La Arete de Perlas

**El Pendiente de Perla**

Los operarios no se complicaron desarmando el viejo sofá, al fin y al cabo iba directo a la basura. Usaron un hacha y una palanca para destrozarlo. Los laterales ya estaban arrimados a la pared cuando, de pronto, algo tintineó y rodó por el suelo. Un objeto pequeño y brillante apareció a los pies de Antonio. Se agachó y recogió un pendiente de oro con una pequeña piedra blanca. Una joya sencilla, sin pretensiones.

No había duda, era *ese*. Antonio lo observó en su palma mientras el corazón le martilleaba el pecho. Y así, un torbellino de recuerdos lo arrastró al pasado…

***

Antonio creció en una familia humilde. Su madre era educadora infantil y su padre, conductor de autobuses.

—Estudia, hijo, saca una carrera. Así ganarás bien y quizá hasta montes tu propio negocio. Serás alguien importante, no como nosotros —le aconsejaba su padre.

—Sí, pero sin dinero no se monta nada. Y aquí no hay capital. Cásate con una chica de buena familia, y todo será más fácil. Nosotros no tuvimos ni estudios ni influencias —añadía su madre.

—Anda ya, mujer, ¿acaso vivimos mal? Mira qué hijo tenemos —replicaba el padre.

—Por eso mismo —insistía ella—. Que estudie y que elija bien. Amor es amor, pero el futuro es el futuro.

Antonio callaba, escuchando.

La naturaleza lo había bendecido con buen ver, y desde el instituto no le faltaron pretendientas. Entró en la universidad sin problemas y se enamoró de Claudia, la chica más guapa de su clase: rubia, de rasgos delicados, como de revista. Siempre se sentaba a su lado en clase. Hacían una pareja perfecta, como hechos el uno para el otro.

A Antonio poco le importaba quiénes eran sus padres. Él iba a vivir con Claudia, no con ellos. Pero, por si acaso, sus padres no decepcionaron: su madre era oftalmóloga—un trabajo limpio, sin sangre—, y su padre tenía un negocio de muebles.

Muchos chicos suspiraban por Claudia, pero ella lo eligió a él. Al principio, todo iba bien. Pero cuando la relación se hizo seria, Claudia empezó a exigir. Criticaba su forma de vestir, le obligaba a comprar ropa de marca, cosa que él no podía permitirse. Al final, ella misma le compraba la ropa, pero Antonio, orgulloso, no aceptaba regalos tan caros. Las peleas eran frecuentes.

—¿Te avergüenzas de mí? —preguntaba él.

—No, pero la primera impresión cuenta. Yo tengo dinero y quiero verte bien —insistía ella.

—Pues no. Me humillas. Además, ese dinero no es tuyo, es de tu padre.

—¿Y qué más da?

Pero Antonio no cedía. Claudia, para no perderlo, aflojó.

Sus padres ya habían notado que estaba enamorado y le pidieron conocer a la chica. Su madre preparó una comida abundante, con mantel de fiesta. En casas sencillas se come con lo básico: tenedor y cuchara, sin cuchillos de mesa.

Claudia le susurró que le trajera un cuchillo. Pero en la casa de Antonio no existía tal cosa. Tuvo que arreglárselas con uno de cocina. Sus padres cruzaron miradas al ver cómo Claudia lo manejaba con torpeza. A Antonio le pinchó la diferencia, no por vergüenza de su familia, sino de sí mismo.

—Es guapa, sí, pero no es para ti —suspiró su madre cuando Claudia se fue—. Me equivoqué con mis consejos.

—Mamá, esto no va de consejos. La quiero a ella, no a sus padres. ¿No te ha gustado?

—Bonita es, pero no es tu media naranja.

—Déjale decidir —intervino el padre.

Su madre se encogió de hombros.

Antonio pasó días practicando cómo usar un cuchillo *correctamente*; pronto conocería a los padres de Claudia.

