Silencio en el gran festejo

Los brazos le dolían de tanto cargar las bolsas del supermercado y tuvo que soltar una para ajustar la otra a su hombro. Le quedaba poco camino hasta casa, pero el frío en la espalda le era insoportable. Elena se detuvo un momento, colocó las bolsas sobre la nieve y sacó el teléfono. Su marido no había regresado a llamarla. Por supuesto, ¿para qué? A Pablo le interesaban otras cosas. Elena reprimió un suspiro, cogió las bolsas y reanudó el camino hacia el portal.

—¡Elenita! —la llamó su vecina del primer piso, una mujer robusta con bata de felpa que fumaba un cigarro en la entrada del edificio—. ¿Cómo anda tu madre? Se supone que hoy cumple noventa, ¿no?

—Noventa y cinco ya pasó —la corrigió Elena, sentida por el peso de sus piernas cansadas—. ¿Y cómo estás tú, Encarna?

—Nada, ya viejas nos vamos. ¿Vas a celebrar su cumpleaños?

—Sí, en sábado. Solo quería comer algo con la familia.

—A ver si nos vemos allí. Le llevaré una cocada a tu madre.

Elena asintió sin decir más y entró de nuevo al portal. Tenía cosas más urgentes que conversar.

A su llegada encontró la casa con el aroma a polvo y a silencio. El recibidor parecía un túnel oscuro, evitando cualquier sonido o luz que podría molestar el descanso. Se dirigió a la cocina, vació las bolsas con lentitud y se sentó en una silla. La cabeza le daba vueltas. Había salido a las seis de la mañana, había trabajado el resto del día; había visitado a su madre para ayudarla con la cena y la limpieza; depois había ido al mercado, comprando todo para el festejo. Y ahora, finalmente en casa, solo deseaba sumergirse en la cama.

Se escuchó un ruido en la puerta, y unos pasos firmes sonaron en el recibidor.

—Elena, ¿estás en casa? —habló Pablo con voz cansada, como casi siempre últimamente.

—Sí, en la cocina.

Él entró y se sentó junto a ella. Su pelo canoso estaba desordenable, la corbata suelta, y en sus ojos se veía el agotamiento.

—Te hice una llamada, no me contestaste —comentó.

—No me sonó. —Elena revisó el teléfono—. Oh, lo设置了 en mute y me olvidé.

—Nada de importancia. Solo quería decirte que llegaré tarde.

—¿Otra vez? ¿Por el trabajo?

—Un contrato nuevo, siempre lo mismo. Demasiados papeles y abogados paranoicos. —Pablo se quitó la corbata por completo—. ¿Me haces un café?

—Claro.

Elena prendió la cafetera exprés, echó el café y sirvió las tazas. Últimamente apenas se dirigían palabras, solo algunos gritos sobre quejas triviales. No podía recordar cuando fue la última vez que tuvieron una conversación real.

—Mañana debo salir temprano. A ayudar a mamá con la limpieza —explicó Elena—. Vendrán parientes de toda la región.

—Puedo llevarte —ofreció Pablo.

Elena lo miró sorprendida.

—¿En serio?

—Sí. A las nueve estaré en la puerta. Y por la noche te recojo, si lo necesitas.

—Gracias, cariño. Así será mejor.

Se quedaron en silencio. Ese silencio pesaba como agua, como una carga invisible.

La casa de su madre olió a vainilla y canela al entrar. Encarnación estaba en la cocina, trabajando sobre una bandeja de pasteles.

—¡Mamá! —exclamó Elena—, ya te dije que yo lo haría. No necesitabas cocinar todo esto.

—Bueno, mis recetas funcionan, y tus manos no llegan tan alto como antes. Debes limpiar las salas.

Elena asintió mientras quitaba el abrigo. Su madre siempre había sido así, activa hasta el último momento, a pesar de sus artrosis y edad. Encarnación había sobrevivido a la guerra siendo niña, al reconstruír el país después, y al divorcio de su padre. Nunca había quejado abiertamente.

—¿Tu hermana llamó? —preguntó Elena, mientras colocaba toallas sobre las mesas.

—Sí, vendrán mañana a la noche con sus hijos y su marido.

—¿Les dejaste dormir aquí? —Elena calculó espacio—. Tienes tres habitaciones, pero no son muy grandes.

