Los brazos le dolían de tanto cargar las bolsas del supermercado y tuvo que soltar una para ajustar la otra a su hombro. Le quedaba poco camino hasta casa, pero el frío en la espalda le era insoportable. Elena se detuvo un momento, colocó las bolsas sobre la nieve y sacó el teléfono. Su marido no había regresado a llamarla. Por supuesto, ¿para qué? A Pablo le interesaban otras cosas. Elena reprimió un suspiro, cogió las bolsas y reanudó el camino hacia el portal.
—¡Elenita! —la llamó su vecina del primer piso, una mujer robusta con bata de felpa que fumaba un cigarro en la entrada del edificio—. ¿Cómo anda tu madre? Se supone que hoy cumple noventa, ¿no?
—Noventa y cinco ya pasó —la corrigió Elena, sentida por el peso de sus piernas cansadas—. ¿Y cómo estás tú, Encarna?
—Nada, ya viejas nos vamos. ¿Vas a celebrar su cumpleaños?
—Sí, en sábado. Solo quería comer algo con la familia.
—A ver si nos vemos allí. Le llevaré una cocada a tu madre.
Elena asintió sin decir más y entró de nuevo al portal. Tenía cosas más urgentes que conversar.
A su llegada encontró la casa con el aroma a polvo y a silencio. El recibidor parecía un túnel oscuro, evitando cualquier sonido o luz que podría molestar el descanso. Se dirigió a la cocina, vació las bolsas con lentitud y se sentó en una silla. La cabeza le daba vueltas. Había salido a las seis de la mañana, había trabajado el resto del día; había visitado a su madre para ayudarla con la cena y la limpieza; depois había ido al mercado, comprando todo para el festejo. Y ahora, finalmente en casa, solo deseaba sumergirse en la cama.
Se escuchó un ruido en la puerta, y unos pasos firmes sonaron en el recibidor.
—Elena, ¿estás en casa? —habló Pablo con voz cansada, como casi siempre últimamente.
—Sí, en la cocina.
Él entró y se sentó junto a ella. Su pelo canoso estaba desordenable, la corbata suelta, y en sus ojos se veía el agotamiento.
—Te hice una llamada, no me contestaste —comentó.
—No me sonó. —Elena revisó el teléfono—. Oh, lo设置了 en mute y me olvidé.
—Nada de importancia. Solo quería decirte que llegaré tarde.
—¿Otra vez? ¿Por el trabajo?
—Un contrato nuevo, siempre lo mismo. Demasiados papeles y abogados paranoicos. —Pablo se quitó la corbata por completo—. ¿Me haces un café?
—Claro.
Elena prendió la cafetera exprés, echó el café y sirvió las tazas. Últimamente apenas se dirigían palabras, solo algunos gritos sobre quejas triviales. No podía recordar cuando fue la última vez que tuvieron una conversación real.
—Mañana debo salir temprano. A ayudar a mamá con la limpieza —explicó Elena—. Vendrán parientes de toda la región.
—Puedo llevarte —ofreció Pablo.
Elena lo miró sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. A las nueve estaré en la puerta. Y por la noche te recojo, si lo necesitas.
—Gracias, cariño. Así será mejor.
Se quedaron en silencio. Ese silencio pesaba como agua, como una carga invisible.
La casa de su madre olió a vainilla y canela al entrar. Encarnación estaba en la cocina, trabajando sobre una bandeja de pasteles.
—¡Mamá! —exclamó Elena—, ya te dije que yo lo haría. No necesitabas cocinar todo esto.
—Bueno, mis recetas funcionan, y tus manos no llegan tan alto como antes. Debes limpiar las salas.
Elena asintió mientras quitaba el abrigo. Su madre siempre había sido así, activa hasta el último momento, a pesar de sus artrosis y edad. Encarnación había sobrevivido a la guerra siendo niña, al reconstruír el país después, y al divorcio de su padre. Nunca había quejado abiertamente.
—¿Tu hermana llamó? —preguntó Elena, mientras colocaba toallas sobre las mesas.
—Sí, vendrán mañana a la noche con sus hijos y su marido.
—¿Les dejaste dormir aquí? —Elena calculó espacio—. Tienes tres habitaciones, pero no son muy grandes.
