No eres su esposa.

—¡Tú no eres su mujer! —clamó doña Marisa con voz tan áspera que el vaso de Clara en la mano empezó a temblar. —¡No es su mujer, se entiende! ¡Vives como un cuco en la jaula ajena y te crees con derecho a reclamar!

—¿Doña Marisa, qué es esto? —respondió Clara, tambaleante, depositando el vaso con cuidado. —He estado con Mario cuatro años…

—¡Cuatro años! —espetó doña Marisa, arreglándose los rizos artificiales con descaro. —¿Tiene sello de matrimonio en el pasaporte? ¡No! ¡Entonces, ¿qué derechos crees que tienes?! ¡Cuando llegue Lucía, verás quién gobierna este hogar!

Clara recogió las tazas en silencio, sus manos temblaban, pero se esforzaba por no dar a entender lo que sus palabras le habían herido. Cuatro años cuidando de Mario tras el infarto, cuatro años sobrellevando las pullas de su madre, y ahora…

—¿Lucía es su exmujer, acaso? —preguntó Clara, sin levantar la mirada.

—No fue exmujer, sino la auténtica. Solo se separaron por tonterías, sin divorciarse oficialmente. Ahora regresa a cuidar de su marido, ¡como corresponde a una mujer decente!

Se oyó un portazo en la entrada y los pasos de Mario parándose en el hall. Clara se apresuró a secarse las manos y salir a recibarlo.

—¿Cómo te sientes? ¿Cansado? —le preguntó, ayudándole a quitarse el abrigo.

—Todo bien —murmuró Mario, evitando su mirada. —Mamá, ¿le has dicho a Clara?

Doña Marisa asintió triunfante.

—Sí. Que se entere de lo que es.

Clara se sintió como si el piso se le fuera a caer bajo los pies.

—Mario, ¿qué carajo es esto? —Su voz era casi un susurro.

Mario se movía inquieto de un pie al otro, mirando al suelo.

—Verás Clara… Lucía me llamó. Quiere volver. Probar de nuevo. Justo porque… porque estuvimos casados…

—¿Casados? ¡Ah! ¿Y qué soy yo entonces? —Clara no entendía cómo su voz seguía firme. —¿Quién te cuidó después del hospital? ¿Quién te daba las pastillas y te llevaba a las terapias? ¿Quién aguantó a tu madre todos estos años?

—Clara, por favor, no comiences…

—¿No empezar? —gritó—. ¿Cuatro años de mi vida tirados por la puerta? ¿Y ahora me echas como un regalo vencido?

Doña Marisa rió con satisfacción y se cruzó de brazos.

—¡Eso mismo! No te pidieron que sacrificaras tu vida. ¡Te metiste tú sola y ya sales!

Mario frunció el ceño.

—Mamá, por favor. Clara me dio mucho, lo entiendo.

—¡Lo entiendes! —Clara se rió con amargura. —¡Entonces por qué me echas?

—No te echaré. Solo… Lucía es mi mujer oficial, ella tiene derechos…

—¿Y yo no? —Clara se sentó en la silla, de repente agotada. —Significa que todo fue en vano. Treinta y seis noches sin dormir viéndote con la presión arriba. Treinta y seis veces en urgencias. Treinta y seis años…

El silencio pesó en la habitación. Mario estaba en el centro, dividido entre ambas mujeres. Doña Marisa miraba con semblante triunfante sus uñas pintadas.

—¿Quieren que me vaya ya? —le preguntó Clara.

—No tan rápido —murmuró Mario. —Piensa, busca un piso. Tenemos tiempo.

—¿Tengo tiempo? —Clara se puso de pie. —¿Y cuándo llega tu esposa?

—El jueves que viene —dijo Mario en voz baja.

—Entiendo. Me da un día para desaparecer de tu vida.

Se dirigió a la habitación —su habitación, compartida con Mario— y sacó de la armadura un viejo maletín que compró para escapadas a la costa. Entonces le pareció que tenían toda una vida por delante.

Clara comenzó a rellenar el maletín, evitando pensar en nada. Tomaba una camiseta, la doblaba, metía. Otra. Y otra.

—Clara —apareció Mario en la puerta—. No creas que no te aprecio…

—No te mientas, Mario. Solo dime una cosa: ¿me amaste nunca?

Él calló tanto tiempo que ese silencio fue la respuesta.

—Yo creía que sí —dijo por fin—. Pero cuando Lucía llamó, me di cuenta de que simplemente me había acostumbrado a ti. Como si fuera mi cuidadora.

