Sé que también te duele mi ausencia…

—Sé que tú también lo estás pasando mal sin mí…

—¿Qué estáis cuchicheando a mis espaldas? Venga, confesad, ¿qué tramáis? —preguntó Lucía Martínez mientras cruzaba los brazos.

El yerno y la hija intercambiaron una mirada.

—Decidlo de una vez, no me tengáis en ascuas.

—Mamá, hemos pensado celebrar la Nochevieja en la casa de campo este fin de semana. Luego empieza la semana laboral y no habrá otra oportunidad —dijo Alba.

—¿Os ha faltado tiempo con la Navidad? Pues id. El tiempo está templado, hay poca nieve, la carretera está bien. ¿O hay algo más que queréis contarme? —Lucía frunció el ceño.

—Es que… queremos que vengas con nosotros —anunció Alba.

—¿Y para qué os hago falta yo?

Lucía notó cómo su hija lanzaba una mirada suplicante a su marido.

—¿En qué habéis pensado? Yo no voy a ninguna parte. Sois jóvenes, os gusta salir, pero yo estoy bien aquí. No tengo ganas de celebrar nada, menos aún la Nochevieja. Si queréis, id, pero aviso: la casa estará fría y húmeda. Habrá que encender bien la chimenea.

—Justo de eso queríamos hablar. Javier estuvo ayer allí y lo dejó todo listo —contestó Alba con premura.

—Vaya, qué diligentes. Aunque me da que esto no es tan inocente.

—Queríamos cambiar de aires. Las fiestas han terminado y ni siquiera hemos salido al campo. Allí es tranquilo, el aire es puro. La casa estará caliente y seca —aseguró el yerno.

—¿Y cuándo has tenido tiempo? ¿Encendiste tú la chimenea? ¿No provocaste un incendio? —preguntó Lucía, escéptica.

—Me tomé el día libre. Queríamos darle una sorpresa. Alba no paraba de hablarme de cómo solíais estar allí en Nochevieja. Pensamos… —Javier se calló de repente.

Lucía no pasó por alto cómo su hija le dio un tirón del brazo y le lanzó una mirada elocuente.

—Mamá, por favor. Vamos todos juntos. No podemos dejarte aquí sola mientras nosotros estamos allá. Es una celebración familiar. Volveremos el domingo. —La súplica en la mirada de Alba hizo que Lucía cediera.

—Vale. Con lo que tengo que aguantaros —suspiró.

—Entonces prepárate, recoge lo que necesites y mañana pasamos a buscarte a las siete. —Y antes de que Lucía pudiera arrepentirse, su hija y su yerno se despidieron y se marcharon.

Lucía decidió que no había mal alguno en pasar el fin de semana en el campo. Recogió algunas cosas y se acostó.

A las afueras, junto a la carretera, la nieve se acumulaba, aunque no como antes. Las navidades de su infancia eran blancas, con fríos heladores.

Siempre habían celebrado la Nochevieja en la casa de campo. Primero ellos dos, luego con Alba, para quien esos viajes eran una aventura. A menudo invitaban a amigos. Era una tradición heredada del padre de Lucía.

Llegaban el día treinta, ponían un abeto en casa y otro en el jardín. Hacían muñecos de nieve. ¡Cuánto tiempo había pasado! Todo se había esfumado. Alba creció y empezó a celebrar la fiesta con amigos. Los últimos dos años, ella y su marido lo festejaron en casa. Hasta que él se fue. O más bien, Lucía lo echó.

Una vez, llegó antes de tiempo y lo encontró con la vecina. No estaban desnudos en la cama —eso no lo habría soportado—, pero estaban en la cocina, tomando té, tan íntimos como si fueran amantes.

Lucía permaneció un rato en la entrada, escuchando sus risas y susurros. Él bajaba la voz, como si temiera ser descubierto. No la vieron de inmediato; estaban tan cerca que sus hombros se rozaban.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Lucía en voz alta.

La pareja se separó sobresaltada. La vecina, joven y guapa, salió corriendo, avergonzada. Él empezó a balbucear excusas, a decir que no había pasado nada.

¿De verdad creía que se lo tragaría? ¿Cuánto tiempo llevaban así? ¡Con lo que podían haber hecho en ese tiempo!

Incluso ahora, recordarlo le quemaba. Aquel día gritó, perdió los estribos, actuó como una loca. Él se vistió y se fue. Ella lanzó sus cosas en una maleta y la dejó en el recibidor.

Alba le rogó que lo perdonara, pero Lucía no podía. Lo echaba de menos, lloraba, pero no le perdonaría. No le importaba adónde había ido, con tal de que no fuera con la vecina. Cada vez que la veía en el edificio, le daba la espalda. Hasta que la joven se mudó. Sin verla, Lucía se calmó un poco. Pero perdonar a su marido seguía siendo imposible.

