Se fue al campo y encontró la felicidad.

Ella huyó a la aldea. Y halló la felicidad
Soledad acomodaba sus pertenencias apresurada. Sus manos temblaban, los ojos se le llenaban de lágrimas. Con veinte años de matrimonio, Fermín anunció que la abandonaba por otra joven y alegre. No como ella, cansada de la oficina, siempre entre tareas domésticas y la crianza de los hijos.

No, los hijos ya no vivían con ella. Su hijo estudiaba en otra ciudad, apenas visitaba. Su hija se había casado y mudado a la capital. Soledad quedó sola en el gran piso, que de pronto le pareció vacío y ajeno.

Echó las cosas al maletín desesperada. ¿Qué más daba? Solo deseaba escapar, alejarse del dolor y la humillación.

El teléfono sonó mientras cerraba el maletín. Soledad vio el nombre de su amiga y suspiró. No deseaba hablar con nadie.
–Diga – respondió al fin.
–Señorita Soledad, ¿cómo la encuentro? – preguntó Rosa, preocupada–. Me enteré… ¿Está bien?
–Soy bien, solo empacando – contestó seca.
–¿Adónde se va?
–No lo sé – confesó–. Solo no puedo más aquí.
–Ella tiene la casita en Villabuena, ¿verdad? De su abuela. ¿Por qué no va allá?

Soledad se quedó inmóvil. Así era: la vieja casona de su abuela en la aldea, en donde llevaban años sin ir. Fermín siempre decía que le aburría el campo, prefería el mar.

–¡Rosa, eres sabia! – exclamó–. Allá iré.
–¿Está habitable? ¿Tiene calefacción?
–La chimenea y electricidad seguro. Aquello bastará.

Una hora después, Soledad viajaba en el tren regional hacia Villabuena, 50 kilómetros de la ciudad. Otro mundo.

La aldea la recibió con silencio y el aroma a azahar. La casa ancestral se alzaba en el límite del pueblo, rodeada de cipreses. Tanteó la verja oxidada y entró.

Todo parecía abandonado. Vegetación hasta la cintura, el porche torcido, un ventanal roto. Soledad suspiró doblado. ¿Qué haría allí? Había sido urbana, acostumbrada al lujo.

–¡Quién anda ahí! – sonó un vozarrón, y de entre la maleza apareció una ancianita encorvada con bastón.
–Buenas, soy la nieta de María de los Ángeles – saludó Soledad, nerviosa.
–¡La María de los Angeles! – exclamó la anciana, curiosa–. ¿Y tú, por casualidad, eres Soledad?
–Sí – respondió, asombrada.
–Soy Marucha, vecina – dijo, señalando la casa–. ¿Y por qué vienes?
–Para vivir – afirmó con decisión.
–¡Vivir! – repitió la anciana, escéptica–. Esto requiere manos, nietita. ¿Con qué te vas a entretener, ajos? Será urbana.

Soledad sonrió y caminó hacia la casa. El llavero en su bolso reveló el acceso. Adentro, el olor a humedad y polvo la abrazó. Mobiliario antiguo, chimenea, sillas y dos camas. En las paredes, fotos amarillentas de su abuela, joven y sonriente.

Se sentó, y lloró por primera vez en mucho tiempo. Goteras de tristeza y rabia.

Al amanecer, despertó al canto de los gallos. Se lavó en la palangana con agua del poyo y salió al jardín.
–Buenos días, vecina – saludó Marucha, llegando con un canasto.
–Buenos días – respondió Soledad, agradecida al ver leche, pan y patatas.
–Los comercios están lejos – sonrió–. Se ayudan las vecinas. ¿Vas a vivir aquí?
–Sí – asintió.
–Empezamos por la limpieza – resolvió la anciana.

Limpieza maratónica. Toda la jornada frotando, pavimentando y ventilando. Soledad se sentía viva con el agotamiento.

–Mañana arreglaremos la chimenea – dijo Marucha al despedirse–. El mayo es caprichoso.
Soledad asintió. Comprendía que la vida rural era trabajo, pero esa rutina le aportaba paz.

Días después, junto a los agricultores remiendo ventanas, reparando el porche. Aprendió a cocinar al fuego, a extraer agua del pozo, a hervir el jabón. Manos tiznadas, espalda quebrada, pero su cuerpo asimilaba el esfuerzo.

Una noche, Marucha llegó con una mujer.
–Carmen, trabaja en la biblioteca. Se intérese por la nueva huésped.
Soledad sonrió.
–¿Y qué haces en la ciudad? – preguntó Carmen.
–Era secretaria – respondió.
–¿Economía?
–Sí – encogió los hombros.
–En la escuela nos falta profe para matemáticas. ¿Quieres ocuparla? Temporal.

