Es hora de dejarla ir

Echa de aquí
— ¿Clara, todavía estás con vida ahí, carrera? ¿O será que hoy por fin sales del sofá? ¡Ya no aguantamos más!
— Valeria lanzó un plato fregante con el desayuno al posavasos, el ruido atronó con un sonido hueco y apenas salió el puré de la taza. Clara ni parpadeó bajo el chal ni apartó la vista del teléfono como si no escuchara ni viera. En su pelo se notaban mechones sin lavar y camisa vieja, todo lo contrario al estilo que solía elevar en otros tiempos.

— ¿Acaso soy yo tu mucama? — inquirió Valeria con los brazos en jarra—. Ni siquiera lavas los platos. ¿Qué tenemos, que te traigamos hasta la comida? ¡Ya ni el personal de cuidado de hospital nos podría cubrir a esta criatura de dramas!

Clara colocó el teléfono bajo la almohada con pausas de aburrimiento, no miró a Valeria. Lentamente se incorporó, tomó una cuchara y empezó a comer, muy lento, casi como si cada gesto costara pelear una montaña.

— ¿No te da vergüenza? — preguntó Valeria con suavidad, aunque sus palabras aún endurecían—. Tres meses, Clara… Tres. Ya es hora de seguir adelante.

Clara se mordía el labio inferior y no reaccionaba. Con cada bocado trataba de retrasar el tiempo, como si el desayuno debiera alargar su existencia.

Antes, Clara no sabía estar quieta ni permitirse descaerse. En la universidad asistía con esmero, trabajaba desde el segundo año: como camarera, después como auxiliar en una imprenta. Nadie la consideraba mera energía, sino todo lo opuesto.

— Nuestra Clara tiene carácter, no como yo en la juventud — solía decir Valeria a las amigas—. Clara llegará lejos.

Llegó lejos, pero no lo suficiente.

Fue con José. Según Clara, un hombre dulce aunque no rico, pero si se miraba con claridad era un vago de treinta años. Trabajaba sin contrato, alquilaba un cuarto y traía problemas de sobra. Clara le llevaba contenedores con comidas, le daba dinero para el metro y le proponía cursos. A cambio, recibía desaires, suplicas de ayuda y frases como:

— Eres tan buena… Es que solo tú crees en mí. No sé qué haría sin ti.

Tras José, Clara se sintió como una batería descargada y tirada al suelo.

Después, Roberto, un sabio que hablaba francés con gracia. El problema no era el ingenio, sino la indecisión. A veces no respondía por días, otras llegaba con flores y promesas como si fuera el día de San Valentín. Clara lo dejó sola, pero tardó medio año en entenderlo. Su cansancio la devoró.

Luego vino Miguel.

— ¡Por fin! — exclamó Valeria cuando Clara presentó al enamorado—. Un hombre recto, con buenos ingresos y sin vanagonas.

Miguel era todo un misterio: carismático, seguro, con coche que costaba más que su piso. Restaurantes, viajes, alianzas… Todo era como una película de amor. Clara se sentía una enamorada de conto, finalmente en alguien que la veía.

Su boda fue efímera. Silenciosa. Sin abrazos ni alegrías. Solo una noticia repentina y una fecha para el registro. Valeria se enfadó, pero no lo demostró.

— Quizás le da vergüenza que él no sea de su mundo. O es para algún viaje, quién sabe. Mientras Clara sea feliz…

El matrimonio se desdibujó como una sombra. Tras tres meses, comenzaron a dormir separados, aunque en la misma cama. Miguel llegaba tarde, con excusas frías. A los cinco meses, Clara encontró mensajes en su móvil. Miguel lo admitió sin disculpa.

— Te volviste muy seria, Clara. Ya no me apasionas. Me gustan más las joviales. Disculpa.

Clara regresó a casa con las lágrimas aún húmedas y desesperanza confirmada. Valeria solo le dijo:

— Lo advertí. No eres de este nivel. Nunca te tomó en serio, porque eres hija mía, sencilla.

Clara se quedó muda. El mundo se volvió denial y ensoñación. Pasaba horas en el sofá viendo series, comiendo ajenos horarios y ocultando emociones como si fueran sombras.

Un noche de tensión, Valeria rompió el silencio:

— Clara, ya no soporto verte así. Eres adulta. Un divorcio no es el fin.

Clara levantó la vista, sus ojos eran nósferas con un hielo extra. Giró los hombros con indiferencia y siguió comiendo como antes.

La casa quedó atrapada en una calma trémula. Incluso la televisión se calló. Valeria preparaba bocadillos en la cocina, cortaba el pan con dificultad y su frustración se volvía filosa. José, el padre de Clara, puteaba con dedos sobre una taza vacía.

— ¿Cuánto tiempo más, Pepe? — preguntó Valeria con voz baja—. Ya ni sé qué hacer. Esta niña se queda quieta solo come y respira. Van ideas raras que me vienen a la cabeza.

