Aquí no hay gente normal

**No Hay Normales Aquí**

Talia saltó de la barca, que olía a resina y a algas de río, y supo al instante que no volvería atrás. El aire aquí era distinto: húmedo, cargado de aromas a pino, musgo, pescado y algo más, como si fuera la vida misma, sin aditivos.

—Bienvenida —dijo el guía, un tipo con chaleco de pescador—. Esto es el campamento *Aguas Vivas*. Monta la tienda donde quieras. El baño está allá. Si quieres trabajar, mañana a las ocho en la orilla. Limpiamos la zona de basura.

Talia asintió. La palabra *trabajar* no la asustaba. Lo que la asustaba era el silencio. Por primera vez en meses, nadie le hacía preguntas. Nadie le soltaba un *”¿Cómo estás?”*, *”¿Lo has superado ya?”*, *”¿Vas a volver a dar clases?”*. Nadie la miraba con lástima ni preocupación.

Armó la tienda en una loma, junto al agua. Se sentó en un tronco, se quitó las botas y metió los pies en el río helado. Y, por primera vez en mucho tiempo, no lloró.

Pasaron dos semanas. Talia cargaba cubos, cavaba zanjas, fregaba ollas. Las manos llenas de arañazos, la espalda dolorida de tanto esfuerzo, pero en su cabeza, paz. La gente del campamento era variopinta: estudiantes, biólogos, exinformáticos, artistas, voluntarios de todos los rincones del país. Todos un poco excéntricos. Todos un poco perdidos.

—¿Qué eras antes? —le preguntó una noche Asun, una chica con rastas pelirrojas y voz de oboe.

—Profesora. Historia del Arte. Universidad de Toledo.

—¿Y por qué te fuiste?

—Mi hijo murió. Hace un año. Se ahogó. Ya no podía más. Las palabras… se me acabaron.

Asun no se escandalizó ni se llevó las manos a la cabeza. Solo asintió:

—Lo entiendo. Mi padre. Cáncer. Murió en diciembre. Me vine aquí. Si no, me volvía loca.

—¿Aquí no te vuelves loca?

—Aquí, volverse loco… está permitido. No da miedo.

Talia sonrió por primera vez.

Empezó a dibujar. Directamente sobre papel de estraza sacado de viejos sacos. Bocetos del río, los pájaros, la gente alrededor de la hoguera. A veces, de su hijo. Solo que ahora llevaba chaleco de pescador y un remo. Sonreía.

Un día, alguien colgó sus dibujos en una cuerda junto al comedor. Y esa noche, todos trajeron los suyos: fotos, poemas, figuritas talladas en corteza.

—¡Proclamo el día de la expresión libre! —anunció Andrés, el coordinador alto y despeinado—. ¡Mostrad quién fuisteis, quién sois, quién queréis ser!

—¿Y tú? —preguntó Talia.

—Era *marketero*. Ahora soy un hombre con hacha. Y, sabes qué, me gusta más.

Los dos rieron. Y ya no sintieron vergüenza de sus cicatrices.

Al tercer mes, llegó el problema. No del bosque, sino de la ciudad. En barca aparecieron su madre y su hermana. Como fantasmas en chaquetas fluorescentes, con bolsas enormes y caras llenas de reproche.

—¡Talia! ¡¿Te has vuelto loca?! —su madre plantada frente a su tienda—. ¡¿Dónde estás?! ¡Esta gente son salvajes! ¡Cómo vas! Dios mío, ¿esto es legal?

Su hermana, Verónica, miraba alrededor como buscando algún sitio donde poner una denuncia.

—¡Nos tenías preocupadísimas! No contestas el teléfono, desapareciste como una adolescente. ¡Y por cierto, ya casi cuarenta! ¡Eres profesora!

Talia callaba. La gente alrededor de la hoguera se quedó quieta. Asun se acercó por detrás y le tocó el hombro:

—¿Necesitas ayuda?

—No. Yo puedo.

—Estamos en shock —siguió su madre—. Verónica y yo pensamos que estabas… deprimida. Queremos llevarte a casa. Hablamos con un psicólogo, dice que necesitas rehabilitación.

—Esto *es* mi rehabilitación, mamá.

—No seas necia. ¡Duermes en una tienda! ¡Acarreas agua! ¡Te juntas con desconocidos!

—No son desconocidos. Y tú… hace mucho que no me escuchas.

—Talia —intervino Verónica—. Eres tú la que no nos escucha. ¡Somos tu familia!

—¿Dónde estabais cuando pasaba semanas bajo la manta sin poder levantarme? ¿Cuando cada día pensaba que ojalá hubiera muerto yo en su lugar?

—¡Intentamos ayudar!

—No. Me llamabais para decir: *”Tú puedes, eres fuerte”*. Ser fuerte no es ayuda. Es excusa para no estar.

Hubo un minuto de silencio. Solo el río chapoteaba, como diciendo *”amén”*.

Andrés se acercó, le ofreció una taza de té. Su madre se encendió:

—¿Quién es este? ¿Te ha lavado el cerebro?

—Es una persona. De las pocas que no le temen a mi dolor. Y no, no estoy lavada. Estoy viva.

—Estás loca —susurró Verónica—. Completamente loca.

—Puede ser. Pero es mi elección.

Se fueron al día siguiente. Sin despedidas. Talia se sentó en el embarcadero, descalza, con un tarro de miel en las manos. Asun se acomodó a su lado.

—¿Cómo estás?

—Como un árbol al que le arrancaron las raíces y, de pronto, le brotan nuevas.

—Eres increíble. Profesora.

—Sí. Solo que ahora… de la vida.

Para finales de septiembre, Talia era de las pocas que quedaban. Algunos se habían ido, otros se quedaban al invierno. Andrés también. Construyó una cabaña, encendía la estufa y preparaba sopa de setas.

Una tarde, fueron juntos al río. Talia guardó silencio un rato antes de decir:

—Creo que me he enamorado. No de ti. De mí… en este lugar.

Andrés rio:

—Eso es lo importante. Lo demás llegará.

Ella le cogió la mano.

—¿Y si quiero quedarme aquí?

—Pues quédate.

—¿Y si quiero montar un taller? Hacer residencias artísticas, traer a otros que se hayan perdido…

—Entonces te construiré un porche. Para que sepan que aquí les esperan.

Y ella lo sabía: el río recuerda. El bosque cura. Y el corazón, aunque roto, puede volver a cantar. Si lo escuchas.

El primer invierno en el campamento fue largo y callado. El bosque se paralizaba bajo el blanco, el río se cubría de un cristal helado que tintineaba al sol. Quedaban cinco personas: Andrés, Talia, Asun y otros dos, Esteban y Vela, fotógrafos de Zaragoza que vinieron *”a sobrevivir a la ciudad”*.

Talia vivía en una cabaña junto al taller. Dentro, una estufa, estantes hechos a mano, luz cálida. Se levantaba temprano, encendía el fuego, preparaba té de escaramujo y observaba a los zorros que cruzaban el río helado.

En el taller, colgó un mapa de España. Con banderitas marcaba las ciudades de donde llegaban mensajes. Algunos para agradecer las fotos y textos que Talia subía al blog del campamento. Otros, con peticiones:

*”¿Puedo ir un par de semanas? Soy músico. Cansada del escenario y del ruido.”*

*”Soy pintY cuando la primavera regresó, Talia supo que su hogar no sería solo un lugar en el mapa, sino un refugio en el corazón de todos los que, como ella, habían aprendido a escuchar el susurro del río y el canto del bosque.

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