Llegó al cincuentenario y sintió que no valía la pena haber venido.
—¡Sofi! ¿Eres tú? — chilló Clara corriendo a abrazarla como si no hubieran vivido treinta años separadas. —¡Qué alegría! Pensaba que no podrías venir. ¡Hace tanto que no nos vemos!
—Ya estoy aquí — respondió con voz cansada mientras dejaba que Clara la abrazara. —¡Feliz cincuentenario, Claire!
—¡Gracias, guapa! Entrad, vamos! Los demás están todos juntos. ¿Te acuerdas de Mario Gutiérrez? Y Lucía, que ha venido desde Sevilla. ¡Ya todos son mayores! — comentó mientras la llevaba a través del recibidor hasta una sala llena de gente.
Sofía se detuvo en el umbral, observando las caras familiares pero distantes. Veinticinco años de distancia eterna. Todos habían engordado, cambiado, amarillado como el café frío. Y ella no era mejor.
—¡Sofi! — gritó uno de los hombres desde el sofá, con una camisa vino tinto. —¡Nuestra princesa ha venido!
—Hola, Mario — saludó con un movimiento de cabeza, reconociendo al excompañero de clase.
—¡Siéntate! — le indicó golpeando el sofá. —¡Háblanos! ¿Y el amor? ¿Alguien en la vida?
Sofía se sentó en el borde del cojín, sintiendo cómo los ojos se clavaban en ella. ¿Por qué demonios siguió con esta historia de la reunión?
—Trabajo en el museo de arte. No estoy casada.
—¿En serio? ¿Y por qué no has encontrado a alguien? — añadió Lucía, con su rostro de princesa siglo XXI. —Tú eras guapísima, Sofi. Todos los chicos estaban locos por ti.
—Bueno… supongo que no escribió en el destino — contestó encogiéndose de hombros.
—¡Vaya tonterías! — intervino Clara sentándose enfrente. —Eras demasiado exigente. Acuérdate de cómo rechazaste a Javier, el chico más guapo de la academia. Y estaba loco por ti, de verdad.
—¿Javier? ¿Y dónde está ahora?
—¡Da igual! — cortó Mario. —Se volvió un alcoholista. La mujer se fue, se llevó a los niños. Vive solo con sus botellas. A nadie le apetece invitarlo a fiestas.
Silencio incómodo. Sofía sintió cómo se le encogía el corazón. Javier… Sí, ella le había dicho que no. Con crueldad. Y a veces las decisiones de juventud marcan el destino.
—¿Te acuerdas de la fiesta del día del estudiante? — intentó cambiar Clara. —¡Tú y Ángel Ibáñez bailasteis toda la noche! Lástima que no funcionara.
—Ángel tiene un imperio en Madrid ahora. Muy casado, con hijos en colegios privados. Lo leí en Instagram — contó Lucía con voz melancólica.
—Bueno por él — murmuró Sofía.
—Y algo te dolió… — insistió Lucía. —Era tu primer amor.
—Yo no siento nada — respondió tajante. —No era amor. Era atracción. Y yo tenía planes en la vida.
—¡Vamos! — se burló Mario. —¡Yo también vi cómo se miraban con chispas!
Sofía apretó los labios. No la entendían. De hecho, ¿qué entendían? Ella había sido orgullosa, ambiciosa. Rechazó a Ángel, que le confesó sus sentimientos, porque no quería fijarse en “el primer tonto que pasara”. Ahora, veinticinco años después, no le quedaba ni el orgullo ni las ambiciones. Solo rutinas grises y preguntas sin respuesta.
—¿Y qué fue de Elena Vázquez? — preguntó al fin para cambiar de tema.
—Elena… — meditó Clara. —Falleció hace diez años. Cáncer.
—¿En serio? — murmuró Sofía.
—Nunca se imaginaste por dónde viraba la vida — añadió Lucía melancólica. —Era la gracia de la clase.
—Y Pedro, el físico. ¿Y cómo está?
—¡Profesor universitario! — exclamó Clara. —Pero con una esposa que le arruina la vida. No deja ver a sus hijos.
Mario resopló. —Era muy tranquilo en los estudios.
Sofía ya no escuchaba. La conversación se hacía monótona. ¿Por qué la gonorrea humana no se ahoga alguna vez en pláticas de trivialidades?
—¿Te acuerdas de tus trabajos de literatura, Sofi? — de repente, Clara se dirigió a ella. —La Celestina nos adoraba. Decía que serías escritora.
—Sí… —
—¿Y no has escrito nada? — preguntó Lucía.
