15 de abril de 2025, San Agustín de Guadalimar
Hoy vino el frío de la sierra y la hierba del patio se marchitó como los recuerdos que dejan los días que no regresan. Desde la sombra de la tapiada que rodea mi corral, don Antonio se sentaba todas las tardes en el banco de piedra, con su taza de café humeante y un trozo de pan moreno para mí. Mi nombre es Clara, aunque nadie lo sabe excepto él. Llegábamos siempre al mismo pacto: él lanzaba el pan, yo picoteaba con mi pico, y así celebrábamos la paz del crepúsculo. Hacía siete añitos que repetíamos esta danza, como las campanadas de la iglesia en Nochebuena.
Un miércoles, don Antonio no apareció. La taza vacía cayó al suelo con un ruido seco, como un lamento de hierro. Pasaron cinco días, luego doce. La tristeza se instaló en el banco como un pariente indeseado. Decidí volar hasta las casas cercanas, donde el aire olía a sálvia quemada y desesperación. En la últi*na casucha, lo encontré: en la cama, con la piel más gris que el carbón del horno. Aunque apenas podía hablar, extendió el brazo y gimió mi nombre en olor a incienso. Fui a la sierra y regresé con ramas de romero y verbena silvestre. Él las hirvió en una caldera oxidada, y poco a poco, el color volvió a sus mejillas como la aurora después de la tormenta.
Pero el Creador tiene un sentido dantesco del humor. Don Antonio se fue el jueves, con el viento de la primavera colándose por la ventana. Venían sus hijos desde Zaragoza y Bilbao, trayendo maletas y miradas de pescado muerto. El más alto era un tipo con traje de tantán y ojos de rata de biblioteca. Cuando me vió posada encima del lecho, me arañó con un dedo airado y soltó el refrán de siempre: *”Cría cuervo y te sacarán los ojos.”* Don Antonio, con sus últimas fuerzas, lo fulminó con la mirada y murmuró algo que no olvidaré: *”La gratitud no nace de la sangre, sino del techo compartido. Cuervos vimos más verdad que esas almas secas que hojean los testamentos con hambre de viudo.”*
Ahora el banco está cubierto de musgo, y el café se enfría antes de rozar el alma. Pero cada noche, aún traigo pan a la sombra de esa tapiada, por si acaso el amor vuelve a acercarse, esta vez desde el otro mundo.







