El regalo que da vergüenza

Recuerdo que la cesta de frutas reposaba sobre la mesa de la cocina, como una silenciosa reproche. Nuria, una vez más, dejó la mirada sobre ella y soltó un suspiro cargado de cansancio. Desde el salón se escuchaba el murmullo del televisor; allí estaba Esteban, absorbido por otro programa sobre la pesca. A él, claro, nada le alteraba.

Nuri, ¿vas a venir? El té se está enfriando le gritó Esteban.

Nuria frunció el ceño. Ni siquiera él sabía calentar su propio té.

Voy contestó, mientras sacaba una tarro de mermelada del frigorífico.

Pasó junto al espejo del pasillo y, de manera automática, acomodó los mechones canosos de su pelo. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Parecía que ayer se casaba con Esteban y hoy celebraban el sexagésimo cumpleaños de su hija.

Begoña. Sólo al pensar en ella se le encogió el corazón. Llevaba ya una semana sin llamarle, después de una discusión que había dejado a la joven sin tocar el teléfono. Como siempre, la culpa recaía sobre Nuria, aunque sus intenciones fueran siempre buenas.

Sobre la mesa, junto a la taza de Esteban sin lavar, reposaba una foto en marco de madera: su boda. Jóvenes, radiantes; Nuria con un vestido de encaje, Esteban con traje formal. ¿Quién hubiera imaginado que, cuarenta años más tarde, sus vidas se reducirían a una rutina de silencios y reproches?

¿A qué esperas? volvió a sonar la voz de Esteban.

Nuria apartó los recuerdos y llevó la bandeja con el té y la mermelada al salón.

¿Sigues dándole la vuelta a lo mismo? preguntó Esteban sin despegar la vista de la pantalla.

¡Tú sí que no! exclamó Nuria sin medida. ¡Llama a Begoña y pídele perdón!

¿Por qué? Esteban finalmente se volvió hacia ella. ¿Por el regalo que le dimos? Qué disparate.

Nuria dejó la bandeja sobre la mesa de centro y se sentó en el borde del sofá.

Ese fue un regalo terrible, Esteban. Yo misma lo sé.

Un servicio de loza, encogió de hombros el marido. Caro, por cierto. Tres euros lo costó.

No se trata del dinero suspiró Nuria. Si hubieras visto su cara al abrir la caja… Hace treinta años ese servicio le desbordaba la vista y nosotros lo guardamos como tesoro para su aniversario. Pensó que nos estábamos burlando de ella.

¡No nos estábamos burlando! replicó Esteban, irritado. Nos pareció un buen regalo. Es una pieza preciosa, casi una rareza.

Nuria sacudió la cabeza. Los hombres nunca captan los matices. Ese servicio lo habían recibido en su propia boda, de unos parientes lejanos de Esteban. Nuria recordaba a la joven Begoña girando una taza entre sus dedos y diciendo: «¡Mamá, qué anticuado! Todo está lleno de flores, parece más un jardín que una taza». Desde entonces la loza quedó intacta en la vitrina, hasta que surgió la idea de entregarla como regalo de aniversario.

Los gustos cambian prosiguió Esteban con firmeza. Ahora el vintage está de moda. Todos esos ¿hipsters?, buscan cosas antiguas.

¡Begoña no es hipster! exclamó Nuria. Es contadora en una empresa seria y su apartamento es minimalista, no una casa de abuelos.

Pues podría haber dicho «gracias» y haberla puesto en una repisa, gruñó Esteban. En vez de montar un drama frente a los invitados.

Nuria recordó aquel momento. Begoña abrió la caja, quedó unos segundos mirando la loza, y luego alzó la vista hacia sus padres.

¿Este es el mismo servicio de la vitrina? preguntó en voz baja.

¡Sí, hija! respondió Nuria con entusiasmo. ¿Te acuerdas de lo hermosa que te parecía?

El silencio se adueñó de la habitación. Begoña palideció.

Yo nunca dije que era bonita. La detestaba, y ustedes lo sabían.

Estás exagerando repuso Esteban mientras tomaba su té. ¿De verdad hay tanto problema? No tenemos más líos, ¿o sí?

Sí, Esteban. El mayor es que no conocemos a nuestra propia hija. No sabemos qué le gusta, con qué vive.

Esteban resopló:

No le des dramatismo. Tiene carácter difícil, todo es por ti.

