Dos ramos para mamá
El refugio secreto del pequeño Pablo en la casa era el armario. Un inmenso armario de madera oscura, casi negra, que ocupaba el rincón de la habitación que compartía con sus padres. Las puertas, tan pesadas para sus manos diminutas, crujían con un gemido que parecía un susurro del pasado cada vez que se abrían. Dentro, Pablo apilaba sus juguetes sin complicaciones: un osito con la oreja rasgada, un payaso que llevaba un enorme sombrero azulrojo que la madre le había regalado en Nochevieja, y un caballo. Sí, un caballo.
El caballo había sido antes negro como la tinta, con una melena lujosa del color del ala de un cuervo. Con el tiempo, el plástico negro se agrietó y se quemó en algunos puntos bajo el sol, pero la melena permanecía casi íntegra. Pablo lo alimentaba con hierba de juguete y lo acariciaba con cariño.
Ese armario era el Narnia de Pablo, su mundo oculto donde ocurrían auténticos prodigios: el payaso se convertía en caballero, galopaba sobre el fiel corcel y defendía a una princesa resplandeciente del temible oso. Lo que sucedía después de la victoria del caballeropayaso aún no lo había imaginado, y, como en los momentos más emocionantes del juego, la abuela empezaba a buscarlo.
Pablo temía mucho a Doña Lola, su abuela. Sus manos siempre estaban sucias y entrelazadas, como quien ha trabajado la tierra todo el día; su rostro estaba surcado de arrugas tan profundas como un campo recién arado en primavera. Su voz, aguda y fuerte, resonaba como el ladrido rasposo de su perro Roco, que vivía todo el año en la caseta del jardín y, al parecer, había cogido un resfriado.
Al pobre Roco Pablo le sentía una compasión especial, sobre todo en invierno, cuando el viento de febrero arrancaba los cristales de las ventanas y una tormenta de nieve cubría la caseta casi por completo. Una noche particularmente helada, el niño, envuelto en pijama de franela con ositos y calcetines de lana, se escabulló silencioso para rescatar al perro. A medio camino, la voz cargada de preocupación de su madre y el grito furioso de la abuela lo alcanzaron. Carmen, la madre, estaba en el umbral con una cartera colgando de su hombro, mirando la oscuridad y llamando:
¡Pablo, hijo mío, ¿dónde estás!
Detrás de ella, Doña Lola vociferaba:
¡Vuelve, hijo de la calle! ¿A dónde te metes, necio? ¡Todo por tu padre, ese despistado que siempre está con la cabeza en las nubes!
El padre despistado nunca estaba en casa; tenía un trabajo que consideraba vital. Pablo no comprendía del todo qué era un camionero de larga distancia, pero intuía que era algo más importante que él, pues su padre llegaba de vez en cuando, le daba una palmada en la espalda, preguntaba ¿cómo va todo? y se marchaba a dormir.
Doña Lola le llamaba camioneraabuela y la madre, tapándose los ojos, repetía:
Tranquilo, hijo, lo superaremos. Eres mi tesoro, ya casi un chico grande. Mira lo que te dejo: el reloj de papá, como el de los adultos. Papá vendrá cuando las manecillas pequeñas y grandes se encuentren en la base y en la ventanita de la fecha aparezca el 12. ¿Lo recuerdas? No lo pierdas.
Pablo se infló de orgullo al poseer aquel reloj de adulto, pero le resultaba incómodo observar a su amigo Fede saltar alegremente junto a su padre los domingos por la mañana con cañas de pescar: el padre de Fede tenía una caña enorme, y Fede una pequeñita y un cubo en el que nunca lograba atrapar nada decente.
Incluso la pequeña Crisanta, a quien Pablo consideraba algo torpe porque todavía no sabía leer, se subía cada domingo a la blanca Ibiza de su padre y marchaba al mercado. Pablo, a sus cinco años, ya podía leer en voz alta letreros como Farmacia y Óptica, aunque todavía no distinguía bien la diferencia.
Pablo soñaba que algún día su padre lo llevaría a bordo de la gran furgoneta con la que trabajaba, y juntos partirían en negocios de hombres. Pero en los escasos días en que el padre estaba en casa, el ambiente se tornaba tenso: discutían con la madre, ella lloraba, Doña Lola se quejaba, el padre golpeaba la puerta y salía a fumar. El niño se ocultaba en su armario favorito, aferrado a su fiel osito, y lloraba. Los verdaderos hombres, claro está, no lloran, pero ni el osito ni el payaso lo dirán. Ese secreto quedaría solo entre Pablo y sus juguetes.
Aquella tarde era el cumpleaños de Carmen. Pablo corría por el patio cuando, de pronto, se detuvo. En la acera frente a él vio a su padre, que sostenía del codo a una joven mujer de vestido rojo. Ella reía, y en sus manos brillaba un gran ramo de rosas, tan grande y hermoso que al niño le faltó el aliento.
¡Para mamá! destelló en su mente. ¡Hoy es el día de mamá! Seguro es para ella y su corazón se agitó de gozo.
Al anochecer, la madre y la abuela pusieron la mesa festiva: patatas al horno que acababan de salir del horno, gelatina transparente temblando en los vasos, pepinillos crujientes del sótano y un enorme pastel decorado con rosas de crema rosada. Falta una sola rosa en la cima del pastel: Pablo la había tomado antes de tiempo. Cuando los invitados se sentaron, su padre regresó con otro ramo, pero no de rosas. Eran modestos crisantemos blancos envueltos en papel grisáceo. Carmen brilló, lo abrazó por el cuello y, como una niña, rió llena de felicidad.
Pablo tragó aire, con la boca seca, a punto de preguntar dónde se habían ido las primeras flores, a qué se habían escapado. Pero al mirar a su madre, vestida con un nuevo vestido rosa que le quedaba como anillo, sus mejillas sonrojadas ya fuera de la alegría o del baile, decidió guardar el silencio.
Más tarde, volvió a su oscuro armario, entre el osito y el payaso, y giró el reloj de papá en su muñeca. Aquel reloj, antes tan importante y mágico, tenía las manecillas quietas, como si el tiempo se hubiera detenido. Lo giró varias veces, pero fue en vano. Las lágrimas se acercaron a sus ojos, pero esta vez no las dejó caer. De pronto comprendió que llorar no serviría; ya no era el niño que esperara al padre en la carretera.
Pablo colocó el reloj en la repisa, entre el osito y el payaso, y cerró suavemente la puerta del armario. Ya no habría más prodigios en su Narnia.
En la habitación, la madre cantaba a medio voz mientras abría los regalos. Pablo se acercó, la abrazó por la cintura y sintió cómo temblaba.
Estoy contigo, mamá susurró, firme. Siempre estaré contigo.