La incógnita era inesperada. Soledad aceptó.

Pronto se halló frente a un aula de alumnos nómadas, con un programa especial.
–Buen día, niños – saludó temblorosa–. Soy Soledad De la Fuente. Hoy empecemos con sumas.

Los niños, curiosos, respondieron con interés. Al terminar, Soledad sintió el estallido de energía.

Luego, los cultivos en el huerto, los encuentros con la bibliotecaria. Soledad dejó el teléfono en la mesita y miró con mirada nueva. Sus hijos escribían, preguntaban por ella. Ella respondía “Todo bien”. Y era cierto.

El mundo civilizado se alejaba. Sus recuerdos del apartamento, del matrimonio, ya no doliían. Eran el ayer, ahora vacío.

Un tarde, Antonio, el terrateniente vecino, llegó. Alto, fornido, barba espesa.
–Señora De la Fuente, ¿charla? – preguntó con tono aterciopelado.
–Claro, Antonio Ruiz – invitó, ofreciendo té con miel.
–Tengo trabajo, en el molino – explicó–. La contabilidad me supera. ¿Me ayudas?

Soledad meditó. Era laboriosa, pero alentadora. Aceptó.

Amanece: clase en la cuesta; tras almorzar, controles de cultivos. La noche, el huerto.

Un día, Antonio le ofreció ayuda con el campo.
–El estado del terreno es raquítico. Yo tengo tractor.
Soledad aceptó. Juntos labraron y sembraron. Movieron la tierra, bromearon al sol.

–Hay que arreglar este muro – observó Antonio, señalando el cerco roído.
–No tengo fondos – suspiró.
–Haremos un trueque – razonó–. Materiales y trabajo, a cambio de tus comidas. ¿Pacto?

Soledad asintió. Le gustaba su compañía. Antonio era sencillo, firme, protector.

La comunidad construyó el muro. Festejaron con vino tinto, queso manchego y présanos.
–¡Por la nueva morada! – brindaron.
–¡Por la vida nueva! – respondió Soledad.

Otoño. Fermín apareció en un coche lujoso.
–¿Qué haces aquí? – preguntó.
–Miro a los alelíes – respondió ella.
–¿Por qué abandonas el piso?
–Prefiero esto – encogió hombros.

Fermín repasó su cambio: morena, esbelta, con luz en los ojos.
–Tú cambiaste – comentó.
–Es que aumenté – sonrió–. ¿Te queda té?

Tomaron el refresco, y Fermín intentó reconciliarse:
–Vuelve conmigo. La otra fue una locura. Solo amo a ti.

Soledad lo miró con serenidad.
–Gracias, pero mi hogar está aquí.
–¡El campo! ¡No hay nada!
–Todo está – respondió–. Personas, trabajo, paz.

Invierno. Antonio trajo manzanas.
–La de esta finca es dulce – afirmó.
Soledad sonrió y los dos emprendieron otra faena. Al final, Antonio preguntó:
–¿Regresó alguien?
–Mi ex – contestó.
–¿Y?
–Me rechazo – sonrió Soledad.
Antonio sonrió, satisfecho.

El sábado, Antonio le ofreció asistir al fandango en el salón de la plaza.
–Este villano desea hacerle compañía – dijo tímidamente.
–Con mucho agrado – replicó.

Vista en su mejor falda, Soledad bailó bajo las estrellas. Antonio, torpe pero comprometido, la guió en la danza.
–Me agradan – murmuró–. Veo el campo como usted. Sin afán material.

Soledad lo miró. Alto, fuerte, honesto. Le devolvió el brillo. Aceptó.

Prontamente, las conversaciones sin cortejo. Antonio, suplicante:
–Señora De la Fuente, ¿vacaciones conmigo?
–Vaya, Antonio Ruiz. Las tres.

La boda fue coral. Los hijos, aunque sorprendidos, abrazados a su madre feliz.
–Lo principal es su alegría – dijo su hija.

Soledad halló su sitio: en Villabuena, entre viñedos, con Antonio, y en las aulas. Cada mañana, una sonrisa. La labor escolar, la viña, las veladas junto a la chimenea.

A veces recordaba la vida pasada, llena de afán y estrés. ¿Era felicidad? Recomprendió: la felicidad es estar en tu sitio, obrando con amor, cercado por quienes te aman de veras.

Huyó a la aldea, escapando el dolor. Halló cariño y su identidad. Y fue feliz. Como todos quieren sentir.

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Se fue al campo y encontró la felicidad.
– Tu madre ya no vive aquí – me dijo mi marido al verme llegar con mis maletas