Clara detuvo el movimiento en el que metía su camiseta favorita (que planchaba cada semana) y la dejó en el armario. No su ropa, no se iría con lo ajeno.

—Voy a decirle tres cosillas a tu madre. —Clara salió de la habitación.

Doña Marisa estaba en el sofá viendo el televisor, fingiendo haber perdido toda historia.

—Doña Marisa —dijo Clara con calma—. Ganaste. Pero acuérdate: cuando a tu hijo le vaya mal de nuevo, cuando la presión lo paralice en mitad de la noche, cuando necesite al médico… llama a tu querida Lucía. A ver si viene, o si habrá olvidado que ya no vive más con vosotros. Que ahora tiene su vida.

—¡Ya me conoces! —gritó doña Marisa.

—Ya no me importa. —Clara cogió las llaves del piso. —Aquí tienes. No tengo más que hacer aquí.

Mario salió de su cuarto escuchando el tintineo de las llaves en la mesita.

—Clara, ¿adónde vas? No tienes dónde…

—Y me importa. —Clara cogió el maletín y se dirigió a la puerta. En el umbral se volvió. —Sabes, Mario, no me apena el tiempo perdido contigo. Me apena no haber salido antes. Cuando me di cuenta de que eras solo cómodo.

La puerta se cerró con un suave chasquido. Clara estaba en el rellano con el maletín pesado, sin saber hacia donde encaminarse. Se oyó un entreabierto de la puerta del vecino de abajo y salió doña Soledad.

—¿Clara? ¿Qué te pasa?

—Nada, tita Soledad. Me voy de viaje.

—¿Y por qué? ¿Acurrucó con Mario algo?

—Todo bien con él. Su esposa regresa.

Doña Soledad se alarmó y abrió de par en par.

—Ven, cariño. Cuéntame de veras.

Clara entró en la acogedora parra de la vecina, olor a bizcochos y té. Se sentó a la mesa.

—Habla todo lo que quieras.

Y habló. Sobre los cuatro años invertidos en otro. Sobre cómo creía en su futuro. Sobre cómo aguantó los comentarios de su madre política, pensando que era momentáneo.

—¡Qué tonta he sido, tita Soledad. Tonta y vieja!

—No tonta, sino buena. Excesivamente bondadosa. Mira, Carlos no vive más acá. Está en Bilbao. Mientras, duerme en mi habitación. Ya verás.

—Tita Soledad, ¿cómo puedo?

—Puedes, cariño. Si no, ¿para qué vives? Anda, trae el maletín, te muestro la habitación.

Clara aceptó con agradecimiento. En la habitación de Soledad era sencilla y cálida, cama, armario, escritorio junto a la ventana.

—Descansa, cariño. Mañana a primera hora te buscarás un trabajo. Vaya, hay que pararse sobre sus dos patas.

Clara cenó sola, permitiéndose la primera llanto del día sin contener. Escuchó por la pared a Mario y a su madre barajando las llegadas de Lucía.

—Mamá, ¿tal vez me precipité? Clara sí que me ha ayudado mucho…

—¡Tonterías! —repuso doña Marisa. —Lucía es tu esposa real. Esta… esta solo ha sido provisional. Ahora todo será como debe ser.

—Pero cuando yo enfermé, Lucía se fue. Dijo que no podía ver a su marido enfermo…

—Era joven, se asustó. Ahora está madura, se arrepientió. Volverá a su familia.

Clara se acercó un poco. ¡Basta de escuchar… ya nadie me importa!

Por la mañana se levantó con el olor a tortitas. Soledad preparaba gachas, tarareando una canción.

—¡Buen día, campeona! Desayuna, que luego vamos al Servicio Público de Empleo.

—Tita Soledad, ¿cómo eres tan buena para mí?

—¿Quién más va a ser bueno si no los demás? Come, llena fuerzas.

Estaban juntas en la mesa bebiendo té con tortitas, cuando se registró un ruido en el pasillo. Voces, portazos.

—Aquí está —dijo Clara en voz baja.

—¿Quién está?

—Su esposa. Lucía.

Soledad asintió con gesto triste.

—Ya veremos lo que pasa. Por ahora, no te metas con ellas. Empezarás una vida nueva.

Pero escuchar flaqueó. La voz de la mujer desconocida −aguda, exigiendo− traspasaba las baldosas.