—Hice una cama en la sala para ellos.

—María vendrá el viernes, la recojo en la estación. Ella está en Burgos —aclaró Elena.

—Muy bien. —Encarnación se secó las manos en el delantal—. Elena, ¿con Pablo todo bien?

La pregunta pilló a Elena desprevenida. Se quedó quieta con la toalla en la mano.

—Nos va bien, mamá. Aunque ambos estamos cansados.

—Hmm. Tu tono ha estado triste últimamente.

—Imaginaciones tuyas, mamá. No hay problemas.

—Pero si tuviera, dime, Elena. Yo no entro en tus asuntos, pero a veces un consejo maternal ayuda.

—No, todo está bien.

Encarnación se encogió de hombros y regresó a la cocina. Elena sintió un pinchazo de culpa. ¿Cuándo fue la última vez que le habló de sus problemas a su madre? Porque quizás no hablaba, quizás no quería incluso reconocerlos.

—Pensaba en ti, como estabas en mi juventud —dijo su madre de repente—. Yo también callaba hasta el final, pensando que todo se aclararía. Pero no. Mi divorcio con tu padre fue igual, nadie habló.

—No es el mismo caso, mamá. —Elena defendió con cuidado.

—Claro que no, pero lo compartido es el silencio, hasta que todo se pudre.

Elena no respondió. Que respondería si su madre, en el fondo, tenía razón.

El día había sido largo, entre preparativos y ordenar. Para la noche, todo estaba listo: la casa brillaba y la cocina olía a festejo. Encarnación se sentó en su sillón favorito.

—Mamá, ¿además de los parientes, quién más invististe?

—Como siempre. Esther y su marido, los vecinos del quinto piso, Zaida, la amiga de la residencia de ancianos.

—¿Y Dolorita la invitaste?

Encarnación frunció el ceño.

—No. Ni lo pienso.

—¿Por qué? Uds. siempre fueron amigas.

—Fueron. De otro tiempo, Elena.

—A ver, ¿qué pasó?

—No es asunto tuyo —contestó fría, mirando por la ventana.

Elena sabía no insistir. Su madre siempre guardaba sus heridas y resentimientos como si fueran secretos. Ella misma lo hacía.

El viernes, la casa de Encarnación se llenó de movimiento. Las hermanas y sus hijos ayudaron a organizar el espacio; el jardín delantero simbolizaba a una colmena agitada. Pablo llegó con un ramo de gardenias blancas, las flores favoritas de su suegra.

—Encarnación, cada año que pasa, más hermosa —dijo él, besando su mano.

—Qué bobado, Pablo. —Su madre lo rechazó, pero su sonrisa delataba el placer.

La fiesta comenzó al mediodía. Voces, anécdotas, y camaradería llenaron el lugar. Elena observaba desde un rincón, viendo a su madre que se iluminaba con el prestigio. Sus mejillas estaban rosadas, sus ojos brillaban.

—¿Todo bien? —le preguntó Pablo.

—Sí. Un poco cansada.

—Te ves guapa —le dijo, y Elena se sorprendió, pensando cuándo fue su último cumplido.

—Gracias. —Se ajustó el pelo, tímidamente.

Tocó el timbre. Elena abrió y se encontró con una anciana de bastón y una bolsa.

—¿Elena?

—¿Dolorita? —reconoció a la vecina, extrañada.

—Vine a saludar a Encarnación. Permíteme entrar.

La sala se quedó en silencio al entrar Dolorita. Encarnación se detuvo con una copa en la mano, mirándola sin expresión.

—Felicidades, Encarnación —dijo Dolorita al acercarse, ofreciendo su regalo—. Le traje una receta de arándanos negros. Siempre las amó.

—Gracias —respondió secamente, recibiendo el paquete.

—Siéntese, Dolorita —invitó Elena, poniendo una silla—. Tome algo.

La cena continuó, pero las miradas entre Encarnación y su antigua amiga eran frías. Elena observaba con desasosiego.

—¿Qué sucede con ellas? —le preguntó Pablo.

—No lo sé. Mamá siempre fue fría con su rencor.

Durante la noche, varios brindis y sonrisas se intercambiaron, pero entre la anfitriona y su amiga, había un silencio casi tangible.

—Mamá —le llamó Elena, finalmente—, ¿por qué no haces más? Es tu cumpleaños.