Llevaban veintiséis años juntos. Lo más doloroso era que no solo la había traicionado, sino que lo había hecho en su casa, en su sofá o su cama. ¿Cómo perdonar eso? Él insistía en que fue una tontería, un error. ¿Cómo creerle? Su hermana contó que vivía con ella, que lo estaba pasando mal. ¿Y ella? ¿Acaso no sufría?

—Perdónalo. A todos nos pasa. Si no, otra lo recogerá y te arrepentirás.

La verdad, Lucía ya lo había pensado. Alba se casó y vivía aparte. La soledad era insoportable. Si él hubiera llamado… Pero no lo hizo. Y su orgullo herido tampoco le permitió dar el primer paso.

Así llevaban seis meses separados. Alba lo visitaba a veces. Decía que estaba delgado, que tenía mala cara. Le insistía en que se reconciliara.

Lucía no imaginaba cómo podrían volver a vivir juntos, compartir cama. Verlo sería revivir la traición. ¿O vivir como compañeros de piso? No. Mejor nada que eso.

Se desabrochó el abrigo, aflojó la bufanda. Dentro del coche hacía calor. Alba y Javier hablaban en voz baja. El ronroneo del motor la adormeció. Despertó cuando el coche se detuvo frente a la valla de la casa. Al salir, respiró el aire puro del campo. Notó huellas de neumáticos y pisadas en la nieve sucia. Recordó que Javier había estado allí.

Frente a la casa, un abeto decorado con luces y guirnaldas. El de su infancia lo habían talado hacía años: era demasiado grande. Su marido plantó otro. Había crecido bastante.

—¿A que es precioso? —Alba se acercó y se quedó a su lado.

Javier sacaba bolsas del maletero y las llevaba a la puerta.

—Mamá, lleva los huevos. —Le entregó una cesta pequeña.

Lucía la tomó, pero no se movió.

—Entra, que hace frío. Ya iremos nosotros.

En efecto, el frío empezaba a calarle. Javier y Alba seguían junto al coche, hablando en voz baja. Al notar que Lucía los miraba, su hija hizo un gesto: *ve*.

Pero Lucía dudaba. Le daba miedo entrar. Sabía que los recuerdos la aplastarían. Avanzó y miró atrás. Su hija y su yerno la seguían. Con más tranquilidad, agarró el picaporte. La puerta no estaba cerrada. Entró y se detuvo en el pequeño recibidor.

La puerta de la sala estaba abierta. Vio el mantel blanco, las copas, las velas. Sillas alrededorLos cuatro entraron juntos, y mientras la chimenea crepitaba, Lucía sintió que, quizá, después de todo, el perdón era el mejor regalo de Nochevieja.

