¿A dónde vas con la maleta, papá? preguntó, como si fuera una simple curiosidad, la joven Luz, de treinta años, mientras su marido, Miguel, cerraba la puerta del apartamento con un golpe seco.
¿Qué cacerola dices? replicó Miguel, sorprendido, como si la palabra fuera un eco sin sentido.
Pues la cuenta del edificio, la comida, la lavadora, la limpieza ¿cuánto piensas aportar al mes? inquirió Luz, con la voz de quien ya había escuchado esas preguntas mil veces.
Miguel miró a su esposa, desconcertado, y comprendió que ella no esperaba nada.
Todo lo malo que rodeaba a Luz parecía venir de fuera: maridos infieles traicionaban a sus mujeres, y las mujeres a sus maridos; niños revoltosos llenaban las casas de gritos; y las suegras, con sus reproches, asediaban a sus nueras.
En la vida de Luz, sin embargo, esas sombras jamás cruzaban la puerta de su morada. Allí, el salón estaba siempre tibio, y la suegra, cuando aparecía, resultaba ser una aliada inesperada.
Los demás culpaban a la culpa misma: ¡Hay que mantener al marido con una correa corta, disciplinar a los hijos y mantener distancia respetuosa con la suegra!
Todo transcurría en calma hasta que una noche Luz encontró a Miguel en la cama con su amiga, en el lugar y el momento equivocados.
Descubrió que una casa también puede ser lugar prohibido si uno llega a ella cuando no debe. Fue repugnante, vil y bajo. El efecto sorpresa golpeó a Luz sin aviso, y en un abrir y cerrar de ojos perdió todo: la familia, el esposo y la amiga.
La noche anterior, Luz había preparado un bonito filete de caballa al horno, con una costra dorada y una cama de zanahorias y cebollas asadas. Lo sirvió a Óscar, su compañero de piso, arquitecto que trabajaba desde casa.
La receta de Luz era una explosión de sabor: el pescado se marinaba media hora en una mezcla de mostaza, mayonesa, miel y especias, luego se envolvía en papel de aluminio y se gratinaba hasta quedar crujiente. Óscar lo devoraba con entusiasmo.
En la cocina, la amiga y el amante de ella se reían mientras se zampaban la caballa. Él solo llevaba calzoncillos, ella una camisa desabrochada, y bajo ella nada se veía.
En el dormitorio, la cama estaba desarmada como en una película de terror. La amiga se sonrojó, el hombre balbuceó alguna frase sin sentido: ¡Mira, Tatiana está aquí y tú no apareces!
Luz, con la cara hecha una palmera, preguntó con sarcasmo:
¿Sin calzoncillos, esperas que lo espere?
¿Por qué sin? ¡Son tangas! respondió Óscar, revelando que él sabía del lado oscuro de la amiga.
Luz se abalanzó al dormitorio, atrapó un montón de ropa interior y la arrojó al rostro de la pareja, directamente sobre la mesa donde reposaba el pescado aún tibio.
Luego, con voz que resonaba como los gritos de los toreros, gritó: ¡Váyanse al carajo! y salió al salón.
Un ruido de pasos se oyó tras la puerta; la entrada se cerró de golpe y Miguel volvió, como si intentara reanimar la situación.
¿Qué haces, mujer? ¡Te juro que no he quitado la ropa de la cama! protestó, con el proyecto de un edificio bajo el brazo.
Pues… desnúdate, que hace calor bromeó Luz, mientras su madre, Doña Carmen, miraba con la mirada de la abuela que siempre decía el que no llora, no mama.
Miguel se marchó en tren a otra ciudad, dejando el apartamento de Luz vacante.
Luz, que había dejado el edredón sobre su almohada por la mañana, vio cómo el mismo edredón ahora yacía en el suelo.
Al final, Miguel, con la maleta, se fue a vivir con su madre; el apartamento quedó en manos de Luz, que ahora debía enfrentar la soledad.
Un día, la suegra buena, Doña Pilar, apareció con una sonrisa y una taza de café, pero la distancia se volvió la única forma de mantener la paz.
En la entrada del edificio, un joven de veinte años, Chirri, apareció con otra maleta, como si el destino le hubiera enviado un paquete de sorpresas.
Los lazos familiares se desmoronaron con la misma rapidez con la que un reloj derrite la cera bajo el sol. Luz se sintió como una hoja en el viento, incapaz de mirar a los hombres sin sentir náuseas.
Los niños nunca llegaron; solo dos años compartieron su techo antes del divorcio, cuando Luz apenas cumplía veinticuatro.
El tiempo la fue enfriando, y un nuevo pretendiente entró en escena: Diego, un chico un año más joven que ella, de sonrisa fácil y mirada brillante.
Se conocieron en el mismo apartamento, y él se quedó a pasar la noche un par de veces. Pronto, Diego pidió mudarse con ella, como quien quiere compartir el pan.
Nos amamos, ¿no? Entonces vive conmigo, cariño le dijo, con el rostro lleno de ilusión.
Luz tembló, porque los matrimonios felices, según los dichos, son aquellos donde uno ronca y el otro no oye. Ella escuchaba todo.
Diego roncaba como una sierra y, a la vez, le lanzaba las piernas sobre ella como si fueran alas de mariposa. Aún con mantas diferentes, él encontraba la forma de arrojarle muslos como si fueran tiras de jamón.
Durante dos noches de felicidad, Luz apenas concibió sueño.
Al final, la oferta de vivienda permanente fue rechazada; el caballero fue expulsado del reino, con su mochila como único acompañante.
Luego apareció Misael, un chico de treinta años, bueno para la cama pero totalmente inadaptado a las tareas domésticas; su madre lo había criado para vivir de la casa de los padres.