— ¿Y qué querías, Va? Enseñamos, sufrimos, y ella aprovecha.

Callaron. Valeria, sentada, ocultaba las manos bajo el pantalón, el temblor se notaba.

— ¿Y si va al médico? — preguntó con delicadeza.

— ¿Depresión? — ironizó José—. En mi tiempo se llamaba pereza. Solo hay que cortarle todos los apoyos. Si se le cierra, se volverá a mover. O se ahogará. Lo que sea.

Valeria calló. Ella sabía que la discusión sería larga y agria, como siempre. José quería a Clara, pero también el dolor lo cegaba.

Cuando él se fue al baño, Valeria entró. Clara ya estaba allí, hojeando su móvil.

— No vengo a discutir — inició Valeria, sentándose en una silla—. Solo quiero hablar.

Clara desvió la mirada.

— Tengo miedo, Clara. Me temo que olvides vivir. Dejarás de hablarme, de trabajar, incluso de ti misma. Conserva tu vida, ¡aunque sean colegas ingratos! Antes lo lograste.

— Mamá, no puedo ser como antes. Ya no quiero nada.

— Entonces… ya no le daremos más dinero. Ni para dulces, ni para tu conexión. Nadie.

Clara parpadeó, aunque no cambió su expresión.

— Está bien.

Le parecía todo externalizado, como si mirara desde un teatro. Valeria la observó, decepcionada. A veces solo esperamos cualquier señal.

Con la puerta cerrada, Clara miró hacia el respaldo del sofá, el chal cayó al suelo. En su teléfono, una notificación parpadeó: una foto de sus exconocidos mostrando un saloncillo deportivo. Clara había sido deportista, ahora pesaba más por el chocolate que le daba su madre.

Una semana más tarde, Valeria no entró ni comió con ella. Clara seguía sin reaccionar. A veces salía a limpiar platos, aunque su ropa ya era ajena a su figura.

— Demasiado blando, Va. Demasiado — sugirió José, ya bebido—. Esa forma de enseñar es absurda.

— ¿A dónde más? ¿Vamos a echarla? — protestó Valeria—. No sabemos otra cosa más que cuidarla.

— Entonces haz algo inteligente. Además, a veces el agua es el único camino.

— ¡Métodos bruscos!

— O la perderemos dentro del mullido sofá. Así habla: haberla ya.

Discutieron mucho aquel día. Al otro amanecer, entraron en su habitación. Valeria sostenía las llaves de un piso, José la carpeta de contratos. Clara los miró, esperando otra discursiva conversación. En lugar de eso…

— Te alquilamos un piso por un mes. Tiene cocina, horno, cama. Lo demás, lo sacas tú.

Clara tomó las llaves con un asombro pálido, miró a José. Solo un asentimiento breve.

— Clara, eres adulta. Te queremos, pero no deseamos matarte con nuestra protección. Ahora la vida te pertenece a ti.

Los primeros días alquilaron una atmosfera de nebulosa. Clara dormía, se levantaba, contemplaba los techos como antes. La comida se acabó al tercer día. Fue a la tienda con nervios, como si fueran exámenes, pero el hambre no admite excusas. Compró pasta, pan y un queso barato.

Al regresar, estuvo horas frente al horno, el grito del pensamiento girador. Recordó cómo hacer un café, cómo calentar comida. Lentamente, los recuerdos aparecieron.

Se dio cuenta: los padres no bromean. Tal vez, algún regreso a casa sería posible. El corto camino a la tienda trabajó su mente: encontró ofertas de empleo. En cinco minutos, aceptó una oficina de envíos. Un sueldo pequeño, jornadas largas, pero en un lugar silencioso.

Tuvo que revisar su armario para ropa decente. Peinó el pelo por segunda vez en la semana.

La tomaron sin preguntas. Las primeras sesiones eran un horror: se confundía con las cajas, olvidaba cobrar, sonrojándose cada vez. Pero con cada día, las cosas mejoraron. Clara se movía en ruedas nuevas.

Un día salió sola. Otra semana después ya cocinaba salsas en lugar de sándwiches. Se lavaba el pelo por gusto, no por necesidad. Hasta limpió el piso, que había sido un desastre. Al finalizar el mes, llegó a casa con regalos: chocolates, café y fresas.

— Mamá… Antes estaba furiosa, pero ahora… Gracias. Me sentía en una nube.

Valeria suspiró aliviada.

— Clara, yo también me sentía culpable. Pero ¡no había otra manera! Solo una promesa: ningún hombre пока. Otro fracaso no lo soportaré.

Clara sonrió, sin mucha iluminación.

— Mamá, haré mi vida para mí. Aunque aparezca un hombre.

Esa noche se sentó delante del portátil. Una publicación destacada pedía experiencia que ella no tenía, pero seguía escribiendo respuestas. En otro sitio, más ofertas. No estaba curada del todo, pero el deseo de vivir resurgía, aunque con esfuerzo.

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