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Sé que también te duele mi ausencia…
El gato la miraba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Anita se inclinó hacia él, con la esperanza de que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus manos de las garras del esponjoso polizón… Terminaba el turno, y Ana fue hacia el fondo del autobús, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. Para ella, el autobús era como su propio hogar, y en casa de Ana siempre reinaba la limpieza. Quizá porque no había nadie que la ensuciara. – Ana, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio –le decían las tías supervisoras–. Vas camino de los treinta y sigues sola. Y además, ¡menudo oficio llevas! Este trabajo ni los hombres lo aguantan… ¡menuda gente viaja en bus a veces! – A mí me toca gente maja, –replicaba Ana–. Y a mí mi trabajo me encanta. Un hombre… no es un gato ni un perro, ¡no se trae a casa porque sí! Las tías se miraban entre sí. Sabían que con un hombre había más jaleo que con cualquier mascota con rabo. – Entonces busca un gato, –aconsejaban–. ¡Por lo menos así no estás tan sola! Ana suspiraba: – De momento, no me viene ningún gato, –contestaba benévola, y se marchaba a casa, ponía música, preparaba la cena y luego leía antes de acostarse… Los días se parecían como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: le sobraba tiempo libre. Entonces se montaba en el autobús, pero sentada como pasajera. Le gustaba la sensación de que alguien la llevaba a una vida feliz y bonita… Aquel día no era distinto de cualquier otro. Al terminar su turno, fue a repasar el autobús y a dejarlo limpio. Cuando miró bajo el último asiento, al principio hasta retrocedió del susto. ¡Dos ojazos brillantes la miraban! – Oye, ¿quién eres tú? ¡Mishi-mishi! ¿Cómo has acabado ahí? –Anita se agachó–. ¿Te has perdido, pequeño? El gato la miró en silencio. Con un suspiro y algo de ánimo, Anita se inclinó hacia él, esperando que las mangas de cuero salvaran sus manos de las uñas del peludo intruso. El gato se dejó sacar de debajo del asiento y Ana pudo verlo mejor. Era maravilloso. No entendía mucho de razas, pero la forma de la cara y la melena delataban un persa. Llevaba un collar con medalla. – Merlín –leyó Anita, girando la medalla–. ¿Será posible? ¿El Gran Mago y Hechicero? El gato bostezó, sin negar tal posibilidad. – ¿Y qué hago contigo, Su Majestad Mágica? –decidió tratarlo con respeto–. ¿Dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró y volvió a bostezar, como diciendo: “¿Y yo qué sé? Por cierto, no me vendría mal cenar y algo de sueño…” Ana entendió que solo tenía una opción. Bueno, dos, pero ¿qué tipo de persona abandona a un polizón peludo en la calle? – Así que vas a pasar la noche conmigo, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca, ¿vale? El gato no protestó. Pero cuando Ana se fue hacia la puerta, él se le escurrió y volvió debajo del asiento trasero. Salió de nuevo, trayendo algo en los dientes. – ¿Qué tienes ahí? –preguntó Ana, inclinándose. El gato soltó un billete de lotería en su mano. – ¡Menuda cosa! –Ana examinó el hallazgo–. ¿Tu dueño perdió el billete y a ti de golpe? El gato la miró y bostezó de nuevo. Como diciendo: “¿No vamos a casa ya?” Ana se apresuró, dándole vueltas a si debía o no poner lo del billete en el anuncio. ¿Y si alguien quería timarla diciendo ser el dueño solo por el billete? ¡Había que ser más astuta! Pero mientras, mejor comprar algo extra para su invitado. – ¿Qué te apetece? –preguntó en la tienda, mirando confundida las estanterías de comida de gato. Merlín inspeccionó los sobres y se inclinó hacia uno, haciendo que Ana se acercara. – ¿Seguro que es ese? –confirmó. Merlín atrapó el sobre con los dientes, disipando toda duda. – ¡Eres listísimo! –lo elogió Ana. Merlín emitió un maullido que parecía decir: “¡Eso ya lo sé!” Compró algo para ella también y regresó a casa… – ¡Ponte cómodo! –dijo, dejando al gato en el suelo. Merlín inspeccionó el piso. Ana fue a la cocina. Sin cuencos de gato tuvo que improvisar un par de platillos. Cuando Merlín terminó, Ana lo fotografió y preparó un anuncio. En él no mencionó ni el nombre ni el billete. Imprimiendo el cartel, se lo enseñó a Merlín. – ¡Mira qué guapo sales! –lo alabó–. Mañana lo cuelgo en el bus. ¡A ver si aparece tu dueño! ¡Ay! Se quedó paralizada recordando que al día siguiente trabajaba y no tenía dónde dejar al gato… ¿Llevarlo? Mala idea: perdería de vista la carretera y distraída, sería un peligro para los pasajeros. ¿Dejarlo solo? ¡El gato ya había tenido suficiente estrés! Entonces pensó en Carles, su vecino del rellano. Él trabajaba desde casa; no necesitaba oficina ni volante. Solo su portátil e Internet. A veces coincidían en la escalera. Era alto, algo desgarbado y con gafas. Se saludaban y seguían sus caminos. Pero Carles era perfecto para cuidar del gato. Armándose de valor, Ana llamó a su puerta. Carles apareció, despeinado, en zapatillas y con pantalones de estar por casa. La miró sorprendido. Le explicó la situación y, aunque intentó sonar persuasiva, a él no le hizo falta mucho. Asintió en silencio y recogió la llave. Durante un instante, a Ana le molestó que apenas le hubiera prestado atención. Suspiró, volvió a su piso y llamó: – ¡Mishi, Merlín! ¿Dónde andas? El gato estaba junto al balcón, exigiendo