Soledad: Un Viaje a Través de la Intimidad y el Aislamiento

Soledad

Dame un beso, el caballero se comprometió, y ella lo rechazó. Mejor una sola, aunque sin servicio gratuito de verano.

¿Qué haces sola, Carmen? le decía el vecino. Un hombre no debe estar solo, y la mujer siempre necesita compañía. De lo contrario, es como si algo faltara y nadie lo notará. ¿Sabes a qué se refiere la soledad?

¿A qué? preguntó Carmen, cansada de sus propias quejas, apretando los puños.

¡La soledad es una tormenta! exclamó María, la esposa del caballero, sin percatarse del sarcasmo. Cuando quieres dar agua a alguien, los niños son los que la reciben primero.

¿Dónde? replicó sin aliento Carmen.

En el jardín respondió María al fin, aunque su risa ocultaba que el secreto estaba en la sombra. Todo lo que tienes que hacer es aceptar, yo me preocupo por ti. Una sola es pesada, pero el alma se vuelve ligera cuando compartes el camino. Vamos, conozcamos a otros. El caballero es bueno, pero quien no se rinde pronto se vuelve cruel

Carmen llevaba ya diez años sin relaciones. Su exnovio, llamado Alejandro, había aparecido de repente, casi diez años atrás, una sola vez, pero de forma decisiva. Al enterarse, Carmen aceptó la invitación a una cena doble, y luego a un doble de parejas. Aunque el ex intentó convencerla de que una vez basta y que no hay nada extraño si no hay terceros, ella se mostró firme. El divorcio se consumó.

El esposo, tras la ruptura, se comportó con elegancia, dejando a la exesposa y a sus dos hijos bajo una pensión. Los niños crecieron y se dispersaron. El hijo mayor trabajó en Barcelona; la hija se casó y se mudó a Londres con su marido. Carmen quedó viviendo sola en un pequeño piso del centro de Madrid.

La vida en solitario no le molestaba. Hizo un curso, obtuvo una buena profesión y un salario que le permitió vivir a su modo, acogiendo a niños y a la pareja María de vez en cuando. Aunque no era brillante, siempre encontraba ocupaciones y vivía sin aburrirse. Leía mucho, nadaba, hacía yoga, viajaba y, de vez en cuando, se aventuraba a la montaña con sus amigas. En conjunto, estaba satisfecha.

Hasta que llegó el día en que María no quiso decidir su destino

Escucha, Carmen. Un buen hombre todavía no ha llegado, quizá en sesenta y un años. Siete años de distancia. Una casa grande, buena, con granero, establos, vacas, cabras, cerdos y gallinas, ¡nada de eso! Eso es una alimentación sana, leche, huevos, carne. En veinte años vivirás bien, ¡no lo dudes! Además, el hombre es simpático, educado, habla por libros Carmen, intenta, ¿vale? Conozcamos a alguien.

Vale, María, presentemos al vecinococinero, está bien. Pero no prometo nada.

Los tratos no cambian, según dicen. María, sin embargo, no dejó pasar la oportunidad y organizó rápidamente un encuentro con el caballero.

El caballero resultó ser casi nada. Era robusto, musculoso, vestía con buen gusto y calidad. Tenía manos trabajadas, pero limpias, uñas cuidadas. Parecía delicado, un poco tímido, pero con palabras que no llegaban a los oídos, siempre con un toque de humor, y su nombre sonaba español: Juan.

Al segundo encuentro, María se sintió atraída por Juan Carretero. Pensó que tal vez la esposa también necesitaba un alma gemela. Juan insistía en una alianza, mientras Carmen, cansada, deseaba casarse sin compromisos, viajemos juntos, proponía él.

Carmen fue al campo a visitarlo, a ver su granja. Allí había vacas, cerdos, gallinas, y un granero que parecía no contar nada. Había dos trabajadores, de origen asiático. Las ventas de Juan eran escasas; solo vendía carne y leche. Parecía que la granja era parte del negocio de Juan. Él le dijo:

Mira, Carmen, tengo mucho trabajo. Necesito una esposa que ayude. Los trabajadores son buenos, pero, como se dice, si quieres hacerlo bien, hazlo tú misma. Tú serás la mujer que ordeñe vacas, cuide cabras y recoja huevos. La casa sin esposa será un desastre. Yo sé lo que hago, pero la mujer será mejor que un hombre en algunas cosas. ¿Viajas conmigo? La primavera está cerca, la siega empieza. Los campos esperan

Carmen volvió a casa y reflexionó. ¿Para qué todo eso? Tenía una pequeña tienda en la ciudad, un trabajo estable, una casita donde cultivaba verduras en verano y, en invierno, se calentaba con la chimenea. Era su propia dueña. Compró un coche ocho años atrás, lo usaba para ir al mercado y a la casa. ¿Para qué pelearse con cerdos, vacas o gallinas?

Aún tenía que preparar el almuerzo para su marido, comprar cosas, pagar impuestos, y mantener la casa limpia. El ingreso de su negocio era bueno, pero no vivía de lujo. Pensaba en la pensión, que le alcanzaría, y en los pequeños ahorros.

Todo eso era necesario para una vida cómoda. ¿Tenía que inclinarse en el huerto, plantar la cosecha, y levantar la paleta dos pisos por la mañana? ¿Era eso lo que necesitaba? Entonces, Carmen llamó a María:

María, no te ofendas. Rechazaré la propuesta de Juan. Quizá sea un buen hombre trabajador, pero yo no lo necesito. Él no es mi esposo, es solo un vecino. No busco una relación que me limite. Gracias, pero seguiré en mi soledad. A veces, el agua que quieres dar a otros no es para beber.

María se quedó sorprendida, pero aceptó. Carmen siguió su vida, trabajando, leyendo, viajando y cuidando su pequeño jardín. Aprendió que la soledad no es una condena, sino la oportunidad de conocerse a uno mismo y valorar la compañía que uno puede ofrecer. Así, comprendió que la verdadera felicidad radica en la capacidad de estar en paz con uno mismo y, cuando llega el momento, compartir esa paz con los demás. La soledad solo se supera cuando aprendemos a compartir nuestra propia compañía.

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