Se marchó sin avisar

Cuando Blanca salió sin decir adiós, Javier Santamaría se quedó como un toro desorientado.
— ¿Cómo te atreves a hacerme esto, Blanca? ¡He trabajado siempre para ti! ¿Y tú que haces?
— ¿Qué yo qué hago, Javier? — Blanca cruzó los brazos sobre el pecho, con la cara colorada. — Treinta años tolerando tus excusas de “estoy cansado” o “hoy no puedo”. ¿Sabes cuánto ha dado mi vida por ti y por estas reuniones interminables que te traen y te llevan? ¿Cuándo fue la última vez que preguntaste por mí, por mis sueños?

— ¡No se trata de eso ahora! — Javier aulló, pero en su voz había más frustración que convicción. — Esto no es más que el choque de tu último capricho: ir a ensayar con tu coro y olvidarte de todo lo demás. ¿Acaso no ves que es una reunión importante?

— Piénsalo, Javier. — La voz de Blanca se quebró suavemente. — No me fui así porque sí. Te dije que el ensayo era la semana pasada, y tú ni siquiera lo mencionaste. ¿O es que tu mente solo tiene espacio para tu trabajo?

Javier se dio la vuelta hacia la ventana, donde había visto pasar ya tantas mañanas grises como momentos de tensión. Habían aprendido a gritarse sin llegar al lenguaje de los gritos, como si el límite imvisible de un matrimonio de treinta años no se pudiera rebasar.

— ¿Qué te gana mirando por la ventana, mister? — Blanca lo picó, con una leve ironía. — ¿Otra vez planeando la guerra?

— Déjame en paz — masculló Javier, con un movimiento seco de hombros como si hubiera olvidado cómo se pronunciaban las palabras serias.

— ¿No te duele ya, Javier? — Esta vez, Blanca no buscaba otra respuesta que el silencio.

— Ya sé, ya sé. — Javier, alto y bien conservado a pesar de los años, era como la imagen de él que Blanca había encontrado en aquel Madrid de 1985, cuando los dos eran recién graduados en Periodismo. Pero ahora, con las patas de gallo más marcadas y la espalda más rígida que antes, era como si todo su ser se hubiera convertido en una barricada.

— Escucha, Javier. — La voz de Blanca se suavizó. — Tal vez por ahora me necesito a mí misma un poco.

— ¿Qué…, qué quiere decir eso? — Javier se giró, con un escalofrío de vértigo.

Blanca ya no estaba allí. En el recibidor resonaban los tacones, las llaves, el sonido de una vida que se movía sin él. Javier volvió a la butaca, arrugó la prensa y se hundió en una lectura sobre subidas del IBI. Pero la paz se evaporó cuando, veinte minutos más tarde, vio a Blanca con su equipaje.

— ¿A dónde vas? — Consiguió balbucear.

— A casa de Encarnación — respondió Blanca, con una voz endurecida. — Necesito espacio. No sé cuánto tiempo será.

— Tonta, no hagas escándalos — intentó sonreír Javier, como si la situación pudiera resolverse con un café y un periódico.

— No es un escándalo, Javier. — Blanca lo miró a los ojos. — Es cansancio. De todo. De la rutina, de no compartir nada más que un baño. ¿Recuerdas cuando nos teníamos que hablar para vivir? ¿Ahora qué nos queda?

Javier no supo qué decir. Esa Blanca, tranquila, decidida y sin gritos, era como una persona ajena que llevaba su nombre.

— Por favor — pidió, poniendo una mano en su hombro. — Habla conmigo.

— No ahora — dijo Blanca con una mezcla de tristeza y determinación. — Primero necesito entenderme. Luego… veremos.

Atrás, en la ventana, Javier vio la silueta de su mujer desapareciendo en el taxi que la llevaba hacia Pozuelo. El lugar donde Blanca nació, donde quizá había encontrado una puerta de salida.

La sobremesa aquella noche fue melancólica. Javier encendió el televisor, pero la conversación con los amigos, con la familia, con el alma… no encontraba nicho en su mente. Había algo que no encajaba. No podía ser que Blanca, esa mujer de energía incansable, hubiese decidido marcharse sin más.

