El romance ferroviario
Nos cruzamos la mirada al instante.
¿Hay sitio libre?
¡Claro! ¿Le ayudo con la maleta?
Gracias ¡Qué bochorno!
¿Abro la ventanilla?
Sí, si puede.
El traqueteo de los vagones anunció la caída de la noche sobre la vía.
Yo me llamo Catalina.
Yo soy Andrés.
Y empezó la charla, una conversación de carretera entre dos desconocidos, dos jóvenes. Ella tenía veintidós años, él veinticinco. La charla se alargó una hora, luego otra, y otra más No era el parloteo de dos copas ni de compañeros de trabajo, sino el diálogo de un hombre y una mujer que, hacía apenas tres horas, ignoraban la existencia del otro.
¿De qué hablábamos? De nada y, al mismo tiempo, de todo. Como siempre ocurre en los trenes, empezamos por el tiempo, seguíamos con los precios, con la curiosidad de saber cómo iban las cosas. Después, inevitablemente, surgió la vida. Así se desenvolvió esta pareja de viajeros.
Andrés fue el primero en abrirse: contó su infancia, a sus padres, su oficio de músico de la Orquesta Nacional, percusionista en el conjunto de cuerdas. Sacó del bolsillo un viejo catálogo de fotos de la Aves Azules, Gemas del Alba y Jóvenes Alegres. Entre esas imágenes aparecía él, bajo las luces del escenario.
¡Vaya! Qué interesante exclamó Catalina.
¿Y usted, Catalina? preguntó él.
Yo trabajo en el Comité Central de la Juventud Socialista. respondió ella, sorprendente, como si la gran Madrid fuera su oficina. No llevo fotos conmigo; acabo de regresar a mi tierra natal para visitar a mis abuelos. Llevo mucho tiempo sin estar en la capital.
Cuénteme, ¿a dónde vamos? insistió Andrés.
Andrés siguió relatando cómo había ingresado al conjunto. La charla nocturna continuó, cara a cara, mirándose a los ojos.
Al amanecer, Andrés dejó a su nueva amiga en una parada desierta, saludó con la mano y desapareció en la niebla del recuerdo. Nunca más pudo conversar con otra mujer sin evocar a esa Catalina, la compañera de viaje nocturna. Ninguna mujer volvió a tocar su corazón. Llamó a varias que le recordaban su silueta, se disculpó sonrojado como un muchacho, y escribió incontables cartas que jamás se enviaron. ¿A dónde enviarlas? ¿A Madrid? ¿Al Comité? No había pedido ni su apellido ni su dirección; ¡qué torpeza!
Resultó cómico: en cada concierto, sentado detrás de su batería, miraba el público a través de la luz de los focos, imaginando que ella estaba entre la audiencia. Dibujó su retrato de memoria como un niño y lo pegó sobre la cabecera de su cama en cada hotel. Todas las mujeres del mundo dejaron de existir para él, salvo una: la única Catalina.
La vida siguió su curso, como un tren que no se detiene. La transición, el golpe de la crisis, los bonos de austeridad, la caída del régimen y la disolución del partido. Ya no había comités ni politburós. Los músicos, bajo cualquier gobierno, siguieron tocando, bailando, viviendo en la carretera.
Durante otra gira, Andrés entró en el vagón restaurante del tren y sí, querido lector, así fue. Sentada en una de las mesas estaba la misma Catalina, la que había poblado sus sueños durante años. Andrés la vio sola, sin acompañantes masculinos a la vista, y quedó paralizado en la puerta. Catalina levantó la mirada.
Así, Andrés exhaló él, encendiendo otro cigarrillo, sirviendo el resto de la cerveza en vasos, tomando un sorbo y continuando. Fue en aquel vagón restaurante donde comprendí la expresión como martillo en la cabeza. Sentía el ruido retumbando, colores girando, las piernas temblaban, como si fuera a caer al suelo. Entonces Catalina Catalina se levantó de su silla, se acercó y apoyó su cabeza sobre mi pecho, y como en esa película que recuerdas susurró: «¡Cuánto tiempo te he buscado!». Esa es la historia, Andrés. La llevé conmigo a la sierra, y descubrí que ella también había vagado por las calles de la península, observando a los hombres, asistiendo a casi todos los conciertos, escudriñando a los bateristas. Igual que yo, anhelaba el día en que y ese día llegó. Me quedé sin cigarrillos en el tren, fui a buscarlos al vagón restaurante y lo demás lo sabes.
Ya lo sabía porque mi viejo compañero de instituto, Andrés, me lo contó el segundo día de su boda con Catalina. Estábamos en la cocina, la cena había terminado, Catalina descansaba en su habitación. Nos habíamos cruzado en una gira, pocas semanas antes del enlace, y yo fui invitado a la boda entre los muchos invitados.
Así fue su romance ferroviario, y según cuentan, todavía siguen viviendo. Hoy, cuando tocan juntos en las plazas del interior, él a la batería y ella con su voz clara de antaño, los niños preguntan si son actores de cine. Y ellos se miran, sonríen, y sin decir palabra, saben que su historia comenzó donde terminan los rieles: en el silencio de un abrazo que el tiempo no pudo borrar.






