Mi amiga no me dio ni un euro para mi boda, y ahora me invita a la suya.

Mi amiga no me dio ni un céntimo para mi boda y ahora me invita a la suya.

Ana y Ramón contrajeron matrimonio hace un año. Los progenitores de ambos organizaron una boda ostentosa en Madrid, ya que cada uno era hijo único y la familia quería que el día fuera digno de una película. La idea de la pareja de terminar la celebración con una barbacoa de pinchos quedó fuera de discusión; las madres soñaban con un vestido blanco, una iglesia y un coche antiguo tirado por caballos.

Al comprender que una boda sin gran banquete era impensable, empezaron a planearlo con toda responsabilidad. Tuvieron que arreglarse las uñas, el maquillaje, comprar el vestido y el traje, y atender un sinfín de detalles. Los padres aceptaron cubrir todos los gastos salvo el vestido de la novia y el traje del novio. Reservaron el restaurante más elegante de la capital, eligieron el ramo para Ana y la tarta la preparó la mejor amiga de la madre de Ramón, una experta repostera.

El padrón de invitados se elaboró con esmero: querían convocar a todos los parientes, incluso a los que hacía años no hablaban. Argumentaban que eran personas acomodadas que podrían aportar buenos regalos, y con ese dinero comprarían coche o ahorrarían para una vivienda. Tras acalorados debates, decidieron excluir a los familiares más lejanos. Algunos, con excusas convincentes, se retiraron. Al final, la lista quedó compuesta, como había previsto la pareja, por sus amigos más cercanos.

El día de la boda, el tiempo estaba radiante pese a que el pronóstico anunciaba llovizna matutina. Ana resplandecía con un vestido de seda y encaje delicado. La novia de Ramón era una visionaria; él no podía despegar la mirada de ella en toda la jornada. La celebración estuvo colmada de alegría. El fotógrafo, con una dedicación encomiable, no paraba de apretar el disparador, y los invitados esperaban con impaciencia el momento de entrar al banquete.

Al terminar la sesión, la pareja subió al coche blanco como la nieve y se dirigió al restaurante. El champán y las felicitaciones fluían como un río. Los regalos eran, sobre todo, sobres con billetes. Ana había advertido a los invitados que solo deseaba dinero, aunque varios jubilados no pudieron contenerse y entregaron mantas, ropa de cama y vajilla.

El pastel de tres niveles dejó boquiabiertos a los comensales más exigentes: coronado con encajes de lujo, flores de crema y perlas de azúcar, era una obra de arte. La fiesta fue fastuosa. Solo al amanecer, cansados, los invitados se fueron a sus hogares y la pareja se retiró a la habitación de hotel que habían reservado con antelación.

Al día siguiente, al llegar a casa de los padres, la madre informó a Ana que uno de los sobres estaba vacío. Dijo que el sobre había sido entregado por la amiga íntima de la pareja, Sara. Resultó fácil identificar al culpable, pues, a diferencia de los demás, ese sobre no llevaba firma. Esa noticia dejó a Ana con un sabor amargo.

La situación se agravó porque antes del enlace Sara había asegurado que ya no existía la costumbre de regalar menos de mil euros y había prometido ayudar a su amiga con una cuantía considerable.

Pasado menos de un año, Sara se convirtió en novia y convocó a Ana y a su marido a su propio banquete. En cuanto recibió la invitación, recordó la falta del sobre y, sin perder tiempo, le exigió a Ana que le entregara el dinero que necesitaba para costear la boda. Ana, desconcertada, no sabía qué hacer. Propuso que su marido le diera un sobre vacío, como había hecho Sara con ella. Él sugirió añadir más dinero para avergonzarla. La madre, por su parte, aconsejó a Ana que pusiera la cantidad mínima en el sobre, pues así no tendría que revelar a su amiga lo que sabía del engaño, evitando así cualquier revancha. La boda de la amiga se acerca y Ana sigue sin saber qué decisión tomar.

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