No superó la prueba

¡Y luego se cayó el servidor! Tenemos que esperar medio día a que lo levanten. El pedido casi se pierde, ¿te imaginas las pérdidas?

Cayetana se da cuenta, una vez más, de que está escuchando a Andrés a medias. Están sentados en una terraza de café justo enfrente de su oficina, en el centro de Madrid. Él habla de un nuevo proyecto en la empresa y ella observa sus dedos jugueteando con la servilleta, pensando en que, tras medio año de relación, aún no ha conocido a su familia.

Tiene treinta años, esa edad en la que ya no se quiere jugar al romance y se busca seguridad. Andrés es un buen hombre: trabajador, atento, fiable. Hace un mes le propuso matrimonio en el mismo café donde se vieron por primera vez. Cayetana aceptó, pero una inquietud se ha instalado en su interior.

Cada vez que intenta hablar de los padres, Andrés evade el tema. Cambia a la meteorología o menciona asuntos urgentes. Ella lo culpa de timidez: tal vez le avergüenza la modesta situación económica de su familia o simplemente no está acostumbrado a compartir su vida privada.

¿Cuándo voy a conocer a tus padres? pregunta Cayetana, apartando la taza de café ya fría.

Andrés se tensa. La servilleta se convierte en un pequeño bulto arrugado entre sus dedos. Levanta la vista hacia ella y sus ojos revelan una sombra de preocupación.

Este fin de semana iremos dice, tras una pausa.

La alegría que invade el pecho de Cayetana ahoga cualquier duda. ¡Por fin! Imagina la casa de los padres de Andrés, a su madre abrazándola y llamándola «hija», y una larga mesa con té y pastelillos.

Los días que quedan hasta el fin de semana los dedica a los preparativos. Recorre tres centros comerciales buscando regalos perfectos. Para la madre compra un pañuelo de seda natural de alta calidad y un perfume francés. Para el padre elige un juego de herramientas que haría soñar a cualquier hombre. Para la hermana le compra un bolso de diseño que ella misma había deseado.

El sábado, se levanta a las seis para no perder el ritmo. Ducha, se peina, se maquilla. Elige un vestido beige hasta la rodilla y unos tacones clásicos. Se mira en el espejo, da una vuelta, evalúa el resultado. Perfecto. Así debe lucir la futura nuera.

Andrés sube al coche en silencio. Cayetana arranca el motor y se incorpora a la autovía. La radio suena con una balada melódica, mientras por la ventana pasan cafeterías de carretera y gasolineras. Sonríe pensando en el encuentro, mientras él mantiene un silencio tenso.

¿Qué te pasa? le pregunta Cayetana, lanzándole una mirada rápida. ¿Estás nervioso?

Cayet, es que aprieta los puños sobre el asiento. No le des importancia si algo sale mal, ¿vale?

Ella frunce el ceño y cambia de marcha.

¿Qué quieres decir con «mal»? ¿Qué puede fallar?

Pues, ellos son peculiares murmura, mirando por la ventanilla. Solo tenlo en cuenta.

Antes de que pueda seguir interrogando, el GPS indica un giro a la izquierda. El pueblo al que se dirigen resulta ser una pequeña aldea de unos diez casas alineadas en una única calle. El camino serpentea entre vallas desvencijadas y huertos. El GPS los lleva a una casa de madera con la pintura de las persianas escurrida.

Detiene el coche y observa. El patio está descuidado: hierba crece al azar, una pila de leña ocupa una esquina, y junto al granero yacen herramientas oxidadas. Sin embargo, mantiene una sonrisa; lo importante no es la riqueza, sino la gente.

En el portal ya están tres personas: una anciana con una bata gastada, un hombre con una camiseta estirada y una joven de veinticinco años con una expresión de desdén.

¡Ya estáis aquí! exclama la madre de Andrés, escaneando a Cayetana con una mirada evaluadora.

Cayetana avanza y extiende la mano.

Buenos días. Encantada de conocerles finalmente.

La madre la aprieta con desgano, el padre asiente apenas, y la hermana cruza los brazos, frunciendo el ceño.

Cayetana vuelve al coche para buscar los paquetes con los regalos. Abre el maletero, se inclina hacia los sacos y, en ese instante, oye un fuerte siseo.

De detrás de la casa surge un enorme ganso blanco, del tamaño de un perro pequeño, con un cuello largo y ojos furiosos. El ave se lanza directamente hacia Cayetana, abre el pico y despliega sus alas.

¡Qué…! salta Cayetana a un lado, dejando caer el paquete de perfume.

