La astuta madre y su ingenuo hijo

¡Vaya, vaya! Mira qué majo, ¿no? Ya ves, el único piso que tengo me lo estoy quedando yo. ¿Dónde vivo yo si no? – María Dolores dio un suspiro y se dejó caer en la silla. – ¿Qué haré cuando sea mayor, eh?

– Madre, ¿de qué va esto? ¿Por qué hablas así del piso? Solo quería presentarte a Lucía, eso es todo – Javier puso cara de perplejo, sin entender cómo una simple conversación se había convertido en un enredo.

– Ya, ya veo – María Dolores sacó el pañuelo del bolsillo del chándal y se sonó la nariz –. Las jóvenes siempre dicen lo mismo cuando quieren conocer a los padres: “quieren el bendición”. Y luego, ¡zas!, se van a vivir juntos. ¿Y yo qué hago?

– Mami, ¿qué cosas te inventas? Aún no somos novios de verdad – Javier, como siempre, buscaba calmarla con tono suave.

– Anda ya – la madre frunció el ceño –. Todas las chicas dicen lo mismo al principio. ¡Yo también fui joven, mijo!

Javier se dejó caer en la silla, con la mirada en el suelo. No entendía por qué por un día que pensaba presentar a Lucía, se había trasformado en una lucha sin fin. Las cosas con su madre habían estado cada vez más tensas desde que ella se jubiló. María Dolores, aunque con cincuenta y siete años, seguía siendo una mujer atractiva, pero ahora se aferraba a él como si fuera el único ancla de su vida. Javier, ya mayorcito él también, sentía que se hundía cada vez más en aquel abismo de celos imaginados.

– Dile que vámonos mañana, Lucía – murmuró al teléfono, saliendo a la escalera –. Perdona, ¿vale? Me avisó mi madre que se sentía mal.

Al regresar al piso, María Dolores ya estaba en la cocina, canturreando su canción favorita: *La Malagueña*. Javier la recordaba desde pequeño. Ella lo hacía siempre que estaba contenta.

– ¿Te cancelaste la cita? ¡Bien! – María Dolores le sirvió un plato de arroz con cacao. – ¡Come, mijo, que cada día estás más en culo!

Javier cogió la cucharilla, aunque el corazón le pesaba. Le daba la sensación de que ya no era el hombre de treinta años, sino un niño pequeño de nuevo, bajo la mirada protectora de su madre.

– Mami… – empezó con voz dubitativa –. Pero ya tengo treinta años. A veces… a veces me gustaría…

– ¡Exacto! – María Dolores se le adelantó –. Tienes treinta años y ni una mujer ni un hijo. Solo buscar a la primera que pasa. No, hay que elegir con cabeza.

– ¡Con la cabeza sí que elijo! – se defendió Javier, incómodo –. Hace medio año que estoy con Lucía. Trabaja en una empresa de programación.

– ¡Programadora! – María Dolores soltó una carcajada –. ¡Todo el día delante del ordenador! ¿Y tú te piensas que es una mujer decente? Mejor fíjate en la hija de la vecina, Carmen, la de la panadería. Es buena mujer, sí señor. Tiene los ojos más bonitos de todo Madrid.

– Mami, ¿no crees que esa es la misma que me acosó hace tres años y me llamó por teléfono cada día durante un mes? – Javier hizo una mueca.

– ¡No, no, no! – María Dolores se levantó de un brinco –. Aquí hay un error, mijo.

– Bueno – suspiró Javier, concentrado en su ración –. A ver, mami, la vida privada me la tengo que gestionar yo.

– ¿Cómo? ¿A mí ya no debo escucharte? – María Dolores se le quedó mirando con lágrimas en los ojos –. ¡Te he criado, te he dado de comer, te he ayudado a levantar! ¿Y ahora ni a la madre respetas? ¿Esa es la forma de agradecerlo?

Javier sentía el corazón hecho pedazos. Aquel chantaje emocional lo paralizaba.

– Mami, no es eso – añadió en tono conciliador –. Solo quiero decidir yo con quién salgo.

– Mijo, demasiado confiado eres – María Dolores le cogió la mano y le apretó con mimo –. ¿Crees que no veo cómo Lucía solo quiere robarte la vida? ¿Un ingeniero con piso? Seguro que ya tiene preparado su vestido de novia de boda.

Javier tragó saliva. Aquello ya era una confirmación de todo lo que había estado temiendo, aunque sabía que explicárselo a su madre sería peor que una guerra.

Al acabar la comida, Javier se encerró en su habitación. El piso, que antes le parecía espacioso, parecía ahora un cárcel. Recordó las palabras de su padre, quien hace quince años le dijo: “No dejes que te trague”, y ahora esas palabras sonaban como un grito en su cabeza. Era como si de un día para otro se le hubiera quitado el oxígeno.

A la mañana siguiente, el olor a churros calentados y café lo despertó. De nuevo, ese ¿cariño manipulador? ¿O solo recordaba lo que se merecía?