Nuria quiso replicar, pero entonces el teléfono sonó. Al contestar, esperaba que fuera Begoña.

¿Nuria? Soy Margarita dijo la voz conocida de la vecina. ¿Podrías venir? Necesito ayuda con unas pastillas, no entiendo la indicación.

Enseguida contestó Nuria, colgando.

¿Quién es? preguntó Esteban.

Margarita, la del piso de arriba. Voy a ayudarla un momento.

Otra de tus obras caritativas refunfuñó Esteban. ¿Y quién cocinará la comida?

Nuria exhaló profundamente:

Hay un gazpacho en la nevera, solo falta calentarlo.

Se puso una chaqueta ligera y salió. El portal le recibió con los habituales olores: pescado frito de los vecinos de abajo y humo de cigarrillos de la joven pareja del quinto piso.

Margarita vivía sola; al abrir la puerta la recibió de inmediato.

Entra, Nurita, entra exclamó la anciana. He hecho un bizcocho, tomemos té.

Nuria trató de rehusarse, pero Margarita insistía. Mientras la vecina se movía por la cocina, Nuria contempló las fotos en la pared: Margarita con su marido, su hija y sus nietos, todos sonriendo.

¿Y Begoña? preguntó Margarita, colocando la bandeja con té. ¿Cómo lleva el divorcio?

Se las arregla respondió Nuria con evasión.

¿Y su hijo? continuó. ¿Kike ya está en la universidad?

Sí, está en tercer curso.

Margarita se sentó junto a ella y, con mirada perspicaz, preguntó:

Te veo triste hoy. ¿Qué ocurre?

Nuria no aguantó más y le contó todo: el servicio de loza, la pelea con su hija, la obstinación de Esteban.

Sabes, dijo Margarita cuando Nuria acabó, debes hablar con Begoña, sin Esteban. Sinceramente, reconocer que el regalo fue un error.

Ella no contesta suspiró Nuria.

¡Entonces ve a verla! repuso la vecina, como si fuera lo más obvio. No vive en otra ciudad.

Nuria reflexionó. ¿Por qué no visitar a su hija? ¿El orgullo o el miedo a que la acusaran de ser unos viejos incapaces de comprenderla?

Tienes razón dijo al fin. Iré hoy mismo.

Así se habla asintió Margarita. Ahora probemos el bizcocho.

Al volver a casa, encontró a Esteban en la misma postura, frente al televisor.

Me voy a ver a Begoña anunció Nuria.

¿A qué vas? se sorprende él.

A disculparme por el regalo.

¡Otra vez tú! replicó Esteban, girándose. ¿Un servicio de loza que no le gustó? Todavía no ha desarrollado su gusto artístico.

No es el servicio, es que no nos escuchamos. No escuchamos a nuestra propia hija.

Vale cedió finalmente, aunque con condición. Pero no le digas que yo reconozco mi culpa. Yo sigo pensando que fue un buen regalo.

Nuria sólo movió la cabeza. Cuarenta años juntos y la terquedad no había menguado.

Begoña vivía en un nuevo barrio, en una torre moderna. Nuria tomó el autobús, mirando por la ventanilla el paisaje de Madrid mientras reflexionaba sobre lo difícil que a veces es comunicar con los seres más cercanos.

Al llegar, le abrió la puerta Carlos, su nieto.

¿Abuela? exclamó sorprendido. ¿Por qué no llamaste antes?

Quería sorprenderte contestó Nuria, entregándole una bolsa de empanadillas. ¿Mamá está en casa?

Trabajando en la oficina respondió Carlos, tomando la bolsa. La llamo.

Nuria cruzó el salón. El apartamento de su hija era una oda al minimalismo: paredes blancas, muebles de líneas simples, sin vitrinas de cristal ni alfombras con motivos. Un mundo distinto al propio.

Begoña salió de su despacho con una expresión tensa.

¿Mamá? ¿Qué pasa?

Nada, solo vine a hablar respondió Nuria con calma. Quería disculparme por el regalo.

Begoña miró el reloj.

En media hora tengo una videoconferencia con Londres.

No me quedaré mucho dijo Nuria, sentándose. Begoña, lamento lo del servicio. Fue una tontería.

¿Te disculpas por la loza? preguntó la hija, levantando una ceja.

No sólo por la loza continuó Nuria, entrelazando las manos. Por no entenderte, por vivir en el pasado y no ver lo que eres ahora.