—Estoy bien —respondió, cortante.

—¿Es por Dolorita? ¿Por qué no se hablan?

—No ahora —respondió escuetamente.

Dolorita no se quedó mucho tiempo. Casi una hora después, se despidió con una reverencia:

—Felicidades de nuevo, Encarnación. Gracias por su hospitalidad.

—Gracias a usted —fue todo lo que recibió.

Elena se ofreció a acompañarla. Mientras la ayudaba a abrigarse, preguntó:

—¿Qué pasó entre ustedes?

Dolorita suspiró.

—No deberías preguntr, niña. A veces, hay heridas que ya están cicatrizadas. Pero te diré esta: no hay tanto tiempo para callar. A veces, uno pierde a su mejor amigo solo por orgullo. Le dije a Encarnación lo que pasó con tu padre. Que fue injusto que se separaran sin hablar, que su orgullo destruyó algo que podría haber durado. Ella me odia por eso. Pero, ¿sabes? A veces, el orgullo es nuestro pesado hermoso.

—¿Y por qué vino hoy?

—Porque no quedan días. No me queda tiempo para más enojos. La amo con el corazón, pero también me amargó con el orgullo.

Elena la acompañó hasta la puerta y permaneció ahí, indecisa si regresar.

Al final, volvió y se uni a la celebración. Pablo hablaba con su cuñado; la familia cantaba con guitarra. Encarnación, en la sala, seguía callada.

Después del cumpleaños, Elena y Pablo regresaron tarde a casa. El coche traía un silencio tenue. Elena miraba por la ventana, recordando las palabras de Dolorita.

—Pablo —dijo finalmente—, necesitamos hablar.

—¿De qué? —Él no se giró.

—De nosotros. De lo que pasa.

—¿Y qué pasa?

—Nada. Eso es el problema. No hablamos. Vivimos como extraños.

Él se detuvo en el arcén y apagó el motor.

—Tienes razón. Nos alejamos. No sé cómo arreglarlo.

—Hablemos. Como antes. Recuerdas que solíamos hablar horas sobre todo.

—Sí. Eso me falta.

—Yo también. Pensé que ya no te interesaba, que te aburría.

—Yo también. Pensé que no me querías.

Se rieron, alivio apareciendo como una cálida luz.

—Eres un idiota —dijo Elena, con lágrimas.

—Y tú también. Vamos a cambiar. Prometido.

Elena asintió. Se tomaron las manos.

A la mañana siguiente, Elena recibió una llamada de su madre.

—¿Puedes venir, preciosa?

—Claro. ¿Qué te pasó?

—No es nada. Quiero hablar.

Encarnación estaba en casa, con un té recién preparado.

—¿Todo bien, mamá?

—Sí. Pensé toda la noche. Dolorita tenía razón. Fui muy orgullosa. Y tú también.

—Lo sé. Ayer, Pablo y yo lo hablamos.

—Entonces, ¿has encontrado paz?

—Sí. Decidimos no dejar que el silencio destraya lo que importa.

—Eso me dijo Dolorita cuando nos peleamos. Fue algo estúpido. Pensé que tenía razón, y eso me hizo odiarla. Justo porque la amaba.

—No fui mejor, mamá.

—Tú y yo, Elena, somos como una cadena. El silencio la rompió. Ayer decidí llamarla. Para reconciliarme. Y a tu padre también, aunque no seamos marido y mujer. Solo por cumplir con la vida.

—Eres valiente, mamá.

Encarnación sacó un sobre.

—Esto es para ti y Pablo, por vuestro aniversario plata. Cinco años, pero no se sabe qué traerá. Aprovechad.

—Mamá, no…

—Yo sí. Un viaje, una noche lejos. No temas a lo que no sabéis.

Se quedaron hasta tarde hablando, compartiendo vueltos, secretos, y promesas.

—Cuida de tu vida, Elena —dijo al despedirse—. No dejes que el miedo al conflicto se aproveche.

—Haré, mamá. Tú también.

Al regresar, Elena se sintió con el alma ligera. Sería un viaje, un viaje de diálogo. Uno que no sería ruboroso, ni incómodo, como ya no más.

