Los intelectuales rurales: sabiduría y cultura en el campo español

**Los Intelectuales del Pueblo**

Tasia, Tasiña, ¿has oído que ha llegado al pueblo un nuevo profesor de matemáticas desde la ciudad? Doña Bárbara se ha jubilado. Bueno, en realidad ya estaba jubilada, es mayor, pero como no había quien enseñara a los chicos, pues ha venido este soltaba la vecina Nicolasa, una anciana que siempre estaba al tanto de los últimos chismes del pueblo.

No, no lo sabía. ¿Es hombre?

Claro. Y no es ningún chaval, dicen que tiene cuarenta y seis años y está soltero.

¿En serio? A esa edad y soltero se sorprendió Tasiña. A lo mejor su mujer viene más tarde… o quizá no. Las mujeres de ciudad no quieren vivir en pueblos.

Bueno, pues mejor que esté soltero. ¿Acaso nos faltan mujeres solteras aquí? Mira nuestra enfermera Marina, que enviudó hace tres años y está muy agraciada. ¡Ahí tienes la pareja perfecta: profesor y enfermera!

En el pueblo, los rumores bullían. Gregorio aún no conocía a Marina, pero todos ya los habían casado.

Pasó el tiempo, pero no se oyó hablar de bodas. Ni siquiera se veía que el profesor y la enfermera coincidieran mucho. Claro, Gregorio y Marina se habían presentado no podían vivir en el mismo pueblo sin conocerse, pero nada más.

El recién llegado se instaló en una vieja casa construida décadas atrás para maestros y médicos, cuando había más profesionales en el lugar. Gregorio era un hombre apuesto: alto, bien parecido, y los niños adoraban sus clases, llenas de humor y explicaciones claras.

Los únicos que no vivían tranquilos eran las viejas del pueblo, sentadas en los bancos junto a las puertas, discutiendo las últimas novedades y teorías. Sobre Gregorio circulaban dos versiones principales.

La primera la propuso la mismísima Nicolasa:

Yo digo, compadres ajustándose el pañuelo en la cabeza, que este Gregorio debe de ser viudo reciente. Enterró a su mujer en la ciudad, enferma, seguramente. Vino aquí para olvidar penas y empezar de cero. La gente hace esas cosas con el dolor reciente.

La segunda versión la lanzó Archipona, una anciana que lo sabía todo de todos. O al menos, lo fingía. Si no estaba segura, inventaba con tanta convicción que parecía verdad.

Yo más bien creo… no, estoy segura decía, de que el profesor se metió en algún lío en la ciudad y vino a esconderse aquí. ¿Deudas? ¿Una amante descubierta? Quién sabe. Pero algo turbio hay.

Las viejas no llegaron a un acuerdo, pero los rumores volaron de casa en casa. Marina, la enfermera, no participaba en esos cotilleos, pero los escuchaba igual. Los vecinos iban a quejarse de sus achaques… y soltaban algún comentario.

Marina tenía cuarenta y un años, una hija estudiando en la universidad y había enviudado tres años atrás. A ella Gregorio no le interesaba. No es que le cayera mal, pero sus caminos casi no se cruzaban: la escuela quedaba en un extremo del pueblo, el ambulatorio en el otro. Sus hijos no iban a clase no los tenía y Gregorio nunca se ponía enfermo.

Marina, el pueblo habla de ti y del profesor, ¿no lo sabes? le preguntaba Lucía, la auxiliar, una mujer entrada en años. Todos esperan que acabéis en boda.

Sí, lo he oído, Lucía. ¿Qué romance ni qué historias? Si apenas nos conocemos. Un “hola” de vez en cuando. Parece buena persona, pero no es mi tipo. Demasiado ciudadano. Va bien vestido, con esas gafas finas y las manos cuidadas. Seguro que no sabe ni clavar un clavo. Cuando estudiaba enfermería en la ciudad, conocí a muchos así: solo querían divertirse…

Bueno, pero él ya no es un chico replicó Lucía.

¡Ay, por favor! ¿No has oído el dicho? *”A los cuarenta, la mujer es un buen membrillo”*. Pues los hombres igual. Él tiene cuarenta y seis, y esa “fruta” les dura desde jóvenes hasta que andan con bastón… La mente no cambia.