—¿Mario, no has destrozado la casa? ¿Y quién cocinaba todo? Huele a comida rara por todas partes…

—Fue Clara —dijo Mario en voz muy baja.

—¿Dónde está? Pensaba que aún estaba aquí…

—Se marchó ayer.

—¡Pues bien hecho! ¿Para qué invadir la casa ajena? Doña Marisa, sois un ejemplo, ¡haberla echado!

Clara apretó los dientes y se alejó de la pared. Soledad miró con comprensión.

—No les das ni escuchas. Vamos a salir, vaya a tomar aire.

Caminaron abajo. Era una bonita mañana primaveral, el sol ablandaba las espinas, los pájaros cantaban. La vida seguía.

—Tita Soledad, últimamente me he preguntado: ¿qué habría sucedido si no hubiera conocido a Mario? Si hubiera vivido mi vida sola…

—¿Y qué te preguntabas?

—Que quizás habría sido mejor. Tenía un trabajo que me gustaba. Mis amigas. Mi pequeño piso. Y me lo tiré por el ralo por… ¿qué? Por una idea de familia.

—No por una idea. Por amor. Solo que no fue el mismo amor. El tuyo sí que era auténtico.

Caminaban por el paseo, ya primorales los árboles germinando. Se encontraron con un hombre con un perro −pastor alemán con ojos amables− y se saludaron.

—Disculpe, ¿sabe dónde está aquí el veterinario? No estamos acostumbrados.

—Sí, claro. Está allá detrás en el portal. Lleva una pancarta.

—¡Graciass! —dijo el hombre sonriendo. —Me llamo Miguel. Es Roco. Nos acabamos de mudar.

—Soy Clara. Y esta es tita Soledad, mi… —se acatarró. ¿A quién era ahora tita Soledad? Una vecina. Una amiga.

—Acojonante, niña. Solo te ayudo, cuando puedo —dijo Soledad.

Se pararon un poco y platicaron del todo. Miguel era encantador, y Roco, súper cariñoso, le olfateaba las piernas pidiendo caricias.

—Nos vamos, Clara —dijo por fin Miguel. —¿Y si nos volvemos a ver? Roco siempre quiere salir.

—Claro —dijo Clara sonriendo. —Nosotros también.

Cuando se fueron, Soledad flirteó con malicia.

—Hombre bonito. Perro bueno. Un par de cosas dicen de su dueño.

—¡Tita Soledad, qué cosas dices! —rió Clara. —No es mi momento.

—¿Cuándo será su momento? La vida sigue, niña. No pueden seguir mirando atrás siempre.

Regresaron a casa a almorzar. De la vecina llegaron estruendos de platos y chillidos de:

—¿Cómo que no tienes para comprar comida? No puedo cocinar con aire…

—Lucía, todos somos pobres ahora, pero…

—Y ¿cómo se las arreglaba esa Clara? ¿Lavando el asfalto?

Silencio. Después la voz muy baja de Mario:

—Sí. Trabajaba. Compraba comida y pagaba el agua…

—¡Vieja tonta! ¿Y por qué no le echaste a esa Clara? ¡Te alimentaba, a cambio!

Clara sintió cómo algo se movía dentro. No dolor, no resentimiento. Otra cosa. Protesta, quizás.

—¿Lo escuchaste? —dijo en voz baja Clara.

—Sí. Y sabes qué, niña. Me parece todo graciosillo. Pensaba que había perdido el amor verdadero. Había tirado justo un puñado de parásitos.

Tocaron a la puerta. Soledad fue a abrir. Regresó con cara de sorpresa.

—Vaya, es Mario.

Clara salió al recibidor. Mario estaba delante de la puerta, inquieto, sin atreverse a cruzar el umbral.

—Clara, ¿podríamos charlar?

—Habla.

—Me di cuenta… Quizá nos precipitamos, ¿y si intentamos…?

—¿Qué intentamos, exactamente?

—Volver. Ya Lucía… no parece como yo imaginaba. ¿Quizá seguimos?

Clara lo miró largo rato. Al hombre al que le había dado cuatro años. Que ahora le pedía algo. ¿Intentar vivir juntos otra vez? ¿Para que le pagara el agua y le diera alimento?

—No, Mario. No lo intentamos.

—¡Pero por qué! Pero si nos entendíamos…

—Tú te entendías muy bien. Yo solo existía. ¿Entiendes la diferencia?