– Buenos días, dormilón – María Dolores le ofreció la bandeja con una sonrisa dulce –. Te llamé a la oficina y dije que estabas enfermo. Nos podemos ver el día entero, a ver la tele.

– Mami, no puedo faltar al trabajo – respondió, levantándose con ligereza –. Tengo un proyecto importante.

– Un día no va a ser nada – María Dolores lo miró con cara de descaro –. Además, necesito ayuda con los armarios y el trastero.

– Mami, ya veremos. Lo dejamos para el fin de semana – Javier estaba decidido, sonó la puerta. – El día está por empezar.

– Está bien – María Dolores se sentó en la puerta de la cocina –. Pero si algo me pasa…

Javier salió rápido, con el pelo chorreando por el agua de la ducha. No entendía por qué se dejaba llevar tan rápido por ella.

Al abrir la puerta, allí estaba Lucía, con un pastelito en la mano y una sonrisa.

– Hola, he pensado que te haría falta una visita – dijo dulcemente –. ¿Puedo pasar?

– Sí, claro – Javier se apartó para dejarla entrar –. Pero mamá quizás no te deje hacerlo.

– ¡Ah! ¡Eres la novia! – María Dolores se acercó a saludar a Lucía –. Encantada. Pero a mi hijo le hace falta descanso. Ya sabes, con lo que le duele en la cabeza.

– Mami – Javier la miraba con cara de pocos amigos –. Me siento perfecto.

– Anda, no te escondas – María Dolores le acarició la mejilla con suavidad –. Si no fuera por mí, ahora mismo estarías en cama con fiebre.

– ¿En serio? – Lucía se lo comía con los ojos –. Me da pena, mejor me voy.

– No, no, vete tranquila – Javier la cogió del brazo –. Perdón por esta locura.

El día fue un desastre. María Dolores seguía con sus estrategias: preguntaba de Lucía cómo le iba, de sus padres, de cómo se le daba la vida. Luego, con sus sabidurías, la comparaba con las chicas de antes, que se quedaban esperando a que los chicos las llamaran.

– En mi tiempo, no se daban por entendido – comentó cuando Lucía mencionó cómo habían empezado a salir.

– Tal vez, pero el mundo ya no es así – Javier se apresuró a apaciguar el momento.

– Claro que no – María Dolores asintió –. Pero el ser humano es igual: quieren señores de posición y los hombres… bueno, tú sabes.

– Mamá, es suficiente – Javier no aguantaba más –. Vamos, Lucía, salgamos un rato.

– ¿Y a estas horas? – María Dolores puso cara de enfado –. ¿Y sí se pone peor?

– Mami, ¡no estoy enfermo! Y no me dejaste ir a trabajar porque tú dijiste que estabas mal. Ahora vamos a salir. Y no esperes antes de las once.

– Pues así que esta es la agradecida – María Dolores se quedó muda, con un rictus de dolor –. La primera que aparece y te olvidas de tu madre.

– Tienes que entendernos, mami – Javier cogió a Lucía del brazo –. No somos unos demonios.

– No hace falta – Lucía se despidió con un beso en la mejilla –. Llámame cuando puedas.

Javier volvió a su casa con el corazón roto. No sabía si soportaría la vida junto a una madre que solo buscaba manejar cada paso de su camino.

– ¿Satisfecha, mami? – preguntó con voz fría –. ¿De nuevo arruinaste todo por tu ego?

– ¿Yo? – María Dolores se levantó de la silla –. ¡Yo solo te doy consejos! Ella no te va a aportar nada.

– Pues no parece – Javier salió con paso decidido –. Tengo que pensar, lo necesito.

La dejó llorar con su dramática enfermedad (como siempre). Esta vez, no hizo caso. No te dejes engañar.

Tres días después, volvió. María Dolores ya no lloraba, hablaba con calma.

– Come – le ofreció una sopa recién hecha –. Cenamos en paz.

– ¿De qué manera? – Javier la miró con cara de asombro –. ¿No estás enfadada?

– Me doy cuenta de algo, mijo – María Dolores cambió su cara de enojo a una serenidad que le sorprendió –. No quiero perderte.

Javier calló.

– Ayer vino la señora del sexto. Me contó que su hijo vive en Irlanda y le llama cada mes. No quiero eso. Quiero verte, verte feliz. Yo… no sé vivir sin ti.

Javier la miró con una mezcla de emoción y alivio. Se acercó y la abrazó.

– Lo sé, mami. También yo he aprendido.

– Y tampoco me vayas a acusar de egoísta – añadió con una risilla –. Pero pruébame que me quieres. Viene el verano, ¿me visitáis? En Galicia tengo una tía.

Javier sonrió. Esta vez no era un chantaje. Era un intento de rediscubrirse. Y por primera vez, sintió que podía respirar libre.

Al final, el majo de Víctor y su mami María Dolores comprendieron que ser felices no solo significaba quererse, sino también dejarse vivir.

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La astuta madre y su ingenuo hijo
Chica, sienta a tu hijo en tu regazo