salir. Tras dudar un segundo, y confiando en que un gato inteligente no saltaría desde un octavo piso, Ana abrió y salieron juntos. Merlín se subió ágilmente a la barandilla. Ana corrió a sujetarlo. El gato la miró con altivez, luego giró la cabeza hacia lo alto. Ana, acariciándolo, también miró arriba… y vio las estrellas. El cielo las observaba con mil ojos brillantes. Una estrella fugaz surcó el firmamento como una lágrima. El gato se rozó contra su mano, como diciendo: “¡Corre, pide un deseo!” Ana lo pidió… Se durmió nada más tumbarse, sin película ni libro. Quizá porque al lado le arrullaba un gato llamado Merlín… Por la mañana, tras dar las instrucciones a Carles, Ana fue a trabajar. Todo el día fue leyendo la ciudad con el anuncio en el autobús, pero nadie preguntó por el felino encontrado. Le daba cierta vergüenza… y también alegría. Voló a casa, donde la aguardaban… El piso olía a café. Del bueno. Ella solo tomaba soluble, así que la diferencia saltaba enseguida, o más bien, a la nariz. – He hecho algo de orden aquí –confesó Carles–. Sin ofender, pero tu café es horrible. He traído y preparado del mío. ¿Quieres? – ¡Claro! –aceptó Ana–. ¿Y Merlín? El gato apareció en el pasillo, radiante. Considerando, se rozó por la pierna de Ana en señal de máxima simpatía. – Tu Merlín está en forma, –Carles se agachó para acariciarlo–. ¿Sabes? Hacía tiempo que no desconectaba así. Pensaba trabajar, pero puse el portátil y no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos. Y de repente, los dedos empezaron a teclear solos, —encogió los hombros—. He escrito un cuento de gatos. — ¿Me lo enseñas? —se interesó Ana. – ¡Bah, tonterías! –protestó Carles, aunque deseaba enseñarla—. ¿De verdad te hace ilusión? — ¡Por supuesto! Me chiflan los cuentos. Bueno, fantasía, que es casi igual –recalcó Ana. Carles cedió, naturalmente. Después tomaron café y leyeron el cuento, mientras Merlín los miraba con aires de abuelo paciente, como a dos gatos traviesos. El cuento le encantó a Ana. Cuando Carles se fue, se sintió un poco sola. Solo un poco, pues tenía al gato. Y entonces sonó el timbre. Merlín se irguió y caminó con gracia hacia la puerta. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron del otro lado, y Ana se quedó helada. Su primera idea fue no abrir, pero no era justo; abrió. Ante ella estaba un anciano alto y delgado, con capa negra. Sonreía: – Tranquila, muchacha. De verdad, vengo por el gato. Y para que lo sepas, se llama Merlín. Aquí le tienes. El gato saltó directo a sus brazos, despejando toda duda. – Pase, por favor, –dijo Ana flojito. Sentía como ganas de llorar. ¡Cómo puede una encariñarse tanto con un gato en solo un día! El anciano entró, olió y sonrió. Ana juraría que intercambió una mirada con el gato. – ¿Tiene café? –le pidió. Preparó uno gracias a la reserva que Carles dejó en su frasco bonito. Todo el tiempo, el anciano y el gato se miraban, como en un coloquio mudo. – Ah, por cierto –rompió el silencio el anciano–. ¿No ha encontrado algo más? Ana se sonrojó y le entregó el billete de lotería. Pero él apartó su mano: — Eso es para usted, –sonrió él. — Pero, ¡ese billete es suyo! –protestó Ana. — Pero lo ha encontrado usted, y Merlín no se queja, –el anciano seguía sonriendo. — Y si es premiado… –balbuceó Ana. – ¿Se va usted a negar a la posibilidad de volverse un pelín más feliz? –replicó el anciano. Ana bajó los ojos. ¡Justo eso había pedido al ver la estrella fugaz! – Dése usted esa oportunidad, señorita, –la animó el anciano–. No esté triste. Seguro que nos volveremos a ver. Cuando usted regrese… ¿Regresar de dónde?, quiso preguntar Ana, pero el anciano ya se marchaba, cerrando la puerta con esmero. La llave giró sola en la cerradura, y Ana se sintió caer rendida… soñó con el cuento que inventó Carles. Sobre un poderoso mago que toda su vida solo pensó en sí. Sus hechizos no hicieron feliz a nadie y como castigo lo transformaron en gato. Y vagar por el mundo así le tocaría… hasta que la magia se disolviera… Por la mañana volvió a trabajar, pero todo brillaba: el sol, los pasajeros, el autobús. Comprobó el billete de lotería y no se sorprendió cuando ganó un viaje al mar. Más le asombró que su jefe le diera días libres: – Tómatelo con calma, Ana. Ya tocaba. Los chicos te cubren, no te preocupes. Y llegó el mar, las estrellas y una sensación de completa renovación. Al volver a casa, traía conchas y el mar dentro de sí. Al abrir la puerta, Carles salió al rellano. Alto, algo desgarbado, despeinado. – Vinieron a verte ayer —comentó—. Me dejaron un recado… —se quedó mirándola—. Estás diferente. Y muy guapa. — Gracias –sonrió Ana–. ¿Y qué recado era? Carles se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un gatito persa gris, de expresión reconocible. Bueno, todos los persas tienen ese deje altivo. — Es el hijo de tu gato… Bueno, del gato que encontraste en el autobús. Se llama Arturo. El anciano dijo que él y Merlín solo podían confiarte su educación a ti, —aquí se trabó—. Bueno, en realidad… a los dos. — ¿Cómo? —Ana notó su corazón desbocado. – Dijo que solo pueden confiar en nosotros para cuidar de Arturo –confesó Carles. – ¡Miau! –corroboró el pequeño Arturo, abalanzándose a su dueña. Ella tendió la mano y encontró otra: la de Carles. Y en el mundo hubo un poquito más de bondad, calidez y simple felicidad…