son?

Quieren conocerte.

Antoñito se vistió, se sentó en el banco y esperó. Doña Carmen lo agarró de la mano y lo llevó a la sala de visitas. Allí estaban un señor y una señora. El señor era alto, con barba y bigote. La señora, menuda, delgada y, para Antoñito, preciosa como una rosa. Olía a flores y tenía unos ojos enormes con pestañas de escándalo.

Hola dijo la señora, me llamo Lucía. ¿Y tú?

Antoñito respondió él. ¿Y ustedes quiénes son?

Queremos ser tus amigos dijo Lucía. Y además, necesitamos tu ayuda.

¿Qué ayuda? Antoñito miró al señor.

El hombre se agachó a su altura.

Hola, soy Roberto. Nos han dicho que dibujas genial y que podrías pintarnos un robot. Necesitamos un cuadro con uno, ¿nos ayudas?

Sí dijo Antoñito con solemnidad. ¿Qué robot queréis? Sé dibujar muchos.

Roberto sacó de una bolsa un álbum de dibujo, lápices de colores y un robot gigante. Brillaba bajo el sol que entraba por la ventana, impoluto en su caja. Antoñito se quedó boquiabierto al cogerlo. ¡Nunca había visto uno tan grande!

¡Hostia! exclamó. ¡Es Optimus Prime! ¿Sabéis que es el líder de los Transformers?

¿Te gusta? preguntó Roberto.

¡Muchísimo! contestó Antoñito, emocionado.

Pues llévatelo, usa los lápices y dibújanoslo. Pero antes, nos gustaría charlar un rato contigo, como amigos.

Antoñito pasó una hora entera con Roberto y Lucía. Hablaron de todo: lo que le gustaba, lo que no, sus juguetes, su cama, incluso de los zapatos que le dejaban los pies helados en invierno. Lucía no soltó su mano en todo el rato, y Roberto le acariciaba el pelo.

Doña Carmen entró en la sala.

Antoñito, es hora de irse dijo. Ya toca la cena.

Roberto se acercó y le estrechó la mano.

Volveremos en una semana. ¿Podrás dibujarnos el robot para entonces?

Sí. Pero… ¿vendréis de verdad?

Claro contestó Lucía, abrazándolo tan fuerte que a Antoñito casi se le salen los huesos. Tenía los ojos llorosos.

¿Por qué lloras? preguntó él.

No lloro, cariño. Es que se me ha metido una motita en el ojo.

Doña Carmen lo llevó al comedor. Antoñito cenó rápido y corrió a la habitación donde habían dejado el robot. Lo sacó de la caja y se quedó embobado. ¡Le encantaba cómo se movían los brazos y las piernas, y cómo giraba la cabeza!

Empezó a dibujar. De pronto, entraron los chicos mayores.

¡Jo, tío! gritó Manolo. ¡Dame eso!

Le arrebató el robot y empezó a lanzarlo al aire.

¡Déjalo! ¡No es mío! protestó Antoñito.

Claro que no es tuyo se rió Manolo. Aquí todo es de todos.

Antoñito se abalanzó sobre él y forcejearon. Hubo un crujido, y en sus manos solo quedó una pierna del robot. Antoñito se echó a llorar, desconsolado. Manolo le tiró los restos a la cara y le sangró la nariz. Doña Carmen lo llevó al baño, lo lavó y le tapó la nariz con algodón.

Antoñito, debería darte vergüenza. Los juguetes son de todos, ya lo sabes. Ahora está roto.

¡No era mío! lloriqueó. Me lo dieron prestado para dibujarlo.

Doña Carmen sonrió.

Pues venga, sigue dibujando.

Antoñito, con la moral por los suelos, logró colocar al robot contra la pared, le ajustó la pierna con una cajita y empezó a copiarlo. Cuando tocó irse a dormir, ya tenía un dibujo terminado. Al día siguiente hizo dos más. Luego otro, y otro, hasta llenar el álbum.

Doña Carmen, ¿falta mucho para la semana? preguntó. ¿Cuándo vienen Lucía y Roberto?

Doña Carmen lo miró con pena.

Antoñito, la semana ya pasó. Y… lo más probable es que no vuelvan.

Antoñito se puso a llorar. Seguro que era porque había roto el robot. Doña Carmen se lo habría dicho. No durmió en toda la noche, dándole vueltas al asunto.

Al día siguiente, doña Carmen entró en su habitación, sonriente.

Vístete, Antoñito. Tienes visita.

¿Quién?

Anda, verás tú mismo.

Antoñito abrió la puerta y allí estaban Roberto y Lucía.

Hola dijo ella. Hemos venido por ti.

¿A dónde?

¿No decías que querías ir al zoo? ¿Te apetece?

Sí, pero… Antoñito se echó a llorar.

Roberto y Lucía se acercaron, preocupados.

¿Qué pasa? preguntó él.

Esperad dijo Antoñito, y volvió con el álbum y el robot roto. Mirad… le temblaba la voz. Manolo y yo… lo rompimos. Perdonad.

Roberto se rió.

Antoñito, ese robot era tuyo. Te lo regalamos.

Entonces Antoñito le dio el álbum.

Aquí está lo que dibujé.

¡Fantástico! Roberto hojeó las páginas. Era justo lo que necesitábamos. Dibujas genial. Y no te preocupes por el robot, lo arreglaré.

¿Vamos al zoo? preguntó Lucía, ayudándolo a abrocharse el abrigo.

En el zoo, Antoñito no sabía dónde mirar. Le encantaron los monos, que saltaban y se comían los plátanos como si no hubiera un mañana.

Antoñito dijo Lucía, nos gustaría invitarte a casa. ¿Quieres?

Sí.

Al llegar, Antoñito entró con cautela.

Pasa, no tengas miedo dijo Roberto.

Lucía lo llevó de la mano a una habitación. Antoñito se quedó boquiabierto: las paredes llenas de planetas, una cama con forma de coche, juguetes por todas partes…

¿Quién vive aquí? preguntó.

Roberto y Lucía se sentaron en el suelo, lo cogieron de las manos, y Roberto dijo:

Antoñito, queremos que vivas con nosotros. Esta es tu habitación, tus juguetes, tu cama. Si quieres, quédate para siempre.

¿Para siempre? susurró Antoñito. ¿O sea… que me lleváis en familia?

Sí dijo Lucía. Te llevamos en familia.

Pero… ¿por qué a mí? Soy un desconocido, y encima rompí el robot.

No eres un desconocido susurró Lucía, eres nuestro hijo.

Antoñito asintió entre lágrimas. Le gustaban Roberto, Lucía, su habitación nueva… No quería volver al orfanato.

¿Aceptas? preguntó Roberto.

Sí. Portaré bien.

Roberto y Lucía se rieron, lo levantaron en brazos y lo abrazaron y besaron sin parar.

Y Antoñito, por fin, era feliz. Al fin tenía una familia. Suya. De verdad.

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Sashenka miraba a Liudmila con envidia. A Liudmila la iban a adoptar del orfanato. Sus nuevos papás ya estaban haciendo los trámites y pronto tendría una familia. Liudmila le contaba cómo pasaba el tiempo con sus nuevos padres: del zoológico, donde Sashenka nunca había estado, del teatro de marionetas, donde vio a una auténtica bruja Baba Yagá, y de la mermelada de albaricoque con hueso.
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