—Hice una cama en la sala para ellos.
—María vendrá el viernes, la recojo en la estación. Ella está en Burgos —aclaró Elena.
—Muy bien. —Encarnación se secó las manos en el delantal—. Elena, ¿con Pablo todo bien?
La pregunta pilló a Elena desprevenida. Se quedó quieta con la toalla en la mano.
—Nos va bien, mamá. Aunque ambos estamos cansados.
—Hmm. Tu tono ha estado triste últimamente.
—Imaginaciones tuyas, mamá. No hay problemas.
—Pero si tuviera, dime, Elena. Yo no entro en tus asuntos, pero a veces un consejo maternal ayuda.
—No, todo está bien.
Encarnación se encogió de hombros y regresó a la cocina. Elena sintió un pinchazo de culpa. ¿Cuándo fue la última vez que le habló de sus problemas a su madre? Porque quizás no hablaba, quizás no quería incluso reconocerlos.
—Pensaba en ti, como estabas en mi juventud —dijo su madre de repente—. Yo también callaba hasta el final, pensando que todo se aclararía. Pero no. Mi divorcio con tu padre fue igual, nadie habló.
—No es el mismo caso, mamá. —Elena defendió con cuidado.
—Claro que no, pero lo compartido es el silencio, hasta que todo se pudre.
Elena no respondió. Que respondería si su madre, en el fondo, tenía razón.
El día había sido largo, entre preparativos y ordenar. Para la noche, todo estaba listo: la casa brillaba y la cocina olía a festejo. Encarnación se sentó en su sillón favorito.
—Mamá, ¿además de los parientes, quién más invististe?
—Como siempre. Esther y su marido, los vecinos del quinto piso, Zaida, la amiga de la residencia de ancianos.
—¿Y Dolorita la invitaste?
Encarnación frunció el ceño.
—No. Ni lo pienso.
—¿Por qué? Uds. siempre fueron amigas.
—Fueron. De otro tiempo, Elena.
—A ver, ¿qué pasó?
—No es asunto tuyo —contestó fría, mirando por la ventana.
Elena sabía no insistir. Su madre siempre guardaba sus heridas y resentimientos como si fueran secretos. Ella misma lo hacía.
El viernes, la casa de Encarnación se llenó de movimiento. Las hermanas y sus hijos ayudaron a organizar el espacio; el jardín delantero simbolizaba a una colmena agitada. Pablo llegó con un ramo de gardenias blancas, las flores favoritas de su suegra.
—Encarnación, cada año que pasa, más hermosa —dijo él, besando su mano.
—Qué bobado, Pablo. —Su madre lo rechazó, pero su sonrisa delataba el placer.
La fiesta comenzó al mediodía. Voces, anécdotas, y camaradería llenaron el lugar. Elena observaba desde un rincón, viendo a su madre que se iluminaba con el prestigio. Sus mejillas estaban rosadas, sus ojos brillaban.
—¿Todo bien? —le preguntó Pablo.
—Sí. Un poco cansada.
—Te ves guapa —le dijo, y Elena se sorprendió, pensando cuándo fue su último cumplido.
—Gracias. —Se ajustó el pelo, tímidamente.
Tocó el timbre. Elena abrió y se encontró con una anciana de bastón y una bolsa.
—¿Elena?
—¿Dolorita? —reconoció a la vecina, extrañada.
—Vine a saludar a Encarnación. Permíteme entrar.
La sala se quedó en silencio al entrar Dolorita. Encarnación se detuvo con una copa en la mano, mirándola sin expresión.
—Felicidades, Encarnación —dijo Dolorita al acercarse, ofreciendo su regalo—. Le traje una receta de arándanos negros. Siempre las amó.
—Gracias —respondió secamente, recibiendo el paquete.
—Siéntese, Dolorita —invitó Elena, poniendo una silla—. Tome algo.
La cena continuó, pero las miradas entre Encarnación y su antigua amiga eran frías. Elena observaba con desasosiego.
—¿Qué sucede con ellas? —le preguntó Pablo.
—No lo sé. Mamá siempre fue fría con su rencor.
Durante la noche, varios brindis y sonrisas se intercambiaron, pero entre la anfitriona y su amiga, había un silencio casi tangible.