Al día siguiente, una llamada no resuelta de Blanca lo puso más inquieto. Cuando por fin se conectó, apenas duraron dos frases. Blanca no quería hablar.

— Entiendo — fue todo lo que Javier pudo decir.

Laura, su hija, siempre había sido la más perceptiva. Aquella noche, al llamarla, le pilló de incrédulo.

— Laura… ¿qué ya sabes?

— Tú no recuerdas ni cuándo es el cumpleaños de mamá, papá — le espetó con una sinceridad que hería. — Treinta y cinco años, ¿y no sabes ni la fecha?

— El diecisiete de septiembre. Estaba en viaje de negocios aquel año.

— Y el anterior. Y el anterior.

— Laura, a veces la vida no es perfecta.

— Pero mamá lo fue para ti. Desistió de su trabajo, de sus estudios, de sus proyectos, por ti y por mí. ¿Qué le devolviste, papá? ¿Un rincón en tu vida ocupada?

— Lo que pude.

— ¿Sí? ¿Y los días de María? ¿Cuándo la llevaste a algún sitio que no fuera a la plaza por segunda vez? ¿Cuántas veces le diste un perfume, un beso, una muestra de cariño por puro cariño, no por obligación?

— Puedo corregirme.

— No sé si ya es tarde, papá. ¿Mamá todavía siente algo por ti, o solo por lo que fue en otro tiempo?

En la casa de Encarnación, Javier había entrado con dos brazos de lilas y un silencio difícil de romper. Encarnación, a diferencia de Laura, no se lo buscó:

— Vaya con el bueno de Javier. — Le sirvió el café sin esperar. — ¿Para qué vienes si ni sabes qué decirle a Blanca?

— Solo quería verla.

— La última semana te ha pasado una lección silenciosa. Ella no te odia. Solo te siente lejos.

— ¿Que se ha marchado? — replicó. — Ella tiene todo. Una casa en Pozuelo, un coche, joyas. ¿Qué más quiere?

— No te entiendo. ¿Qué más quiere una mujer que ha perdido el amor porque no fue cuidado? Tuvo que explicarte cómo os conocisteis, cómo escribiste cartas de amor y la llamaste hermosa cada día. Y ahora… ¿dónde está esa persona?

— Pero ¿qué más da el romance cuando ya no somos jóvenes?

— El amor no pide permiso por la edad, Javier. Ni la estética ni la rutina tienen por qué matarlo. ¿Y si ella ya no soporta este “nosotros”?

Cuando Blanca apareció por la cocina, con aquel vestido nuevo y el pelo recién arreglado, Javier creyó que no tenía derecho a pedir nada.

— He venido para ti. — Le entregó las flores. — Solo por ti.

— Javier… ¿esto es un regalo, o el final de una guerra?

— Es el comienzo — respondió con voz ronca. — Hace tiempo que no me reconocías. Quiero que regreses, no como antes, sino conmigo.

— ¿Conmigo? — Blanca lo miró, entre dudas y esperanza. — Y dime, ¿has pensado en esto, o es solo ahora que es tarde?

— He pensado en ti, Blanca. En cómo me siento sin ti. Mi casa no es un hogar. Solo paredes. Y te necesito.

Aquel viaje al restaurante en la plaza de Pozuelo fue una celebración de lo que quedaba. Blanca le habló del coro, de las nuevas melodías, del carnaval. Javier, por primera vez en años, se quedaba escuchando con atención, preguntando, riendo como si hubiera olvidado cómo se hacía.

— Nunca te pregunté por esto — le dijo, mientras comían. — Nunca.

— Porque nunca te importó.

— Perdóname, Blanca. No volverá a ocurrir.

— Lo veremos — sonrió, con el brillo de quien todavía no se resigna.

Tres días después, Blanca llamó su puerta. Javier, con un ramo de rosas en la mano, supo que aquel momento tenía un peso distinto.

— He tomado una decisión.

— Estoy aquí — contestó, con el corazón acelerado.

— Creo que somos de nuevo pareja.

— Me alegra oírte, por fin.

— Pues vuelve a casa, Javier. Porque te quiere. Porque te sigue queriendo. Pero no como antes. Sino como un hombre que ha aprendido a escuchar.

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La nuera incómoda