— ¡Que no se quede el espíritu del gato o vacía el piso! — gritó la dueña

¡No dejes que el espíritu del gato se quede o tendrás que desocupar el piso! gritaba la casera.

La habitación que alquiló Begoña era pequeña pero luminosa. Los muebles eran viejos, pero de buena madera. La arrendadora, Valentina Pérez, le advirtió al instante:

Soy una persona muy ordenada. Me gusta la limpieza, el silencio. Si algo no te cuadra, dímelo de inmediato, no lo guardes.

Begoña asintió. Sólo quería pasar una noche tranquila, sin discusiones con los vecinos ni gritos de borrachos. Después de tantos pisos en los barrios más ruidosos de la capital, aquel lugar en los afueras de Madrid parecía el cielo.

Se instaló, y poco a poco se fue adaptando. Valentina no era una hostia, sino una mujer reservada, callada, con una mirada que parecía llevar una eternidad de rencores contra el mundo. Begoña trató de no molestar. Cocinaba de madrugada, cuando la casera aún dormía. Se movía con sigilo, casi nunca encendía la tele. Vivía como un ratón.

Fue entonces cuando apareció Luna.

La gata llegó sola, más bien se instaló. Grises, delgada, con unos ojos verdes que parecían preguntar: «¿Me llevas a casa, por favor?». Begoña no pudo resistirse. La subió al piso, le dio de comer, la bebió, la acomodó en una caja con una toalla vieja. Luna se enroló, ronroneó y, por primera vez en meses, Begoña sintió que algo se descongelaba dentro de ella.

Lunitas, mi buena.

Ocultar al felino resultó fácil. Valentina casi nunca entraba a la habitación. Luna, por su parte, era una silenciosa: no arañaba, no corría de un lado a otro, sólo ronroneaba y dormía en el alféizar.

Una tarde, sin embargo, escuchó la voz de Valentina en el pasillo:

¡Begoña!

El tono de la casera era tan helado que Begoña se estremeció. Salió al corredor y vio a Valentina, con la cara retorcida y un manojo de pelo gris en la mano.

¿Qué es esto? ¿Quién está allí?

Señora Pérez, yo

¿Una gata?

La casera gritó como si se tratara de una serpiente o una rata. Su rostro se puso rojo, sus manos temblaban.

¡No soporto esas cosas! ¡Suciedad! ¡Pelo por todas partes! ¡Olor!

Pero está limpia.

¡Para que el espíritu del gato no quede, o desocupa el piso!

Valentina dio media vuelta y se cerró la puerta de golpe. Begoña se desplomó en el sofá, temblando. Luna se acercó, se frotó contra sus piernas y maulló con desgano.

¿Qué vamos a hacer ahora, niña mía? susurró Begoña. ¿A dónde vamos a ir?

Las lágrimas brotaron solas. ¿Empezar de cero? ¿Buscar otro sitio? Pero marcharse estaba fuera de opción; la fuerza le faltaba.

Decidió entonces que, mientras no la echaran a patadas, se quedaría. Y la gata la escondería mejor.

Los días siguientes se convirtieron en una especie de juego de espías. Agotador, pero sin salida. Cuando escuchaba los pasos de Valentina en el pasillo, metía a Luna en el armario. La alimentaba solo al amanecer o al anochecer, cuando la casera se iba al supermercado. El arenero lo guardaba en la esquina más alejada, detrás de una maleta vieja.

Luna parecía entender. No maullaba. Se quedaba quieta en el alféizar, mirando por la ventana con sus ojos verdes y tristes, como si inhalara con más cuidado para no delatarse.

Eres una lista, decía Begoña mientras acariciaba su lomo gris. Aguanta un poco más. Todo se acomodará.

Pero nada se acomodaba.

Valentina paseaba por el piso con una expresión de traición, husmeando cada rincón. Una vez se detuvo frente a la puerta de la habitación de Begoña y se quedó escuchando. Begoña se quedó inmóvil, abrazando a Luna, con el corazón a mil por hora.

¡Dios mío, que no me oigan! pensó.

Valentina se quedó un minuto más y se marchó, pero el ambiente se volvió denso como una niebla.

Durante la cena, la casera se quedó callada, mirando su sopa. De repente soltó:

¿Creéis que soy una tonta?

Begoña se atragantó con el té.

Lo entiendo perfectamente. No la habéis expulsado. La habéis escondido. ¿Pensáis que no lo siento?

Valentina Pérez.

¡No! la casera se levantó bruscamente. No me mintáis. Os lo advertí. Pero si sois tan listas, que no se vea ni una hebra de pelo ni un sonido. Y cuando llegue mi nieto, que no quede rastro del espíritu.

Se marchó dejando a Begoña en un completo desconcierto.

El nieto, explicó Valentina al día siguiente, se llamaba Iñigo, tenía doce años y pasaba las vacaciones con ella porque sus padres estaban siempre ocupados. Llegaría el viernes.

¡Qué bien! intentó animarse Begoña. ¿Os hacía falta compañía?

Valentina frunció el ceño.

