Has llegado con todo listo y ya vas reclamando tus derechos murmuró la suegra, entrecerrando los ojos. No quiero que discutamos, hija. Tú misma te lo has buscado. Vive tranquila en el piso; nadie te echará de aquí. Y deja de asediar a mi hijo. Si hace falta, puedo separarlos. ¿A dónde irías tú con el niño? Vamos a intentar llevarnos bien, ¿de acuerdo, Carmen?
***
Carmen estaba sentada en su escritorio, concentrada frente al monitor. De pronto, sobre la mesa apareció un ramo de rosas recién cortadas. Al alzar la vista, vio a Leandro, el nuevo compañero del departamento, sonriéndole tímidamente.
Para ti, Carmen dijo Leandro, sonrojándose ligeramente.
Gracias, pero no hacía falta respondió ella, intentando mantener un tono neutral.
Leandro empezó a hacerle pequeños gestos: le traía café, le lanzaba cumplidos. Carmen los hacía pasar por alto, como si no notara sus atenciones. No le gustaba mucho; le parecía un tipo más bien tímido y poco llamativo.
Una hora de la comida, se acercó a ella la colega Marina.
Carmen, ¿por qué le haces caso a Leandro? El chico parece decente.
Marina, no es mi tipo. Es demasiado tranquilo.
Pero fiable. Hoy en día no se encuentran muchos así. Además, tiene su propio piso. No es fácil a su edad presumir de eso.
Un piso, dices reflexionó Carmen.
El asunto del piso siempre había sido importante para ella. Tener una vivienda y saber ganarse la vida eran criterios decisivos al buscar pareja.
Esa misma tarde, Carmen se quedó trabajando hasta terminar un informe crucial. Cuando estaba a punto de irse, Leandro se le acercó.
Carmen, ¿te acompañó a la parada? propuso.
Gracias, pero voy en taxi.
Pues al menos hasta el taxi, ¿no? insistió.
En el camino, Leandro habló de sus aficiones, su trabajo y sus planes. De repente, le invitó a cenar. Carmen vaciló, pero aceptó, pensando que era una buena ocasión para observarlo mejor, sobre todo tras los comentarios de Marina sobre su piso.
***
La primera cita tuvo lugar en una cafetería de la Plaza Mayor. Leandro resultó un interlocutor agradable y una compañía interesante.
¿Dónde vives? preguntó Carmen, sin revelar demasiado su curiosidad.
En mi propio piso contestó Leandro con orgullo mis padres me ayudaron a comprarlo cuando terminé la universidad.
¡Qué bien! exclamó ella sinceramente.
Tras varios encuentros, Carmen empezó a notar en Leandro cualidades que antes le habían pasado desapercibidas: era atento, responsable, estable, sabía escuchar y apoyar, y mostraba una honradez que agradó también a sus padres y amigos.
Una noche, Carmen le preguntó sobre sus sueños.
Leandro, ¿qué anhelas? indagó.
Sueño con una familia y con hijos respondió quiero una casa, cálida y acogedora.
La casa suena bien, pero primero hace falta un piso comentó Carmen.
No tendremos problemas con el piso, ya está sonrió él así que podemos ir pensando en la casa
Un año más tarde se casaron. La boda fue sencilla pero llena de emociones. Tras la ceremonia, se mudaron al piso de Leandro. Carmen no dejaba de sentir gratitud; había contraído matrimonio con un buen hombre y habían conseguido su propio hogar.
Dos años después nació su hijo. Carmen estaba radiante. Leandro se mostró un padre ejemplar, cariñoso y entregado. Vivían en armonía y ella jamás se arrepintió de su elección.
Una tarde, mientras acostaban al niño, Carmen habló de un segundo hijo, pues siempre había deseado tener dos.
Leandro, creo que ha llegado el momento de agrandar la familia dijo con desenfado.
¿Otro? se sorprendió él pero ¿por qué? El pequeño aún es muy pequeño.
Quiero una niña confesó Carmen y además tenemos los recursos: dinero, piso ¿por qué no? Venderíamos este piso y compraríamos uno más grande
El dinero sí, pero el tema del piso empezó Leandro.
¿Qué pasa con el piso? preguntó ella, perpleja.
Verás No es del todo mío murmuró, bajando la cabeza está a nombre de mi padre.
Carmen quedó paralizada.
¿Cómo que no es tuyo? ¡Dijiste que tus padres te ayudaron a comprarlo! replicó.