Begoña se dejó caer en la silla frente a ella.

Mamá, no se trata solo del servicio. Es un símbolo. Representa que no sabemos quién soy, qué me gusta, qué deseo.

Es verdad asintió Nuria, con la garganta apretada. Nos hemos quedado atrapados en el recuerdo de la chica que fuimos. Para nosotros sigues siendo la niña que vivía con nosotros.

Begoña suspiró:

Lo peor es que nunca intentáis conocerme de verdad. En todos estos años no me habéis preguntado qué música escucho, qué libros leo, qué películas me gustan. Asumís que sabéis más de mí que yo misma.

Tienes razón admitió Nuria, con la voz quebrada. Los padres a menudo creen que sus hijos son una extensión de ellos, no individuos independientes.

Exacto repuso Begoña, animándose un poco. Yo también tengo culpa. No os pregunto qué os preocupa, qué os ocupa. Solo vengo una vez al mes, dejo la comida y me voy, como si fuera una obligación.

Todos hemos fallado dijo Nuria, sonriendo entre lágrimas. Pero aún no es demasiado tarde para cambiar.

No lo es concordó Begoña. Aún nos queda tiempo.

Entonces cuéntame, ¿qué música escuchas ahora? preguntó Nuria. ¿Qué lees?

¿En serio? se rió Begoña. Escucho jazz, sobre todo del cincuenta. Leo literatura profesional, pero por placer me pierdo en novelas policiacas. Además, estoy aprendiendo español porque sueño con ir a Barcelona.

Nuria escuchó y sintió como si descubriera a una persona nueva. Cuánto había perdido todos esos años.

¿Y tu vida amorosa? inquirió con delicadeza. Han pasado ya tres años del divorcio

Begoña sonrió tímidamente:

Hay alguien. No lo he contado porque él es siete años más joven que yo. Temía que no lo aceptaran.

Somos anticuados, pero no ignorantes repuso Nuria. Lo importante es que sea una buena persona.

Lo es asintió Begoña. Es profesor de historia en la universidad. A Carlos le cae bien.

Entonces invítalo a cenar propuso Nuria. Y prometo que no habrá más servicios de loza como regalo.

Ambas rieron.

Sabes, dijo Begoña, pensaba que el servicio estaba mal, pero la verdad es que es bonito, estilo provenzal. Ahora el vintage está de moda.

No me vengas a salvar negó Nuria con una sacudida de cabeza. Fue un regalo terrible.

¡En serio! exclamó Begoña. Estoy pensando en ponerlo en la casa de campo que compramos el año pasado. ¿No te lo había dicho?

No sentió Nuria una punzada de vergüenza. Mira cuánto desconocemos el uno del otro.

Vamos a ponernos al día propuso Begoña, mirando el reloj. Tengo que preparar la videoconferencia, pero ven el fin de semana, ¿vale? Y trae a papá. Te mostraré fotos de la casa de campo.

Se abrazaron y Nuria sintió que algo importante volvía a su vida, algo que casi había perdido por ceguera propia.

De regreso a casa, compró en la tienda una botella de buen vino y una caja de bombones. Esteban la recibió en la puerta con una expresión preocupada:

¿Todo bien? ¿Se han reconciliado?

Sí respondió Nuria, entregándole la compra. Y sabes qué? Begoña ahora quiere el servicio en la casa de campo.

¡Ya ves! exclamó Esteban, triunfante. Yo dije que era un buen regalo.

Nuria sólo sonrió. Que él crea haber ganado no importaba; lo esencial era que la armonía familiar valía más que cualquier loza o rencor.

Esteban, ¿sabías que nuestra hija está aprendiendo español y quiere ir a Barcelona? preguntó mientras se dirigía a la cocina.

¡No me digas! se sorprendió él. ¿Para qué español a su edad?

Porque la vida no termina a los sesenta respondió Nuria, sacando copas. Y nosotros también podemos aprender cosas nuevas.

Esteban la miró, dubitativo:

¿Como qué?

Como escucharnos y entendernos vertió el vino en las copas. Y a elegir regalos con el corazón, no del armario.

Trato levantó su copa. ¡Por un nuevo capítulo!

La cesta de frutas seguía sobre la mesa, pero ahora Nuria la miraba con ojos diferentes. A veces, incluso el peor regalo puede ser la chispa que enciende algo auténtico y duradero.

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