—Clara, no seas tonta. Lucía puede irse si quieres…

—Claro que sí. Seguro que se va apenas entienda que no hay nada que llevarse. Y te dejarás sin nada. Sin ella. Sin mí.

—¿Y qué hago?

—No lo sé, Mario. Eso ahora es tu problema. Tú mismo dijiste que yo no era tu mujer. Entonces, ¿para qué te importan mis preocupaciones?

Clara cerró la puerta. Mario permaneció un momento más, luego su paso, lento, inseguro, se alejó.

—Lo hiciste bien, niña —dijo Soledad—. Ahora lava las manos, vamos a almorzar.

Clara se mojó con agua fría, se miró al espejo. Su cara, pálida, ojos tristes, pero con un resplandor nuevo, decisión.

—Tita Soledad, ¿me dejas estar aquí un mes? Mientras consigo empleo y un alquiler…

—Claro. Y no pienses en mierdaras. La vida recién empieza.

En el Servicio Público de Empleo había muchas plazas de su nivel. Cuidadora en residencia, enfermera en clínica privada, auxiliar en consulta.

—¿Cuál le llama más? —le preguntó la funcionaria.

—Quiero ayudar a la gente. Pero de verdad. No forzada…

—Entonces hay vacante en un hospital de terminal. Ayudar allí, en sus últimos momentos, la gente valora cada palabra amable.

Clara cogió el ticket. El trabajo sería duro, pero honesto. Nadie engañado, nadie atado. Solo ayudar a otros en sus momentos más difíciles.

Cuando le contó a Soledad:

—Muy lista. Entonces, todo no fue en vano. Ahora trabajas donde te necesitan.

Por la noche estaban en la cocina, tomando té. Dejando de hablar allá, silencio. Sansón y Dalila.

—Tita Soledad, ¿no lamentas que me hayas acogido? Tantas complicaciones…

—¿Qué complicaciones? Me río más desde que estás aquí. Mi hijo en Bilbao, mi hija en Nueva York… Bien está tener con quién cotillear.

—No tenía a nadie más excepto a Mario. Las amigas se despegaron cuando me mudé. Mis padres viven lejos. Estaba en una capa de aislamiento.

—Ahora te retiras del capullo. ¡Harás mariposa! —Se rió Soledad.

Se quedaron conversando hasta tarde, sobre planes y sobre lo bonito del día de mañana. Clara se fue dormir tranquila, por primera vez en meses.

La levantó el ladrido del perro. Miró por la ventana y vio a Miguel con Roco jugando en el jardín. El perro corría por el césped, feliz.

Clara se vistió rápidamente y salió al jardín.

—Buenos días ¿cómo va Roco? ¿Llegaste bien al veterinario?

—Buenos días. Todo bien, solo le ponía una vacuna. —Miguel sonrió. —Qué pronto te has levantado.

—Hoy tengo entrevista de trabajo.

—¡Enhorabuena! ¿A dónde vas?

—A un hospital de terminal. Ayudaré a otros.

Miguel la miró con respeto:

—Eso es un trabajo muy noble. Y muy difícil.

—Lo sé. Pero quiero probar.

—Te reza. Tienes un brillo muy dulce.

Roco se acercó y puso sus patas sobre las rodillas de Clara, mirándole a los ojos. Clara lo acarició suavemente.

—Te entiende. Los perros captan las buenas personas.

—¿Y a las malas?

—Pues a veces también. Roco le gruñía a mi ex vecino. Que más tarde se enteró que era un estafador.

Se rieron. Fue mejor estar bajo el sol, acariciar al perro cariñoso, hablar con un hombre encantador. Simplemente, plenamente.

—Me tengo que ir —dijo por fin Clara. —Nos veremos.

—Claro. Roco y yo siempre salimos por la mañana.

Clara se dirigió a la parada del autobús con buen ánimo. No solo un trabajo nuevo, sino también una nueva vida. El antiguo pasado, los cuatro años de engaño, no los consideraba perdidos. Le habían enseñado a cuidar de sí misma.

En el bus recordó las palabras de Mario: “Tú no eres su mujer.” Entonces le cortaban más que una poda. Ahora pensaba: “¡Bien hecho que no lo fuera! Ser mujer es dar y recibir. Allí no había más que yo sola.”

El bus llegó a la parada. Clara salió, estiró los hombros e ingresó al nuevo día. Al nuevo futuro, donde no era una cuñada, no una cuidadora provisional, sino ella misma.

Y eso era maravilloso.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

thirteen + nine =