Lucía calló un momento, ocupándose de sus papeles, antes de añadir:

Tienes razón. Si un hombre a esa edad sigue solo, es porque no quiere a nadie.

Exacto asintió Marina. Que cotilleen, pero a mí no me interesan esos líos. Si algo busco, es una familia. Ya se cansarán.

Con el tiempo, los rumores sobre Marina y Gregorio se apagaron. Ambos eran respetados: dos intelectuales en el pueblo que ya no llamaban la atención. Se les veía saludarse educadamente en la tienda y seguir cada uno su camino.

Llegó el invierno, luego la Navidad, y los niños volvieron a clase. Para entonces, nadie especulaba ya sobre Gregorio: era uno más del pueblo.

Hasta que surgió otro chisme. La hija del alcalde volvió de la ciudad sin terminar la carrera… embarazada y sin marido. ¡Eso sí que era campo abierto para el cotilleo! Ahora las comadres hablaban en la tienda, el ambulatorio o la calle demasiado frío para los bancos.

La vida seguía así: tranquila, salvo cuando los rumores la agitaban. Enero trajo nieve y ventiscas, y las calles se cubrieron de senderos estrechos difíciles de transitar.

Hasta que, de pronto, el pueblo volvió a revivir. A finales de mes, llamaron a Marina para atender a Archipona, que vivía al otro extremo del pueblo con su hija y el nieto, Esteban. La enfermera avanzó con dificultad por la nieve, fatigada al llegar.

Al entrar, se encontró con Gregorio, que la esperaba.

Hola… ¿qué hace usted aquí? preguntó Marina, dirigiéndose a la habitación de Archipona.

Hola. Vine con Esteban dijo Gregorio. Tiene fiebre. Su madre no está.

Sí, tía Marina murmuró el niño. Me duele la garganta… y la abuela…

Marina, no soy médico, pero a Archipona le pasa algo grave intervino Gregorio. Tiene la boca torcida y habla raro. Llamé a una ambulancia.

Marina comprendió que era urgente. El problema: ¿cómo llegaría la ambulanza por esos caminos?

Tiene razón dijo a Gregorio. Pero aquí no entrará. Solo hasta el ambulatorio.

Pues habrá que idear algo. Mire a Esteban. No podemos cargar con Archipona…

No, no debe moverse. Esteban, quédate aquí. Le diré a tu madre qué medicina darte.

Gregorio salió al patio y vio una escalera de madera.

Esteban, busca correas, rápido.

El niño trajo tres, una de tela.

Sirven dijo Gregorio. La llevaremos en la escalera, atada con las correas. La arrastraremos como una camilla.

¡Qué idea más buena! sonrió Marina.

Gregorio tiró del improvisado trineo, mientras ella vigilaba a Archipona. Durante el trayecto, hablaron.

¿Por qué no tiene esposa? preguntó Marina, impresionada por su ingenio.

Me dejó hace siete años. Se fue con un empresario. “De un maestro, ¿qué se puede esperar?” Vine aquí voluntario, en lugar de un joven al que le tocaba. Su mujer estaba embarazada… me dio pena. No me arrepiento; me gusta este sitio.

Ya veo dijo Marina.

Cuando trasladaron a Archipona a la ambulancia, Gregorio y Marina siguieron charlando. Él se despidió, y ella se quedó pensativa.

*”Gregorio es un hombre de verdad. No pierde la cabeza en una crisis. Sabe ayudar, actuar sin quejarse… No es ningún delicado de ciudad”*.

Esa misma noche, el pueblo vio a Gregorio acompañar a Marina a casa, aunque él vivía en dirección opuesta. Al día siguiente, otra vez. Y al otro. Los vecinos los observaban caminar juntos, riéndose.

Marina, ¿cuándo es la boda? preguntaban en el ambulatorio.

Ella se reía, hasta que un día anunció:

Será en verano. Gregorio tendrá vacaciones, y yo menos trabajo.

Al final, los rumores no andaban tan desencaminados. Como dice el refrán: *”Cuando el río suena, agua lleva”*.

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