—Mamá —le llamó Elena, finalmente—, ¿por qué no haces más? Es tu cumpleaños.
—Estoy bien —respondió, cortante.
—¿Es por Dolorita? ¿Por qué no se hablan?
—No ahora —respondió escuetamente.
Dolorita no se quedó mucho tiempo. Casi una hora después, se despidió con una reverencia:
—Felicidades de nuevo, Encarnación. Gracias por su hospitalidad.
—Gracias a usted —fue todo lo que recibió.
Elena se ofreció a acompañarla. Mientras la ayudaba a abrigarse, preguntó:
—¿Qué pasó entre ustedes?
Dolorita suspiró.
—No deberías preguntr, niña. A veces, hay heridas que ya están cicatrizadas. Pero te diré esta: no hay tanto tiempo para callar. A veces, uno pierde a su mejor amigo solo por orgullo. Le dije a Encarnación lo que pasó con tu padre. Que fue injusto que se separaran sin hablar, que su orgullo destruyó algo que podría haber durado. Ella me odia por eso. Pero, ¿sabes? A veces, el orgullo es nuestro pesado hermoso.
—¿Y por qué vino hoy?
—Porque no quedan días. No me queda tiempo para más enojos. La amo con el corazón, pero también me amargó con el orgullo.
Elena la acompañó hasta la puerta y permaneció ahí, indecisa si regresar.
Al final, volvió y se uni a la celebración. Pablo hablaba con su cuñado; la familia cantaba con guitarra. Encarnación, en la sala, seguía callada.
Después del cumpleaños, Elena y Pablo regresaron tarde a casa. El coche traía un silencio tenue. Elena miraba por la ventana, recordando las palabras de Dolorita.
—Pablo —dijo finalmente—, necesitamos hablar.
—¿De qué? —Él no se giró.
—De nosotros. De lo que pasa.
—¿Y qué pasa?
—Nada. Eso es el problema. No hablamos. Vivimos como extraños.
Él se detuvo en el arcén y apagó el motor.
—Tienes razón. Nos alejamos. No sé cómo arreglarlo.
—Hablemos. Como antes. Recuerdas que solíamos hablar horas sobre todo.
—Sí. Eso me falta.
—Yo también. Pensé que ya no te interesaba, que te aburría.
—Yo también. Pensé que no me querías.
Se rieron, alivio apareciendo como una cálida luz.
—Eres un idiota —dijo Elena, con lágrimas.
—Y tú también. Vamos a cambiar. Prometido.
Elena asintió. Se tomaron las manos.
A la mañana siguiente, Elena recibió una llamada de su madre.
—¿Puedes venir, preciosa?
—Claro. ¿Qué te pasó?
—No es nada. Quiero hablar.
Encarnación estaba en casa, con un té recién preparado.
—¿Todo bien, mamá?
—Sí. Pensé toda la noche. Dolorita tenía razón. Fui muy orgullosa. Y tú también.
—Lo sé. Ayer, Pablo y yo lo hablamos.
—Entonces, ¿has encontrado paz?
—Sí. Decidimos no dejar que el silencio destraya lo que importa.
—Eso me dijo Dolorita cuando nos peleamos. Fue algo estúpido. Pensé que tenía razón, y eso me hizo odiarla. Justo porque la amaba.
—No fui mejor, mamá.
—Tú y yo, Elena, somos como una cadena. El silencio la rompió. Ayer decidí llamarla. Para reconciliarme. Y a tu padre también, aunque no seamos marido y mujer. Solo por cumplir con la vida.
—Eres valiente, mamá.
Encarnación sacó un sobre.
—Esto es para ti y Pablo, por vuestro aniversario plata. Cinco años, pero no se sabe qué traerá. Aprovechad.
—Mamá, no…
—Yo sí. Un viaje, una noche lejos. No temas a lo que no sabéis.
Se quedaron hasta tarde hablando, compartiendo vueltos, secretos, y promesas.
—Cuida de tu vida, Elena —dijo al despedirse—. No dejes que el miedo al conflicto se aproveche.
—Haré, mamá. Tú también.
Al regresar, Elena se sintió con el alma ligera. Sería un viaje, un viaje de diálogo. Uno que no sería ruboroso, ni incómodo, como ya no más.