El ganso no se detiene. Ataca con una furia inesperada. Sus alas golpean sus piernas, el pico le da mordiscos en los gemelos. Cayetana intenta cerrar la puerta del coche, pero el ave la persigue sin tregua.

¡Andrés! grita, intentando esquivar otro embate.

Andrés da un paso vacilante hacia ella, pero una carcajada estruendosa irrumpe desde la terraza.

¡Ay, no pasó la prueba! grita la madre, doblándose de la risa. ¡Mira, mira! ¡Gustavo la ha sacado del paso!

La hermana suelta una risita con desdén.

Una mujer de verdad no se amedrenta ante un ganso, dice burlándose. Esta se está escondiendo con su vestido elegante.

El padre saca el móvil y comienza a grabar, la cara iluminada de diversión como si fuera el mejor espectáculo del mes.

¡Andrés, haz algo! clama Cayetana mientras el ave vuelve a picotear sus piernas y a batir sus alas contra sus muslos.

Andrés se acerca, agita los brazos sin mucha convicción. El ganso se distrae por un segundo, pero la madre del novio lo interrumpe con dureza:

¡No intervengas! ¡Que Gustavo se encargue! ¡Él huele a gente mala!

Andrés se queda inmóvil, mira a su madre, luego a Cayetana y retrocede obedientemente. Se dirige al portal donde está su familia.

Cayetana se apoya contra el coche, acorralada por el ave. El vestido está manchado, sus piernas lucen marcas rojas y sus tacones resbalan sobre el terreno irregular. Observa al novio, a su madre, a la hermana y al padre con el móvil en mano, y una frialdad la invade.

La humillación es deliberada. No es accidente, sino una prueba cruel ideada por la familia de Andrés para ponerla en su sitio. Él permanece al margen, sin hacer nada.

Con un movimiento brusco, Cayetana se mete de nuevo al coche. El ganso sigue golpeando el cristal unos segundos más y luego pierde interés, marchándose orgulloso por el patio.

Andrés se acerca a la ventana, golpea y ella baja el cristal apenas unos centímetros.

Cayet, cálmate, por favor dice apresurado. Es una tradición nuestra, una especie de prueba para las novias. La madre siempre lo hace.

Cayetana lo mira fijamente a los ojos. Sus dedos se aprietan sobre el volante. Dentro arden la ira, la decepción y la desilusión.

No habrá boda declara en voz baja pero clara.

Andrés parpadea como si no hubiera escuchado.

¿Qué? ¡Cayet, qué haces! Era solo una broma

No habrá boda repite ella, quitándose el anillo del dedo y entregándolo por la rendija de la ventana. Llévatelo.

¡Estás loca! intenta abrir la puerta, pero está bloqueada. No seas tonta, hablemos!

Ya no nos queda nada que decir.

Arranca el motor, el coche tiembla. Andrés sigue allí, con el anillo apretado en la mano, mientras Cayetana pone reversa, se da la vuelta y sale del portal. En el espejo retrovisor se reflejan las figuras de su familia, todavía riendo.

Los primeros kilómetros los recorre casi en piloto automático, sin notar el paisaje. Sus manos tiemblan sobre el volante, el corazón late en la garganta. Las lágrimas aparecen, pero las seca con la palma. Llorará en casa, pero ahora solo necesita llegar.

Al atardecer el móvil suena sin cesar. Andrés llama una y otra vez, envía mensajes pidiendo perdón, suplicando una segunda oportunidad. Cayetana los lee sin contestar. Una vez levanta el auricular, escucha su voz apresurada y culpable, y cuelga al instante.

Una semana después bloquea el número de Andrés en todas las aplicaciones, elimina las fotos juntos, desecha los objetos que le recordaban a él: la camiseta, el libro, la taza.

La vida vuelve a la normalidad: el trabajo, las quedadas con amigas, el gimnasio. Trata de no pensar en lo ocurrido, aunque de noche, al quedarse dormida, vuelve a imaginar al ganso, sus ojos feroces y la risa de la familia de Andrés.

Un mes después una amiga le cuenta una noticia escuchada de conocidos comunes. Andrés se ha casado, con una muchacha del pueblo que su madre aprobó de inmediato. Sin gansos, sin pruebas.

Cayetana escucha sin sentir dolor, solo una ligera sensación de alivio. Ese ganso, esa familia y su risa burlona le mostraron la verdad antes de que ella se atara a esas personas. Pasa la mano por el dedo donde estuvo el anillo y sonríe. Todo ha tomado el rumbo correcto.

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