Conflicto en el primer piso

El conflicto en el primer piso

Carmen López estaba plantada en el portal, agarrando una antigua regadera de metal como si fuera su última arma. En el rellano de la primera planta, donde solían lucir sus macetas de barro con petunias, geranios y violetas, reinaba el caos: tres macetas rotas, tierra esparcida por el linóleo desgastado y pétalos tirados como víctimas de una tormenta. El portal olía a humedad, moho y un leve regusto metálico de los pasamanos. Desde el piso 12 retumbaba música electrónica con bajos potentes. Carmen, con su bata de flores y el pelo gris recogido en un moño apretado, miró al culpable: una bicicleta negra y reluciente, encadenada a los pasamanos, justo donde antes estaban sus flores.

—¿Quién ha hecho esto? —murmuró, con la voz temblorosa de rabia—. ¡Mis flores! Medio siglo cuidándolas, y ahora… ¡bárbaros!

La puerta del piso 12 se abrió de golpe y apareció Pablo, un vecino de veintisiete años con una camiseta deportiva gris y pantalones cortos. Su pelo oscuro estaba alborotado después del gimnasio, y en la mano llevaba una botella de agua con una etiqueta llamativa.

—Carmen, ¿por qué grita? —dijo, observando el desastre—. ¿Es por las flores? Puse la bici, las macetas se cayeron. Compro otras, no es para tanto.

Carmen señaló con la regadera, y un poco de agua salpicó al suelo.

—¿No es para tanto? ¡No son solo flores, Pablo! ¡Son el alma del portal! ¡Y vosotros, los jóvenes, solo sabéis destrozar!

Pablo puso los ojos en blanco y bebió un trago.

—¿El alma? Abuela, son plantas. Mi bici es más importante, la uso para ir al gimnasio, es mi trabajo. ¡Y tus macetas ocupan todo el espacio!

Sofía, la hermana pequeña de Pablo, asomó desde el piso. Su pelo rubio estaba recogido en un moño despeluchado, y llevaba un libro de psicología subrayado para estudiar en la universidad. Llevaba una camiseta holgada con la frase “Sueña en grande”.

—Pablo, ¿en serio? —dijo al ver las macetas rotas—. Carmen, discúlpelo, no pensó. Ahora mismo lo limpio.

Carmen resopló, con los ojos brillando tras sus gafas.

—¿No pensó? ¡Es egoísmo, Sofía! Vosotros, jóvenes, solo pensáis en vosotros. ¡Mis flores alegraban a todo el edificio, y él las tira a la basura!

Desde arriba bajó Marta, una madre de treinta y cinco años con dos hijos, empujando un carrito con el pequeño mientras su hija mayor, Lucía, la seguía con una mochila.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Marta, mirando el rellano—. ¿Pablo, tú rompiste las flores? ¡Carmen tiene razón, adornaban el portal!

Pablo dejó la botella en el alféizar con un golpe seco.

—¿Adornaban? ¡Si la mitad estaban mustias! ¡Mejor cambiar las bombillas del portal que regar flores!

Javier, un programador soltero del piso 10, apareció en la puerta con su portátil. Sus gafas se le habían bajado a la punta de la nariz, y llevaba una camiseta arrugada de Linux.

—Pablo, cálmate —dijo, ajustándose las gafas—. Las flores son oxígeno, ecología. Y tu bici puede guardarse en el trastero.

Pablo se giró, subiendo la voz.

—¿Ecología? Javier, tú sales del piso una vez al mes, encerrado en tu código. ¿Y dónde guardo yo la bici?

El portal se convirtió en una batalla campal, donde las macetas rotas simbolizaban la guerra entre vecinos, cada uno con su propia visión de las flores.

Al día siguiente, el conflicto empeoró. Carmen trajo macetas nuevas del trastero y regó las petunias con actitud desafiante, refunfuñando sobre “jóvenes malcriados”. Su bata ondeaba bajo la luz tenue del portal. Pablo, al volver del gimnasio, vio su bici arrinconada entre macetas vacías y llamó a su hermana.

—Sofía, ¿qué es este circo? —gritó, señalando las macetas—. ¡Necesito espacio!

Sofía, sentada en la cocina entre apuntes, dejó el libro.

—Pablo, no empieces. Hablé con Carmen, está muy triste. ¿Por qué no te disculpas?

Pablo resopló, quitándose las zapatillas, que cayeron al suelo con un golpe sordo.

—¿Disculparme? ¿Por qué? Ella pone sus flores por todos lados, y yo tengo que aguantarme. ¡Este portal también es mío!

Sofía suspiró, con un tono más suave pero firme.

—Es nuestro portal, Pablo. Y el suyo también. Ella cultiva esas flores para todos, y tú las rompiste. Para ella son importantes.

Marta bajó con su hijo pequeño de la mano, mientras Lucía llevaba su mochila con un llavero de unicornio.

—¿Otra vez, Pablo? —dijo Marta, frunciendo el ceño—. ¡A mis hijos les encantan esas flores! ¡Lucía hasta las regaba!

Pablo levantó las manos, con la camiseta subida.

—¿Los niños? Marta, a tus hijos les importan un bledo, ¡corren por encima de ellas! ¡Lucía casi tiró una maceta ayer!

Lucía puso morritos, con sus coletas saltando.

—¡Mentira! ¡Yo las regaba con cuidado! ¡Tú las estropeaste!

Javier, que pasaba con una bolsa de basura, se detuvo, con el portátil asomando de su mochila.

—Pablo, relájate —dijo, ajustándose las gafas—. Estoy con Carmen: las flores dan vida al portal. ¿Por qué no guardas la bici en el garaje?

Pablo se giró, con las mejillas rojas.

—¿Garaje? Javier, ¡yo no tengo garaje! ¡Y encima das lecciones, pero nunca limpias el portal!

Carmen salió de su piso con la regadera, sus zapatillas arrastrándose por el suelo.

—¡Pablo, basta! —dijo, temblorosa—. ¡Mis flores no molestan a nadie! ¡Tú eres un egoísta, como todos los jóvenes!

Sofía dio un paso adelante, suplicante.

—Carmen, Pablo no lo hizo a propósito. Compro macetas nuevas y metemos la bici en casa.

Pero Carmen negó con la cabeza, empañándose sus gafas.

—No quiero tus macetas, Sofía. Quiero orden. ¡Y respeto!

Esa tarde, Sofía fue a una tienda de jardinería, oliendo a tierra y plástico. Escogió dos macetas de barro, pero su mirada se clavó en unas petunias coloridas, como las que Carmen adoraba. Recordó cuando, de pequeña, la anciana le dio un caramelo por ayudarla a regar. Entonces el portal parecía un hogar, no un campo de batalla.

En la cola se encontró con Laura, amiga de Marta, del edificio de al lado.

—Sofía, ¿qué haces con macetas? —preguntó Laura, jugueteando con su cesta—. ¿Otra pelea por las flores?

Sofía suspiró, apretando el asa de la maceta.

—Sí. Pablo las rompió, Carmen está furiosa. Intento mediar, pero todos gritan.

Laura movió la cabeza, tintineando sus pendientes.

—Típico de portal. Pero Carmen es una mujer con historia. Esas flores no son solo un hobby. Habla con ella.

Al día siguiente, Sofía llamó a la puerta de Carmen. La anciLa puerta se abrió despacio, revelando a Carmen con los ojos brillantes de lágrimas mientras el aroma a pasteles recién hechos envolvió a Sofía en un abrazo cálido, sellando el comienzo de una nueva paz entre los vecinos.

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