Sí, ayudaron, pero la escritura está a nombre de mi padre contestó él, con voz apagada querían que fuera mi casa y que no la perdiera en caso de separación
Carmen sintió que las piernas le flaqueaban. Se sentó en la cama, intentando asimilar la revelación.
¿Me has mentido todo este tiempo? ¿Por qué? le dificultaba contener las lágrimas.
No mentí, sólo omití detalles. Mis padres me pidieron que no lo dijera porque temían que solo te casaras por el piso. Ahora sé que tú me amabas de verdad, no por la vivienda.
¿Y ahora qué? preguntó Carmen, con los ojos hinchados ¿qué hacemos, Leandro?
Continuaremos como siempre. Nos tenemos, tenemos a nuestro hijo. Mis padres no querrán quitarnos el piso; nunca lo harán. Viviremos como hasta ahora.
¿Y si algún día lo necesitan? replicó ella ¿o lo regalan a tu hermana? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
No lo harán, te lo aseguro respondió él, tratando de abrazarla todo se resolverá.
No, Leandro, nada será como antes. Me has ocultado la verdad. ¡Me has mentido!
Esa noche terminó en discusión. Carmen no dejó entrar a Leandro a la habitación; él pasó la noche en el salón.
***
Los tres días siguientes transcurrieron en silencio. Leandro seguía trabajando, Carmen le preparaba la comida y planchaba sus camisas, pero sin pronunciar una palabra. Él intentó varias veces romper el hielo, pero ella lo ignoraba, como si no existiera. Cuando intentaba acercarse al niño, Carmen lo tomaba en brazos y lo llevaba a otra estancia. Ella soñaba con que, algún día, Leandro le anunciara que sus padres habían traspasado la escritura a su nombre; entonces venderían el piso de dos habitaciones, comprarían uno de tres o, mejor aún, una casa en las afueras de la ciudad.
Sin embargo, Leandro no traía buenas noticias. La suegra, Alba, al enterarse del conflicto, se presentó en la casa cuando Leandro no estaba.
¿Qué ocurre aquí? preguntó Alba, con voz severa su hijo parece estar perturbado, algo le inquieta. Cuéntame, Carmen, ¿qué ha pasado?
No pasa nada, Alba contestó Carmen, intentando mantener la calma todo está bien. No sé por qué Leandro se muestra tan moroso.
No me engañas replicó Alba, con una sonrisa irónica dime, ¿por qué te aferras a un piso que no es tuyo? Vivís tranquilos; nadie os va a echar. ¿Qué te preocupa? ¿Por qué le das vueltas a mi hijo con ese asunto?
Carmen apretó los puños y, con la mayor serenidad posible, respondió:
No pretendo apoderarme de vuestro piso, Alba. Es simplemente que Leandro me dice que el piso le pertenece, cuando en realidad es propiedad de vuestro marido. Me inquieta mi futuro. Si surge algún problema, no podremos hacer nada con esa vivienda. Yo quisiera un segundo hijo, y en una vivienda de dos habitaciones es imposible. Necesitamos una de tres. Tenemos ahorros, pero no bastan para comprar otra. Si vendemos el piso actual, quizás podamos reunir lo suficiente. No me gusta la idea de tener que suplicar permiso para vender. Somos familia, tenemos un hijo, por eso creemos que debemos decidir nuestro lugar de residencia.
Así es, querida, yo protegí a mi hijo de hombres como tú espetó Alba ¿Crees que soy tan ingenua como Leandro? Te veo a través de tu ambición. ¿Acaso te casaste por amor o por el piso? Jamás lo creeré. Ese piso no se venderá, pase lo que pase. Seguirá siendo propiedad de mi marido. ¿Qué esperas? ¿Venderlo, comprar otro y divorciarte para quedarte con la mitad? No será posible. Ahorra, invierte y compra lo que necesites, pero aporta también al presupuesto familiar. Sólo así tendrás voz en cómo se gasta el dinero. No quiero más discusiones, y si te rebelas, haré que mi hijo se divorcie. Confía en que tengo los medios para obligarlo.
Al terminar, Alba se marchó. Carmen suspiró profundamente y se encaminó a preparar la cena. Tendría que resignarse a la situación. Su marido ganaba bien, y el piso, aunque no pudiera venderse, seguiría allí. Con esfuerzo y ahorro, tal vez algún día pudieran permitirse una vivienda más amplia. Así, mientras la vida continuaba, Carmen guardaba la esperanza de que, con paciencia, la casa de sus sueños algún día sería una realidad.