Sí, pero ahora es como otro. Todo pegado al móvil, ni me habla. Viene, se queda una semana y se va. Cada año lo mismo.

Su voz se quebró.

¡Pero usted es su abuela! replicó Begoña. ¡Le quiere!

Le quiere, gruñó la casera. Le da lo mismo, mientras tenga WiFi. Y que no haya gato. ¿Entendido?

Begoña asintió, pensando en dónde esconder a Luna durante una semana completa.

El viernes llegó antes de lo esperado. Iñigo era un adolescente alto, con auriculares y una mirada sombría. Saludó con un monótono «Buenas», se encerró en su habitación y se dejó caer sobre el móvil.

Valentina intentó que cenara, pero el chico solo miraba la pantalla.

Iñigo, come algo insistió la abuela.

No quiero.

Las albóndigas son para ti, las hice especialmente.

¡Ya dije que no!

Begoña escuchaba todo a través de la pared delgada, con el corazón encogido por la pobre Valentina. Luna, en el alféizar, observaba la oscuridad del exterior con melancolía.

Aguanta, niña. Un poquito más.

Al día siguiente ocurrió lo inesperado. Begoña salió al baño por un minuto, cerró la puerta de su habitación sin llave. Luna, quizás curiosa, se escabulló por la rendija y salió al pasillo.

Al volver, la habitación estaba vacía. Un sudor frío le recorrió la espalda.

¡Luna! gritó.

Corrió al salón y encontró a Iñigo sentado en el suelo, con Luna en sus piernas. El gato ronroneaba tan fuerte que parecía un motor arrancando.

¡Vaya! exhaló Begoña.

Iñigo levantó la vista, sonrió por primera vez desde su llegada.

¿De quién es?

Es mía respondió Begoña, balbuceando. Lo siento, Iñigo, fue accidente.

¿Puedo acariciarla un poco más? su voz sonó infantil. ¡Qué suave!

Claro.

Begoña no sabía qué hacer. Por un lado, Valentina regresaría y habría un escándalo monumental; por otro, Iñigo miraba al felino con una felicidad que no se veía en la casa.

En ese instante, Valentina salió de la cocina, vio la escena y se quedó paralizada. Begoña se preparó para la explosión.

Iñigo dijo Valentina en voz baja ¿estás jugando con el gato?

Sí, abuela respondió el chico, mostrando el animal. ¿Puedo darle de comer?

La casera se quedó mirando a su nieto, luego asintió lentamente.

Puedes.

Desde aquel momento, todo cambió. Iñigo no se separaba de Luna; le daba de comer, jugaba, incluso le dibujaba retratos con lápiz. Dejó el móvil en el sofá y empezó a reír. Contaba a su abuela sus cosas de la escuela, sus amigos, y que quería tener un gato propio algún día.

Valentina, sentada en la cocina, escuchaba a su nieto y, por primera vez en años, sintió una chispa de calor.

Una noche se acercó a Begoña.

Que se quede, murmuró en voz baja. Tu Luna. Con ella al menos hay alegría en la casa.

Una lágrima cruzó la mejilla de Valentina.

Pasaron tres meses. Iñigo llamaba cada tarde, no a sus padres, sino a su abuela, preguntando por Luna y pidiéndole que le mostrara la gata por videollamada. Valentina batallaba con el móvil, sin conseguir que el gato apareciera en pantalla.

¡Qué cosa más inútil! se quejaba. ¿La ves, Iñigo?

Sí, abuela, ¡hola, Lunita!

Luna, al oír su voz, se acercaba al altavoz y maullaba como reconociendo a un viejo amigo.

Abuela, en las vacaciones de primavera volveré, ¿verdad? preguntó Iñigo.

Claro, pequeñín. Luna y yo te esperamos.

Valentina había comprado ya en la tienda un juguete de plumas para la gata, pensando que al chico le encantaría.

Begoña dejó de esconderse. Cocinaba en la cocina, tomaba té con Valentina, relataba su vida: su marido, cómo había sido difícil después de su muerte.

Sabe, Valentina, si no fuera por Luna no sé cómo habría aguantado confesó.

La casera asintió comprensivamente.

Los animales sienten. Cuando nos va mal, aparecen sin decir nada. Sólo con su presencia curan.

Se volvieron casi amigas, dos mujeres solitarias unidas por el destino y una pequeña gata gris.

Cuando la primavera llegó, Iñigo volvió cargado de regalos: pienso para Luna, un nuevo collar con cascabel y una cama mullida.

¡Abuela, todo lo compré con mis ahorros! proclamó orgulloso.

Muy bien, campeón.

Pasó la semana jugando con Luna, paseando por el patio, dibujando. Antes de irse, preguntó:

¿Puedo pasar el verano contigo? ¿Quedarme mucho tiempo?

Por supuesto respondió Valentina, abrazándolo.

La abuela sintió que la felicidad no estaba en el silencio ni en la impecable pulcritud, sino en esos abrazos, en la risa de un niño y en el suave ronroneo de una gatita que, sin saberlo, había unido dos corazones que necesitaban compañía.

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