AMOR ÚNICO

14 de noviembre de 2025

Hoy he sentido el peso de los años que se acumulan como la paja bajo la lluvia. En el día del funeral de mi esposa, Lucía, ni una lágrima cruzó mi rostro. La gente murmuraba a mi alrededor, pero yo permanecía tan inmóvil como una estatua de piedra.

Mira, te lo dije, nunca la amó, susurró mi vecina Teresa al oído de su amiga Carmen.
Cállate, ¿qué importa ahora? Los niños se quedan huérfanos con un padre así replicó la otra.
Verás, se casará pronto con Catalina aseguró Carmen, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
¿Con Catalina? ¿Qué tiene ella con él? Glafira es su amor. ¿Has olvidado cómo se paseaban por los graneros? Catalina no se meterá con él; tiene familia y ya lo ha dejado atrás. contestó Teresa.
¿Tú lo sabes? preguntó Carmen.
Claro. El marido de Catalina está en la guardia del frente. Ella no necesita a un hombre como Federico, es práctica. En cuanto a Glafira, sigue enredada con su Mikel. Eso sí que avivará el romance concluyó Teresa.

Lucía fue sepultada bajo la sombra del olivar. Los niños se aferraron a las manos de los adultos como si el mundo no pudiera seguir sin ella.

Miche y Paula, apenas habían cumplido ocho años. Lucía se había casado con Federico por un amor que, según contaban, nunca supo si era correspondido; los aldeanos tampoco lo sabían.

Se rumoraba que Lucía había quedado embarazada y, por eso, Federico se vio obligado a casarse con ella. La niña, Clara, nació prematura, vivió siete meses y falleció. Tras eso, la pareja quedó sin hijos. Federico siempre caminaba con la mirada apagada y hablaba poco; le decían el gruñón porque escaseaba las palabras y aún más los cariños. Todos lo sabían, incluida Lucía.

Sin embargo, la Providencia le concedió a Lucía dos hijos al fin. Paula y Miche son gemelos. Miche heredó la dulzura de su madre; es tierno y compasivo. Paula, en cambio, se parece a su padre: callada, cierra su corazón tras mil cerraduras y guarda silencio. Nadie llega a entender qué pasa por su mente, aunque ella parece estar más cercana a su padre por compartir temperamento.

Cuando Federico trabajaba en el granero, Paula giraba a su alrededor, escuchando sus enseñanzas sobre la vida. Miche, mientras tanto, ayudaba a su madre recogiendo polvo y llevando agua en un pequeño cubo; aunque su contribución era diminuta, era constante. Lucía adoraba a sus hijos, aunque no lograba comprender a Paula. Con Miche, su amor era total.

Al borde de su muerte, Lucía llamó a Miche:

Hijo, pronto me iré. Tú serás el mayor de la casa. No le hagas daño a tu hermana; protégela. Ella es una niña y necesita tu ayuda y defensa.
¿Y papá? preguntó Miche.
¿Qué? respondió Lucía, sorprendida.
¿Papá nos protegerá?
No lo sé, hijo. La vida lo dirá.
Entonces no mueras, ¿cómo viviré sin ti? sollozó Miche.
Hijo, si dependiera de mí, no te dejaría respondió Lucía con melancolía. Esa madrugada la luz se apagó.

Yo, Federico, me quedé junto a ella, tomándola de la mano, sin lágrimas, sin palabras. Solo sentí que mi espalda se curvaba como la rama de un árbol seco. Así concluyó aquel día.

La vida volvió a seguir su cauce. Paula tomó las riendas del hogar, intentando cocinar y ordenar la casa, aunque todavía era demasiado joven. Cada tarde venía mi hermana Natalia, la tía de los niños, y les enseñaba los quehaceres domésticos.

Tía Natalia, ¿papá se volverá a casar? preguntó Paula un día.
No lo sé, niña. Qué piense yo, no lo sé.

Natalia tenía su propia familia: su esposo, Basilio, y sus hijos. Cuando Paula le pidió refugio, ella le respondió:

No lo pidas. Tu padre os quiere y no permitiría que nadie os haga daño.

En el pueblo corrían rumores de que el viejo amor entre Glafira y yo había vuelto a renacer.

Glafira está loca, chismeaba Teresa, vuelve a ligar conmigo y se ha olvidado de su familia.
Qué tonta, esa Glafira decían las mujeres en la tienda del pueblo.

El presidente de la cooperativa, Máximo León, puso orden:

Basta de chismes, no sabéis ni conocer a vuestros vecinos reprendió con firmeza.

