— ¡Ni se te ocurra tratarme así! — Víctor Sánchez dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que la taza de té que aún no se había terminado se levantara y se derramara, manchando la servilleta blanca con su líquido negro.
— ¿Qué crees, que voy a soportarlo siempre? — Soledad se mantuvo erguida, con los brazos cruzados, mirándole con desdén.
— ¿Qué tipo de comportamientos? ¿Qué tu mujer esté en casa cuando llego del trabajo y no esté desaparecida en París con otra? — Víctor intentó limpiar con papel de cocina, pero solo logró extender más la mancha.
— Para ti he sido la ama de casa, la niñera, la fregona, pero jamás una esposa. ¿Cuándo fue la última vez que te interesaste por mi vida, por cómo me siento? — Soledad dio media vuelta, se quitó el recogido y el pelo gris cayó como una cortina sobre sus hombros.
Víctor se quedó inmóvil. En treinta y cinco años de matrimonio, habían discutido, claro, pero esto… nunca había ocurrido. Soledad siempre se callaba o cedía, no como ahora.
— Sole, ¿qué te pasa? ¿Qué ha ocurrido? — Vítor la siguió, arrastrando los pies al andar.
— Nada, solo estoy cansada — Said Sole, y sacó del armario el viejo maletín de cuero que trajeron cuando fueron a San Sebastián de vacaciones.
— ¿Adónde vas? — Víctor sintió un nudo en el pecho.
— A Barcelona, con Lucía — respondió, poniendo lentas prendas en el maletín.
— ¿Con la hija? ¿Ahora? — Víctor no podía creer sus oídos. — Sole, necesito a alguien que cocine, que lave, que limpie… ¿Qué haré sin ti?
— Calla, calla — Suspiró Sole, concentrada en la mudanza. — Ya he arreglado con Rosa, la vecina. Ella hará las comidas. Dejaré el dinero en el cajón. Y la ropa la llevarás a la lavandería del barrio. Aquí está el teléfono — le entregó un papel, como si fuera la solución a todo.
— ¿Y por qué no me lo dices antes? — Víctor arrugó el papel. — No quiero a otra señora cocinando mi comida. Aquí huele a meados de perro.
— Pues yo ya no quiero ser la sirvienta de nadie — le dijo, fría. — Lucía me ha invitado a quedarme allí un rato. Así que me marcho.
— ¿Por cuánto tiempo? — Víctor se sentía vacío.
— No lo sé, veremos.
— Sole, no te vayas… — intentó coger su mano, pero ella apartó la suya.
— El taxi ya está abajo. Adiós, Vítor.
La puerta se cerró. Víctor se quedó solo. Escuchó el ascensor bajando con Sole dentro. Luego, solo silencio.
Los primeros días fueron como un sueño. Rosa vino a limpiar, cocinó platos sin sabor, y la casa, aunque impecable, le daba escalofríos. Marcó el número de Sole, pero no le cogía. Finalmente llamó a Lucía.
— Papá, mamá está bien, está en Barcelona. Todo está bien — dijo Lucía, casi enfadada.
— Deja que hable con ella — rogó Víctor.
— No quiere hablar.
— ¡Pues claro que quiere! ¿O acaso ya no es mi esposa?
— Papá, ¿en serio? Mamá es mayor, vive su vida. Déjala.
— ¿Vivir su vida? ¿Qué vida? ¿De qué está hablando? — Víctor no entendía.
— Papá, ¿cómo te vas a suponer que mamá se siente contenta en treinta y cinco años de casados? ¿Pensabas que esto era normal?
— Pero… no sé si hubiera podido cambiar nada. ¿Y por qué se va así, sin avisar?
— Porque se cansó, papá. Se lo merece.
— ¿Y cuánto tiempo se marcha? — Víctor sintió miedo.
— No lo sé, cuando ella lo decida.
Colgó. Víctor cayó en la butaca. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué la vida se le escapaba sin saber por qué? ¿Qué más pensaba que ella quería si ya le daba晚饭, ropa limpia, y casa arreglada?
Una semana pasó, otra más. Víctor perdió peso, se veía más viejo. Rosa le miraba con lastima. Un día le dijo:
— Víctor, ya deberías escribirle. En Madrid las señoras siguen dando sus cartas.
— ¿Escribir? ¿A quién?
— A Soledad. Llega el paquete y allí está uno.
Víctor cogió un papel. Escribió con dedos torpes:
“Querida Sole, no entiendo. ¿Por qué te has ido? ¿Qué he hecho mal? Me siento como si la vida se me hubiera caído. La comida es mala, la casa vacía. Vuelve a casa. Tu Víctor.”
Lejos, Sole leyó la carta. Le respondió semanas después.
“Vítor, solo un día desperté y me dije: ‘¿Dónde estoy? ¿Soy yo?’ Treinta y cinco años siendo esclava de tu vida. ¿Y yo? ¿Cuándo me pidiste lo que quería yo? Recuerdas mi sueño de dibujar? Tú dijiste que era ridículo, que a nuestra edad no se aprende. Pero aquí en Barcelona me apunté a clases. ¡Y mira! Es tan bonito. El profesor me dice que hay talento. También he empezado a nadar, a ir al gimnasio, a conocer a gente nueva… No sé si volver. Estoy viva por primera vez.”
Víctor leyó. La niebla en su corazón se movía. Recordó a Sole, joven, hablandole de sus sueños. Nada más. La vida había sido trabajo y rutina, y ella había desaparecido.
Escribió otra carta:
“Sole, perdóname. Nunca me di cuenta de que no estaba contigo. Yo solo pensaba en ser el marido que alimenta a su familia, no que tú… no que tuvieras tu propia vida. Lo siento, no sé cómo arreglarlo, pero quiero intentarlo. Dime cómo.”
La respuesta fue rápida:
“Víctor, no sé si lo vamos a poder arreglar. Pero si quieres, empieza por ti. Pregunta qué quieres de la vida más que tu trabajo y tus comidas calientes. Vuelve a ser tú, y… quien sabe, quizá nos volvamos a encontrar.”
Víctor salió a pasear. Fue al parque, miró las nubes, y se encontró con una exposición de arte. Entra, compra un billete, y allí, una pintura le llamó: un ramo de flores en un jarrón de barro. Abrió la conversación con el pintor, se apuntó a su clase.
Con los días, Sole le escribía. Víctor dibujaba, practicaba la natación, y encontraba colores nuevos en la vida. Un día, compró un billete a Barcelona.
Tocó la puerta. Sole lo abrió.
— Vítor… — dijo, sin fuerzas.
— Sole, he encontrado a mí. Quizá sea hora de encontrar a nosotros. Si tú quieres.
La miró con aquellos ojos que no buscaban una vida compartida, sino una nueva.
— Vaya, entra. Cenaré contigo.
A la mesa, hablaron, realmente hablaron. Víctor le dijo de sus pinturas, de las buenas y las malas, de cómo había aprendido a ver el mundo. Sole se rio, una risa que no había escuchado en años.
— No vuelvo, Vítor. Pero quizás pronto, ya veremos.
— Siempre estaré aquí — dijo, cogiéndole la mano.
Y en ese gesto, todo lo que parecía muerto, respiró de nuevo.