—No.
—¡Pero tenías talento! — insistió Clara. —Recuerdo cuando leías tus poemas en las noches estudiantiles. Era mágico.
—La vida tomó otro rumbo — fue la respuesta monótona.
Sofía no iba a contarles cómo se matriculó en Pedagogía, soñando con enseñar literatura. Cómo se enamoró del profesor mayor, casado, y abandonó la carrera. Cómo pasó años comiendo polvos de tristeza y terminó encerrándose en el mundo estrecho de los libros en el museo.
—Basta de lamentos, bonitas — sonrió Mario levantando una copa. —¡Brindemos por la anfitriona!
—¡Por Clara! — corearon los demás.
Sofía cogió el vino, aunque el sabor ni le llegó al paladar. Quantas ganas tenía de salir, de escapar a su piso en el barrio viejo donde no había juzgadores, preguntas, y cenizas de oportunidades pasadas.
—Tirad fotos, ¿no? — propuso Clara. —No digáis que no.
—¡Gracias, tengo una cámara moderna! — exclamó Lucía.
Las chicas se amontonaron para el grupo. Sofía se resistía, pero Clara la empujó al centro. —¡Tienes que estar en medio! Como antes.
—No hace falta…
—¡Sí! — insistió Clara riendo. —¡Eras la reina!
Sofía sonrió irónicamente. ¿Reina? Ahora era una Bibliotecaria con sudadera desteñida y tacones rotos.
—¡Hecho! — anunció Lucía. —Os las compartiré.
—Así que… ¿de verdad tienes a alguien? — se inclinó Clara en el sofá.
—No.
—Ayyyy… ¡No puede ser! ¿En veinticinco años ni un fulanito?
Sofía tragó saliva. Había tenido relaciones. Pero las rechazó a todas por caprichos absurdos: “no es guapo bastante”, “no tiene un título de prestigio”, “su risa es chillona”. Y cuando se dio cuenta de que los ideales no existen, ya era demasiado tarde. El miedo la paralizaba.
—No… no existen — murmuró.
—¿Y te arrepientes? — preguntó Clara con un halo maternal.
—A veces…
—¡Como con Víctor Sánchez! — recordó. —Escribíasle poemas, le mandabas flores.
—Sí… —
—¿Y lo rechazaste también?
—Sí.
—¡Hubiera sido una buena elección! Ahora es feliz con su mujer y sus hijos.
—Sí… —
—Claire, ¿puedo irme? Siento que me doy un calorcillo.
—¿Cómo? ¡Ni siquiera has probado el pastel! Es el pastel que soñábamos en la academia. El que todas queríamos para nuestros cincuentenarios.
Sofía recordó. Las niñas soñaban con pasteles gigantes, con príncipes y viajes. Ahora todo era real… pero insípido.
—Bueno, me probaré.
Clara corrió a traer un pastel de chocolate inmenso. Todos se agruparon.
—¡Haz un deseo! — gritó Mario.
Clara cerró los ojos, sopló las velas y everyone aplaudió.
—¡Espera que corte! — pidió Lucía.
Sofía probó el pastel. Era dulce, exagerado. Nada como las recuerdas de una vez.
—¿Sabes lo que deseé? — susurró Clara. —Que seas feliz. Que encuentres a alguien que te quiera tal cual eres.
—Gracias… — murmuró Sofía con un nudo en la garganta.
—No es tarde, guapa — insistió Clara con voz cálida. —Eres inteligente y bonita. Solo tienes que ser más accesible.
—Sí… —
Sofía terminó el pastel y se despidió. Su cuerpo ya no aguantaba más. Caminó por las calles desiertas de Madrid, sintiendo la blanda cuesta de la vida. ¿Para qué había ido? Solo se había golpeado con recuerdos amargos y posibilidades que ya no eran.
Al llegar a casa, cogió un libro de Cervantes y hojeó al azar:
*”Vivimos solo una vez, pero si la vivimos bien, una vez es suficiente…”*
Cerró el libro con lágrimas en los ojos. Lloraba por su vida truncada, por amores rechazados, por la soberbia que la condenó a la soledad. Porque ahora, en las tinieblas de su cuarto, se dio cuenta de que su vida había sido solo un espejo de los otros, y nunca la suya.
Mientras, en otro piso, una Clara dormía plácidamente, rodeada de su familia. Sus sueños eran dulces, porque vivía las promesas que ella misma construyó. Mientras que Sofía, con la mirada perdida en el techo, supo que había vivido solo para recordar, y no para vivir.