En el pasado, Glafira y yo habíamos sentido una pasión tan fuerte que se habría escrito una novela. Yo había sido destinado a otra aldea, a ayudar a los campos de la zona. Allí, en dos meses, descubrí que Glafira se estaba viendo con Mikel. Cuando regresé, la enfrenté y, como era de esperar, el enfrentamiento no quedó en nada más que palabras.

Glafira se casó con Mikel, un hombre irresponsable que se juntaba con las prostitutas del pueblo y bebía sin medida. Yo, por mi parte, seguía siendo un hombre trabajador y silencioso, pero nunca más volví a hablar con ella.

Al poco tiempo, la gente del pueblo empezó a notar que yo me acercaba a Lucía con más frecuencia. Lucía floreció como una azucena, y los aldeanos no podían dejar de admirarla.

Así es el amor, comentaban entre susurros.

Yo sabía que Lucía había estado enamorada de mí desde siempre, pero nunca se atrevió a decirlo a Glafira.

Finalmente, Lucía y yo nos casamos en el ayuntamiento. La ceremonia fue sencilla; sólo mi hermana Natalia y la madre anciana de Lucía estuvieron presentes. El presidente de la cooperativa, Basilio Prokhorov, también asistió; él había sido el amante de la madre de Lucía, una mujer llamada Oksana, que jamás se casó y era conocida por sus aventuras.

Los aldeanos lamentaban a Lucía, pues sabían que su marido no le era fiel. Yo, sin embargo, permanecí fiel, y ellos no podían comprender cómo alguien podía ocultar una infidelidad en un pueblo tan pequeño.

Vivimos quince años juntos sin discutir. Con el paso del tiempo, Lucía cayó enferma el invierno pasado; una enfermedad incurable la consumió. La situación era desesperada.

Un día, mientras volvía del trabajo, escuché a Glafira acercarse:

Federico, quiero pasar a verte un momento, traje pasteles para los niños dijo, con una taza en la mano.
No, gracias. Ya nos han pasado pasteles respondí.
Lo hago de corazón, Federico.
Y mi hermana también lo hace de corazón.
Nos vemos al atardecer en la miga del molino insistió.
¿Para qué? pregunté.
¿Acaso has olvidado todo lo que pasó entre nosotros? replicó, sorprendida.
Lo que pasó quedó enterrado. Mis hijos son mi vida, yo amo a Lucía dije.
Ya no podemos recuperarla respondió ella.
El amor no muere contesté.
No la amabas. Te casaste con ella por despecho.
Glafira, vuelve a casa le ordené suavemente.

Aceleré el paso y, sin mirar atrás, llegué a la casa donde me esperaban mis hijos. Glafira quedó sola en la calle del pueblo.

Pasaron los años; los niños crecieron. La tía Natalia sigue visitándolos, y ahora sabe que su hermano fue un monógamo de corazón.

Paula, he escuchado que sales con Gregorio Varela le dije a la sobrina desde la puerta.
Sí. ¿Y qué? respondió ella, sonrojándose.
Ten cuidado, no te metas demasiado. le advertí.

Esa noche, Miche y Paula esperaban a su padre del trabajo.

Papá se está retrasando comentó Miche.
Hoy es viernes. replicó Paula.
Él siempre viene los miércoles, viernes y fines de semana a la tumba de su madre. respondió Miche.
¿Cómo lo sabes? preguntó el niño, levantando las cejas.
Eres un tonto, Miche, si no sientes el corazón de tu padre. contestó Paula con una sonrisa.

Caminamos en silencio al cementerio. Paula guiaba a su hermano por el sendero entre los huertos.

Mira, ahí está señaló, señalando la figura encorvada de su padre.

Miche escuchó a su padre murmurar:

Lucía, así son las cosas. Pronto nuestra Pola se casará. He juntado la dote, y Natasha me ha ayudado. Perdona, Lucía, por no haber dicho más palabras de cariño. Mi corazón, sin embargo, siempre te ha hablado. No puedo expresarlo con palabras, solo con el corazón susurró Federico, mientras se alejaba lentamente del cementerio.

Paula observó a su hermano; una lágrima quedó atrapada en sus ojos.

Hoy comprendo que el silencio no es ausencia de amor, sino a veces su forma más pura. He aprendido que la verdadera lealtad no se mide en palabras, sino en la constancia de los actos. Cada día intento honrar a Lucía con la atención que nunca supe darle mientras estuvo viva, y a mis hijos, con la paciencia que la vida me ha enseñado a valorar.

**Lección personal:** el amor se cultiva con constancia, no con discursos grandilocuentes; y el respeto a los que amamos se muestra en los pequeños gestos que perduran más que cualquier promesa.

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