La vida de Víctor Sánchez comenzó con un rechazo. Nada más, sin motivo alguno. Su madre lo parió en plena noche, tras una hora de sufrimientos, y sin mirar siquiera si el bebé respiraba, lo envuelve en un harapo y le ordena al compañero de casa que lo arroje a la basura.
Mañana el camión de la basura pasa y todo queda tapado. ¡Apúrate antes de que la gente despierte! le gritó.
Afortunadamente, los vecinos de la calle del Sol se levantaban muy temprano. El compañero, aunque poco avispado, no echó al recién nacido al contenedor; lo dejó junto a la puerta, cubriéndolo con un viejo abrigo que alguien había tirado. Así Víctor no se heló y esperó a que llegara la tía Valentina, quien sacaba a pasear a su perro Canela a primera hora. Canela, que de repente sintió una urgencia que no podía aguantar, empezó a ladrar a deshoras, haciendo imposible calmarla. La tía, con el abrigo en mano, atrapó el hocico mojado del animal, lo amordazó brevemente y, como quien no quiere la cosa, salió a la calle en bata y pantuflas, reclamando a su marido que el regalo de su aniversario hubiera sido más serio y menos peludo.
Canela, liberada, corretea por el patio, haciendo sus necesidades y, al terminar, se detuvo, ignorando la fría mañana y el gruñido de la tía.
¡¿A dónde vas, loca?! exclamó Valentina. ¡¿Qué haces?!
Canela no se inmóvil. Llegó a los contenedores, giró alrededor del harapo y, al oír el pequeño gemido de Víctor, aulló con tal fuerza que la tía se agarró al corazón.
¡Dios mío! ¿Qué es eso? gritó. ¡Ayuda, por favor!
El marido de Valentina, el tío Miguel, dormía profundamente. Ni el ladrido de Canela, ni el taladro del vecino que solo trabajaba los fines de semana, ni los quehaceres de la tía lograron despertarlo. Solo el llanto de su esposa lo sacó de la cama.
¡Valen! balbuceó. ¡Voy! se levantó, aún en calzoncillos de encaje que ella le había tejido, y se lanzó al patio, sin saber qué pasaba, pero seguro de una cosa: su mujer necesitaba ayuda.
Lo que vio le arrancó el sueño de raíz y anuló cualquier plan que tuviera con su cuñado. Miguel, al fin despertado, se quedó con la sensación de haber ganado una pequeña partida, aceptó el inesperado plus y, sin decir nada, dejó que su mujer se alimentara de un bocadillo de jamón antes de volver al trabajo.
Al abrazar a su esposa, le limpió las lágrimas y ordenó:
¡Cálmate y quítate la bata!
¡Miguel! exclamó ella. ¡No discutas! ¡Se va a morir de frío!
Víctor, que aún no comprendía el papel que esos extraños podrían jugar en su destino, lanzó un leve gemido, apenas un lamento, pero suficiente para que Miguel, tomando la bata que le tendía la mujer, la envolviera al bebé y, sin perder tiempo, lo llevó al portal. Allí, con una voz autoritaria, le gritó a Canela:
¡¡Vamos a casa!!
La ambulancia llegó rápido. Víctor fue ingresado en el Hospital Universitario de Madrid. La tía Valentina, entre sollozos, permaneció al lado de su marido, y después se puso a preparar el desayuno, dándole a Canela casi todo el embutido que quedaba en la nevera, por compasión.
¿A quién amaba más Valentina, al perro, al infante hallado al alba, o a sí misma? Esa duda quedó sin respuesta, aun para ella.
Todo parecía haber terminado. Víctor no tenía razón para volver al patio donde casi lo dejan morir. Pero el destino, caprichoso como siempre, volvió a cruzar sus caminos. El niño, con la mirada fija en el techo blanco de la habitación, recuperaba fuerzas, comía con apetito, dormía profundamente y, con la dulzura de quien no exige nada, hacía sonreír a las enfermeras.
¡Menudo milagro! comentaba una enfermera. Este no llora, apenas pide ayuda cuando es necesario. ¿Cómo pudo alguien rechazar un regalo así?
Víctor aún no sabía que tenía madre, ni que su padre biológico había abandonado a sus hijos por todo el país, sin querer saber nada de ellos. Aquellos que jugaron su papel quedaron en el olvido; una enfermera le dio el apellido Sánchez, como los niños que la protectora de menores asigna.
En la guardería lo mimaban. No pedía caprichos, solo esperaba pacientemente a que alguien se acercara.
Lo van a adoptar pronto, es guapo y sano susurraban las cuidadoras. Tal vez aparezcan los padres.
Sin embargo, el destino siguió su propio guion. Lo tomaron, lo devolvieron tras medio año, y la nueva madre, cansada de criar a un hijo ajeno, lo devolvió al orfanato como quien devuelve un juguete defectuoso. El padre, que había esperado diez años para ser padre de verdad, recibió la noticia de que nunca sería padre biológico; los médicos, unidos, le aseguraban que la naturaleza no lo permitiría.
Víctor, como al principio, apenas comprendía lo que sucedía. Solo se entristeció porque dejaron de cantarle nanas por las noches, pero pronto lo olvidó, como suele pasar cuando la gente guarda lo bueno y recuerda lo malo.
