¡Ay, cariño! Casi termino con mis obligaciones matutinas, apenas había paseado a Alborada, el labrador que tengo. Pero, ¡hostia!, se puso a gruñir fiero cuando el cartero intentó meter un papelito en la caja de correos, que estaba a rebosar de propaganda. El pobre del correto casi se cagó en los zuecos al ver a esta perrilla así, como celosa de su cuartito. Me tiró un sobre colorido a las manos y desapareció en tres pedalazos, ¡más rápido que un cohete de pirotecnia!
Elena, mi todo terreno, me miró el sobre con cara de suspicacia. Hace años ya no llegaban cartas suave. Antes era otra vida, ¿sí? Recuerdo, de niña, meterme a escondidas a revisar la caja a ver si venían notas de mis amigas, primos, mis tíos que vivían en Málaga, llenas de historias, fotos, todos esos secretos que hoy ya nadie pone en papel.
De joven, hasta luchamos con la burocracia para salir del país. Un mal rollo tremendo, pensamos que no iba a salir. Y los años después, en Nueva York, colas interminables en la oficina del consulado, con cara de patata, esperando que nos confirmaran los titulitos para trabajar. ¡Ay, cómo ha cambiado todo! Ahora, el buzón solo es para recibiduras de facturas, impuestos, multas de la basura… y esas cartas de “oferta exclusiva”, que hasta el perro las rechaza en la nariz.
Abro el sobre, y dentro un papelito atigrado de lunares. ¡Una invitación a la primera comunión de mi ahijada en Málaga! Hace cuánto que no me ven, ¿no crees? Recuerdo, casi con lágrimas, cuando la vi por última vez en Cádiz, una mocita de veinte añitos. A todos les daba miedo que se quedara soltera porque era una preciosidad… ¡Pero no! Aunque ya conoció a mi hermano menor en una boda, de cuando yo me gradué en la universidad.
¿Ves? Tuve una comunión de provincia, no entenderías. La novia cambió tres vestidos, y los regalos eran más lujosos que un cajón de tesoros.
Pero ya han pasado casi cuarenta años. ¡La niña ya casi es un adulto, y yo, casi una vieja patriarca! En mis pensamientos sigue como esa muchacha alta y con ojos como almendras.
Cuando era más joven, íbamos mucho con la familia. Mis abuelos eran de Alboraya, un pueblojal de valencianos y andaluces. Toda mi familia era así: los tíos, el tío adicto a las greñeras, la prima que vivía de los sueños y se casó con un gitano de Cádiz… Era una algarabía.
Mis tíos, los tíos de Valencia, venían a Madrid a por comida, para ir al teatro real, a ver la Puerta del Sol. En mi casa, siempre había un ser de la familia: tíos de Cádiz, hermanas de Albacete, primos de Albacete… Maldita era la vez que no había alguien tirando del sofa, de lo contrario, se mataban de aburrimiento.
Había la prima Analía, que era como una escritora en产业化, se casó con un ingeniero y ahora vive en Alemania. La más pequeña de mis tías, Dolores, la que siempre lloraba por enamorados que le hacían la pataleta, y mi tío Paco, el de las manos calientes, que siempre arreglaba cosas en casa. Y ahí, entre cocina y el sofá, estaban mis abuelos, mis tíos, y hasta mis sobrinos.
Había un primo, por ejemplo. Tuvimos un lío de ciñismo: era hijo de una hermana media hermana de mi madre que llegó una mañana con su marido y un hijo que acababa de dejar el ejército. Me pilló con la guardia baja, porque no sabía que existía. Mi madre casi se lo traga, ya sabes, gritando: “¡Es casi un incesto!”, con esa cara de miedo. Yo, desde luego, le contesté: “Pero en España es normal, ¿o no?” Y claro, le sacó el tema a otro cantar.
Después de mudarme a Nueva York, sobre todo tras la muerte de mis abuelos, todo se fue diluyendo. Solo quedamos las cartas por WhatsApp, los correos navideños. La última prueba de ADN me descubrió a untos primos que ni sabía que existían. Primero me emocioné: ¿y si encuentro algún viejo tío rico que me deje un rancho en Marbella? Pero, vamos, ¡si con lo que tengo ya es suficiente!
Aquí, con este papelito de Málaga… Vale, llega lejos, es cara un viaje. Y allí, en verano, hace un calor de león. ¿De qué coño nos vamos a hablar? ¡Somos extranjeros el uno para el otro!
Mañana llamaré a don Ignacio, el abuelo patrero, y le diré que ya he sido invitada, pero que no es necesario que venga. Les compraré un regalo algo bonito y así, contentitos. Ya ves, mejor evitar enfrentarse con el pasado, sobre todo si ha tomado otro camino…
Y no le diré nada a mi marido, Luis, porque se emocionaría. Ahora, a casa, a dejar de pensar en tantas historias.