Resultaron ser educados, sin soberbia. La madre parecía más bien su hermana mayor. El padre, en cambio, no tenía pinta de empresario y, desde luego, no usaba cuchillo. Pero Antonio no había practicado en vano: Claudia le sonrió, satisfecha.

—Les caíste bien. Mi padre dice que los mejores maridos salen de familias humildes. Sois parecidos. Y con lo del trabajo, él te ayudará.

Claudia hablaba cada vez más de la boda: el restaurante, la luna de miel… “No te preocupes, mi padre lo pagará todo”. A Antonio le incomodaba. No quería vivir de sus suegros. No tenía trabajo, no podía darle a Claudia la vida que ella esperaba.

—Bien hecho, hijo. No te vendas por un plato de lentejas —lo apoyaba su padre.

—Ni te has casado y ya vas de obediente —se burlaban sus amigos.

Al principio se reía, pero empezó a darle vueltas. Luego se calmó. Solo faltaba un curso. Además, no le había propuesto matrimonio formalmente. Claudia se adelantaba, como siempre. Pero las cosas podían cambiar.

Tras los exámenes, Claudia se fue con sus padres a su casa en Marbella.

Con ella fuera, Antonio respiró aliviado y salió con sus amigos. En una discoteca conoció a Lucía. No era una belleza, pero era dulce. Mientras todos bailaban exagerados, ella lo hacía con gracia, fluida, como si el ritmo la envolviera. Alzaba los brazos, dejando al descubierto su cuello esbelto, movía las caderas con elegancia… Antonio no podía apartar la vista.

Claudia también bailaba bien, pero para lucirse. Lucía lo hacía por puro placer.

Antonio siguió el camino hasta su mesa y la invitó a bailar. Así empezó todo. Lucía estaba de visita en Madrid, estudiaba también el último año.

—¿Lucía, como… luz? —bromeó él.

—De Lucero, el nombre de mi abuela —sonrió ella.

—Bailas increíble. ¿Salimos? Aquí hay mucho ruido.

—Vine con amigas.

—Las llevamos luego.

Pasearon por Madrid, vieron los edificios iluminados, el río…

—¿Y ahora cómo vuelvo? ¡Estamos al otro lado! —se preocupó Lucía.

—Avísales. Mi abuela vive cerca, está fuera. Puedes quedarte en su casa. Yo me voy o me quedo, lo que prefieras.

En la cocina, compartieron café y galletas. Como si se conocieran de toda la vida. Antonio la dejó en el sofá-cama y se retiró a la habitación de la abuela. Pero no pudo dormir, sabiéndola tan cerca.

—¿No duermes? —preguntó ella al rato.

—No.

—Yo tampoco. Ven aquí.

Se acurrucaron y, entre besos, el tiempo se esfumó.

Al despertar, el aroma a tortilla lo sorprendió. Lucía, con una de sus camisetas, cocinaba. La abrazó por detrás… El desayuno esperó dos horas.

—Llego tarde —saltó ella—. Tengo que recoger mis cosas.

A Antonio se le encogió el corazón. Había olvidado que se iría.

—Quédate un día más —rogó.

—No puedo. Mi madre espera.

Mientras recogían, Lucía notó la falta de un pendiente. Buscaron por toda la casa, bajo el sofá, entre las sábanas… Nada.

—¿Seguro que no fue en la disco?

—No hay tiempo de volver.

Antonio llamó un taxi. Justo alcanzaron el tren.

—¿Por qué te importa tanto el pendiente?

—Me lo dio mi padre. Murió al año. Era mi amuleto.

—Si lo encuentro, te llamo.

El tren arrancó, llevándose parte de su alma.

Regresó a la disco, revisó cada rincón… Nada. Llamó a Lucía, pero lasDos años después, ya casados y esperando su primer hijo, encontraron el pendiente perdido entre las páginas de un libro viejo en la casa de la abuela, como si el destino hubiera querido guardarlo para el momento perfecto.

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¿Y luego, ¿vendrás a vivir conmigo? ¡No lo haré!