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three × one =

Silencio en el gran festejo
Al entrar en el piso, Olga se detuvo. Junto a la puerta, ordenados junto a sus zapatos y los de Iván, había unos tacones de mujer. Los reconoció al instante: eran los zapatos caros y de tacón alto de la hermana de Iván. ¿Qué hacía allí? Olga no recordaba que Iván le hubiese avisado de la visita de su hermana. — Olga, ¿tu marido otra vez de viaje? — La alcanzó su compañero Pablo cuando ella iba hacia la parada del autobús. — Si quieres nos sentamos en una cafetería y tomamos tu cacao favorito. Charlamos un rato, que siempre vas corriendo: hola y adiós. — Lo siento, Pablo, hoy no puedo. Iván prometió que llegaría pronto a casa, queríamos mirar cocinas, que aún no hemos terminado nada desde la reforma. Y por cierto, hace mucho que no se va de viaje. — ¿Y siempre llega puntual? — preguntó Pablo con una ironía apenas disimulada. — No siempre — sonrió Olga, negando con la cabeza —. Nos hace mucha falta el dinero, así que Iván se queda más horas en la oficina. Cuando acabemos de instalar el piso por completo seguro que podrá estar más veces en casa. — Entiendo — sonrió Pablo, deseándole buena tarde antes de tomar otro camino. Por suerte Olga llegó rápido al autobús; normalmente toca esperar mucho, pero hoy, que salió antes del trabajo, lo pilló enseguida. Se sentó junto a la ventana y se quedó pensativa. En tiempos, Pablo y ella iban a casarse, pero rompieron de una forma absurda; ya ni recordaba por qué. Entonces apareció Iván y se casó con él casi por despecho, para que Pablo viera que no estaba sola, que él lamentara haberla perdido. Él intentó reconciliarse: le pidió perdón, le prometió hacerla feliz, ser fiel, no volver a herirla, pero Olga ya se había lanzado a los brazos de Iván y se convenció de que en realidad nunca quiso a Pablo, fue solo una ilusión. Después dejó de pensar en Pablo. Recientemente lo habían trasladado a su sucursal desde la central. Pablo fingía sorpresa y buen humor por la coincidencia, pero Olga pensaba que él había pedido expresamente el cambio tras enterarse de que ella trabajaba allí. Y, aunque a veces le traía nostalgia, le resultaba entrañable que Pablo siguiese solo y la tratara con tanto afecto. En el fondo le deseaba lo mejor e incluso, muy poquito, tenía celos de su futura esposa — Pablo era un romántico, sabía conquistar, era encantador. En cuanto a su marido, no podía decir que Iván fuese mala elección; simplemente ahora trabajaba mucho. Sí, se esforzaba para que nada les faltara, para garantizarles comodidad, pero eso dejaba poco espacio para su mujer. Además vivían en el piso de la hermana de Iván. Ella, Oksana, se lo ofreció para que se quedaran mientras sus propios hijos crecían. Oksana y su marido vivían sin apuros; Oksana no había trabajado nunca, sólo invertía en inmuebles para que el día de mañana sus hijos tuvieran donde vivir. Iván y Olga hicieron la reforma a su gusto, Oksana les dejó. Ahora estaban amueblando el piso. Pero a menudo Olga pensaba que tal vez debieron alquilar otro apartamento amueblado y dejar de invertir tanto en reformas, tal vez incluso animarse ya a una hipoteca. Pero a Iván le brillaron los ojos cuando Oksana les ofreció aquel hogar. Olga bajó del autobús, cruzó la calle deprisa y entró en el edificio. El aire olía a lluvia a punto de caer, pero hoy no estaba para disfrutar del frescor. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza, sin quedarse ninguno demasiado tiempo. ¿Cuánto hacía desde que Iván y ella se mudaron allí? ¿Un año? ¿Año y medio? No lo recordaba bien, pero la sensación de que todo era provisional le inquietaba. Arreglaban cosas, compraban muebles, y esperaban siempre algo mejor, como si la vida real fuese a empezar más adelante, pero esa fecha, seguía siendo una incógnita. Se dio cuenta, al acercarse al portal, de que caminaba demasiado despacio, como queriendo retrasar el momento de entrar. El portón sonó y la dejó pasar al oscuro zaguán. Olga subió despacio las escaleras hasta el cuarto piso. Cada nivel que dejaba atrás sentía más tensión interior. Al cruzar el umbral del piso, Olga se paró. Junto a la puerta, perfectamente alineados con los zapatos de Iván y los suyos propios, estaban los zapatos de su cuñada, caros, de tacón alto. ¿Para qué estaba allí? Olga no recordaba que Iván hubiese dicho nada de una visita. Casi se disponía a anunciar su llegada, pero algo la frenó; la intuición le decía que no entrara aún. Se quedó quieta, escuchando. — Queríamos irnos de vacaciones, — la voz de Oksana se oía en el salón —. Pero, como mi marido no logra cogerse libres, pensé en darte estos billetes… pero con una condición, — su tono se volvió exigente— irás con Vera, no con tu esposa. Olga se quedó de piedra. «¿Con Vera?» Recordó que Iván mencionó ese nombre alguna vez, que Oksana había intentado emparejarlo con una amiga suya. En su momento le restó importancia, pero ahora, al escuchar el nombre, le invadió una inquietud amarga. — No quiero a Vera, — la voz de Iván sonaba molesta —. Oksana, te lo he dicho cientos de veces: ahora estoy con Olga. Tengo a Olga. ¿Por qué insistes? Olga respiró con alivio. Estaba claro: Oksana quería imponer su opinión. Cuando ella ya iba a entrar para decir que estaba en casa, Oksana volvió a hablar: — ¿A quién intentas engañar? Me acuerdo de cómo querías a Vera… Hasta ibais a casaros, pero te enfadaste por una tontería. No seas terco. Se te nota que Olga no es para ti; Vera sí lo era. El golpetazo de aquellas palabras dejó a Olga paralizada. ¿Se iban a casar? ¿De verdad Iván le dijo que Vera no le interesaba? Miró al suelo, luchando por dominarse, pero las frases de Oksana le perforaban la cabeza. — ¿Y qué? — Iván respondió con un deje de inseguridad — Eso pasó. No lo niego, pero ya no importa. Quiero a mi esposa. — ¿De verdad? Anda, Iván… — Oksana no cedía. — Todos sabemos que te casaste con Olga sólo para que Vera tuviese celos, cuando te dejó por otro. Después quiso volver: pidió perdón. Pero tú te casaste por despecho. El peso cayó sobre Olga como una losa. ¿De verdad Iván sólo la eligió para demostrarle algo a otra? No podía respirar. Recordó cómo ella misma se apresuró a casarse con Iván tras dejarlo con Pablo. Aunque en el fondo ambos hubieran tenido motivaciones parecidas, ahora ella lo amaba de verdad… ¿No era suficiente? Contuvo el aliento, esperando la respuesta de su marido. — Todo eso ya pasó — la voz de Iván volvió a sonar—. Estoy casado, tengo obligaciones con mi esposa. — ¡Obligaciones! — Oksana bufó—. Menos mal que aún no tenéis hijos. Espero que no olvides que este piso no es tuyo; con Olga nunca vais a tener un hogar de verdad. En cambio, a Vera sus padres le han regalado un piso nuevo de tres habitaciones… Y no ha dejado de quererte, te espera. Olga se apoyó en la pared, sintiendo que no podía con la angustia. ¿Cómo podía Oksana decirle eso? Pero le preocupaba aún más la reacción de Iván. Estaba inmóvil, esperando su respuesta. — Oksana, para ya — murmuró Iván, aunque ya no parecía tan seguro—. El piso no es lo importante, ya nos buscaremos algo propio. Pero Oksana seguía: — No quieres admitirlo, pero Vera siempre fue tu mejor opción. Aún tienes tiempo de rectificar. Con ella tendrás hogar, estabilidad, todo lo que mereces. Olga nunca será tu verdadera felicidad. — Además — añadió Oksana—, ya no podréis quedaros aquí mucho más. He cambiado de planes para este piso, así que pronto tendréis que marcharos. — ¿Y Vera sabe lo que estás tramando? — preguntó Iván. — Claro que sí. Es más, fue idea suya; me pidió que te convenciera. Hasta lo de los billetes lo preparó ella. Sabe que no has dejado de quererla. Se hizo el silencio. Olga sintió un vértigo interior. ¿Por qué Iván no dice nada? ¿Acaso valora la propuesta de la hermana? — ¿Y qué le digo a Olga? — preguntó por fin