A los tres años, volvió a tocar la puerta de su casa.
¡Yo soy Vova! declaró, extendiendo la mano al hombre que quería ser su padre. ¡Otoño!
¿Qué te pasa? preguntó el hombre, mirando a su esposa, una mujer tan perfecta que parecía sacada de una postal. No queremos niños, este chico no nos sirve.
Víctor solo quería compartir la lección que la cuidadora le había dado esa mañana, señalando la ventana del patio:
Mira, Vova, ha llegado el otoño. La lluvia susurra, las hojas tapizan el suelo. ¡Es hermoso! dijo ella. Naciste en septiembre; quizás la suerte te sonría y encuentres familia.
El destino, al oír esas palabras, cambió de rumbo. Aquellos que estaban a punto de llevárselo se dieron la vuelta y se fueron. Víctor, sin entender quiénes eran ni por qué habían venido, pronto olvidó su presencia.
La cuidadora, al ver el patio donde lo hallaron, encontró a Valentina, que como siempre llevaba a Canela a pasear. Se quedó mirando los contenedores, suspirando, como si el propio destino la escuchara.
Valentina había sido una muchacha vivaz, trabajadora, estudiosa y soñadora. Su mayor deseo era el amor. No era la más bonita, pero su madre le decía:
Si tienes defectos, tendrás virtudes. Tu pelo es abundante, tus ojos son bonitos. ¡Aprende a quererte!
Con esos consejos, Valentina aprendió a vestir con elegancia, a observar a los hombres sin perder la dignidad y a buscar el amor sin rendirse. Terminó la universidad, consiguió empleo y, tras años, sus padres le compraron un coche usado que necesitaba cuidados. En aquel pueblo de la provincia, el transporte público era escaso, así que el coche le daba independencia.
Para aprender a manejar, buscó a un mecánico de confianza: Miguel. Su relación fue tranquila, con flores, bombones y presentaciones a los padres. Cuando Valentina anunció su boda, todos la felicitaron:
¡Valen, Miguel es un buen hombre! decían. ¡Os haréis una familia!
Los años pasaron y los médicos anunciaron que no tendrían hijos. Se miraron, suspiraron y, sin decir nada, se tomaron de la mano, compartiendo el dolor en silencio.
Te quería, Valen dijo Miguel. Sin hijos, seguiremos juntos.
Así, el tiempo curó la herida y la pareja se conformó con lo que tenían. Los padres fueron falleciendo uno a uno, dejando una nostalgia ligera y recuerdos dulces. En casa llegó Canela, y todo parecía seguir su curso, hasta que el destino volvió a dar un vuelco: Canela ladró aquel día en que nació Víctor.
Desde entonces, Valentina no encontró paz. Soñaba con una mañana de otoño, fresca, olor a hojas mojadas, y siempre despertaba sudorosa, buscando en su interior una señal. Cada vez que lo intentaba, Miguel la miraba preocupado:
¿Qué ocurre, Valen? preguntaba. ¿Otro sueño?
Valentina, por primera vez, guardó su inquietud. Temía decirle a Miguel que sostenía una pequeña cabeza en la palma, la misma que había sentido al envolver a Víctor durante apenas un minuto. Miguel, temiendo empeorarla, también guardó silencio; comprendía lo que significaba sostener a un bebé ajeno, rechazado por quien lo había entregado sin remordimientos.
Entonces, la tragedia llegó: Canela desapareció. Valentina la sacó al patio, dejó que hiciera sus asuntos, se agachó para recoger los desechos y, al volver, el perro había desaparecido. Buscó en todos los patios, llamó bajo cada arbusto, volvió a casa y llamó a Miguel para seguir buscando, pero Canela se había perdido como si se hubiera fundido en el agua.
Dos días y dos noches de llanto y deambulaciones por el barrio culminaron cuando, al tercer día, Canela reapareció, sucia y empapada por la lluvia, pero viva.
¡Canela, mi alegría! exclamó Valentina, alzándola en brazos. ¿Dónde estabas?
El perro lamió su nariz, y la cabeza redondeada de Canela recordó a Valentina la pequeña cabecita que había sostenido en la mano minutos antes.
¡Miguel! gritó Valentina.
Miguel, al llegar, entendió que algo importante estaba a punto de contarse. Por primera vez esa noche, Valentina le reveló sus temores, su sueño y el niño que había encontrado con Canela una mañana de otoño.
¿Crees que ya lo han adoptado? preguntó, secándose las lágrimas con un paño.
No lo sé, Valen. Pero podemos averiguarlo. Tengo contactos en la protección infantil; si lo han tomado, será una bendición. Si no dijo, abrazándola.
Miguel, sin decir más, la llevó a la cama y, como siempre, le susurró:
Vamos a dormir; la mañana aclarará todo.
Seis meses después, Víctor, ahora llamado Vova, miró a los ojos de la mujer que nunca recordaría y al hombre alto y robusto que le tendió la mano.
Yo soy Vova dijo.
Miguel apretó su mano con delicadeza y, mirando a su esposa, añadió:
Basta de quejarnos, madre, ¡volvamos a casa!