En el fregadero se acumulaba la vajilla sucia; nunca lavó una taza. Cada vez que le pedían que sacara la ropa sucia del cesto, no supo encender la lavadora.
Misael vivía de los ingresos de alquilar una habitación en el piso de sus padres, con una pensión de cuarenta mil euros al mes, de los que apenas salía para sus caprichos, menos los alimentos y la pensión de su hija.
Él quería mudarse con Luz:
Quiero despertar a tu lado, Lucía.
Vale, despierta y duerme contestó ella, mientras negociaban el fondo común.
Luz preguntó:
¿En qué cacerola vamos a meter el dinero?
Misael, sorprendido, respondió:
¿Qué cacerola? con la cara de quien no entiende la pregunta.
Luz, con la paciencia de una monja, le explicó la cuenta del edificio, la luz, el gas, la comida y la ropa.
Él, sin comprender, soltó:
¿No quieres casarte?
¿Me lo propones? replicó Luz, con una ceja alzada.
Claro, si nos ajustamos contestó él, pero la palabra si se desvaneció como niebla.
Al final, Misael también desapareció, dejando tras de sí solo un eco y una frase:
¡Eres una bruja!
Luz, al oírlo, respondió:
¿Como la primera, o peor?
Después llegó Santi, un hombre de veintiocho años, con el rostro de quien había bebido demasiado vino y, sin embargo, había encontrado trabajo decente y una casa impecable.
Lavaba ventanas, barría suelos, aspiraba y colgaba la ropa con una gracia que Luz nunca había visto.
Pero el destino, como siempre, jugó su carta: Santi desapareció justo cuando estaban a punto de presentar la solicitud de matrimonio.
La futura suegra, Doña Carmen, llamó llorando:
¡Acepta al hombre, por el bien de la familia! suplicó.
Luz, cansada, respondió con indiferencia: No me importa.
Al cumplir treinta, Luz se encontraba sola, con una madre que llamaba todos los días preguntando por los nietos.
Sus amigas se preguntaban cómo una mujer tan bella y lista podía estar sin pretendiente.
Luz, cansada de esperar, decidió adoptar una gatita callejera, a la que llamó Misu.
Misu escuchaba sus penas sin interrumpir, solo maullando como quien aprueba.
Con el tiempo, Luz se enamoró de Valentín Ibarra, propietario de varias farmacias, rico, independiente y sin hijos.
Era un hombre de verdad, con sonrisa de galán y un corazón sin ataduras.
Luz se convirtió en una mujer de fuego, una belleza fatal que, por fin, parecía haber encontrado su final feliz.
Su madre exhaló aliviada: ¡Los nietos ya están a la vuelta de la esquina!.
Los amigos recibieron la noticia de la boda con alegría; el novio vivía en un amplio piso de dos habitaciones en el centro de Madrid.
Luz invitó a Valentín a cenar; él prometió mudarse con ella al día siguiente, con los muebles ya embalados.
Todo comenzó bien: una cena ligera, charlas sin esfuerzo, bromas y miradas que prometían estrellas.
Valentín juró que le regalaría una estrella y muchas más cosas de lujo.
Pero, al ir al baño, Valentín pisó a Misu. No la hirió, pero la interrumpió en su camino de A a B, como si el gato fuera una simple sombra en el suelo.
Valentín, con una sonrisa torcida, dijo:
¿Todo por una gatita? como si fuera una broma.
Luz quedó paralizada; el golpe no fue físico, sino el daño a su orgullo.
El novio, sin inmutarse, respondió con una sonrisa de todo vale.
¿Así que todo nuestro amor depende de una mascota?, preguntó, mientras la cena se derrumbaba.
Valentín se marchó, lanzando una frase hiriente:
No pensé que acabarías siendo una ¡débil!
Luz, con la dignidad de una reina, cerró la puerta y arrojó al pasillo su abrigo de piel y los anillos que había recibido.
Su abuela, Doña Pilar, la reprendió:
¡Mala vida, hija! ¡Los niños se hacen, pero tú te quedas con la gata!
La niña, sin complejos, respondió:
Aún puedo ser madre, aunque sea a la edad de la jubilación.
Y la abuela, citando proverbios, dijo:
Si te gustan las cerezas, aprende a escupir las semillas.
Luz se tomó ese consejo y volvió a filtrar su vida, buscando al marido y padre ideal para su futuro hijo.
Algunos dirían que era una búsqueda sin sentido, una locura de corazón.
Pero ella, como la actriz famosa que siempre admira, se lanzó al amor una y otra vez.
Finalmente, eligió a Nicolás, un hombre de cuarenta años, divorciado, atractivo y con una cuenta bancaria decente.
No abusaba de malos hábitos, ayudaba en la casa sin que le pidan, sacaba la basura y hacía la compra.
¿Era él una fuente de miel o una gota de brea? Tenía su lado amargo, pero también un pequeño punto de luz.
Nicolás tampoco roncaba como un motor, pero sí dejaba una charca de agua en el baño que hacía eco en los azulejos.
No había reclamos; él sería un buen padre.
Incluso se encariñó con Misu, que lo aceptó como su propio rey felino.
La madre de Luz, Doña Carmen, pronto recibiría la noticia de que estaba embarazada; la prueba de embarazo mostraba dos líneas.
Luz, al entrar al baño y ver a Nicolás parado sobre la charca, cruzó la zona resbaladiza y gritó:
¡Ya voy! No me dejéis sin mí y sin Misu.
¿Era justa su reacción? ¿O tal vez no importaba?
Así, la vida de Luz seguía su cauce, entre maletas, cocinas con caballa al horno, suegras comprensivas y gatos que cruzan el umbral de los sueños.