Iván, casi en un susurro. — Dile que me ayudarás en la casa del pueblo, que estamos con reformas… y luego te vas a la playa con Vera. Así de fácil. Olga no aguantó más. Salió del piso de puntillas y se marchó sin mirar atrás. Sus pasos la llevaron a una pequeña cafetería casi vacía. Fuera caía la noche. Exhausta y perdida, pidió un cacao con vainilla. Los pensamientos iban y venían: las frases que escuchó en casa no la dejaban en paz. Repasó una y otra vez las palabras de Oksana, preguntándose cómo Iván pudo ocultarle durante tanto tiempo que había estado a punto de casarse con otra, ¡con la amiga de su propia hermana! Se sentía traicionada, pero lo que más dolía era la humillación. ¿Su propio matrimonio era sólo revancha de un amor pasado? Creía que Iván la había elegido de corazón, pero resultaba que todo era otra historia. Aunque también, a diferencia de Iván, ella jamás habría quedado con Pablo ni siquiera para tomar café. A su marido lo amaba con toda el alma. La noche cayó y Olga seguía mirando los reflejos de los faroles en los cristales mojados. Ni siquiera probó su cacao. El tiempo parecía haberse detenido. Iván no llamó, ni preguntó dónde estaba. «Seguro que está planeando el viaje con Vera», pensó con amargura, «y ni se preocupa por mí». Sacó el teléfono para mirar la hora: estaba sin batería. Olga suspiró. Había llegado el momento de volver a casa y afrontar todo. Se puso el abrigo y salió a la calle, sintiendo el viento frío que la calaba. Iba convencida de que su relación con Iván había terminado. La ruptura era inevitable, y ensayaba en su cabeza cómo enfrentarlo. Llegó al portal, sintiendo el ánimo más pesado. Subió despacio a casa, giró la llave y entró. Le recibió el silencio. Nada de tele ni ruidos de cocina. Lo que sí vio fueron bolsas de viaje en medio del salón: Iván estaba haciendo las maletas. «Ya está — pensó —, seguro que se va.» — ¿Qué haces? — preguntó, aunque sabía la respuesta: a la casa de Oksana, claro. Pero Iván, sorprendentemente, dijo otra cosa: — Olga, nos vamos de aquí. He encontrado piso. De momento en alquiler, pero luego veremos cómo pedir hipoteca. — Se paró, la miró, captando algo en su mirada —. ¿Por qué has tardado tanto? Llevo toda la tarde llamando y tu móvil estaba apagado. ¿Tienes otro trabajo? No podía creer lo que oía. Todo lo que había preparado para decirle ya no tenía sentido. Asintió, superada por la sorpresa. — ¿Nos vamos? — preguntó, confundida. Iván, comprendiendo su desconcierto, se acercó para explicarse. — He discutido con Oksana — suspiró —. Y he decidido que basta. No quiero depender más de ella. Necesitamos nuestro propio hogar. Olga sintió alivio en su cuerpo, aunque sabía que no todo estaba resuelto. Él se sentó en el sofá y le resumió la conversación con su hermana. — Tenía que habértelo contado antes — bajó la voz —. Sí, tuve una historia con Vera. Y sí, en parte me casé contigo por despecho. Pero tienes que saber que eso quedó atrás. Eres la única a la que de verdad amo, y no quiero perderte. Olga le escuchó y poco a poco se fue calmando. Había dolor por lo callado y todo lo no dicho, pero ahora por fin podían sincerarse. — Perdona por no contártelo antes — susurró Iván, cabizbajo —. Cuando me hablaste de Pablo pensé que no era el momento. Luego ya no quise sacarlo. Las lágrimas asomaron en los ojos de Olga, pero eran de alivio. — Está bien — exhaló —. Lo pasado ya está superado. ¿De verdad has encontrado un piso? — Sí — asintió Iván —. Es provisional, pero será nuestro rincón. Sin Oksana, sin sus interferencias. Saldrá bien, lo prometo. Más adelante compramos, como queremos. Olga aceptó. Sentía que era lo correcto. Por fin iban a vivir su vida de verdad, sin órdenes ni planes ajenos. — Entonces, — sonrió Iván —, ¿preparamos las cosas? Olga volvió a asentir, sin decir palabra. Solo podía confiar en que, ahora sí, su historia empezaba de nuevo, dejando el pasado como debe quedarse: atrás.