Lista de mis deseos

Lista de mis deseos

En el recibidor había poco espacio entre las cajas. Ignacio, rojo de esfuerzo, empujaba otra sobre la repisa alta. El polvo se posaba sobre su calva como escarcha gris.

¿Y para qué guardar todo eso? No es más que trastos gruñó mientras bajaba por la escalerilla inestable.

No son trastos respondió Leocadia, firme pero suave. Sentada en el suelo, repasaba el viejo baúl repleto de papeles. Son recuerdos.

Recuerdos bufó Ignacio. Esa memoria me está destrozando la espalda. De todos modos lo tirarás dentro de un año. No hay sitio.

Leocadia no contestó. Sus dedos rozaron la cubierta de cuero gastado de un viejo álbum y lo abrió.

Mira dijo, como si no escuchara su refunfuño la primaria. ¿Te acuerdas?

Ignacio se acercó a regañadientes. En la foto amarillenta aparecía una niña con lazos blancos que se escudriñaba al sol.

Sí, recuerdo murmuró, ya más calmado llorabas porque el delantal te pinzaba.

Y eso es el campamento de verano en la Sierra de Guadarrama

Alto del Moncayo asintió Ignacio, mirando por encima del hombro de Leocadia . Trajiste esa concha de allí, la que aún está por algún sitio.

Volvió a hurgar entre las cajas, pero sin la energía de antes. Leocadia pasaba página tras página. Aparecían la juventud, la universidad, su boda: Ignacio con un chaqué enorme, ella con un vestido de encaje de su madre. Jóvenes, lisos, felices. Sonreían a la cámara sin imaginar lo que les esperaría veinte años después: aquel piso estrecho, el constante refunfuño de él, la silenciosa molestia de ella porque la romántica quedó escrita en papel.

¡Cuidado! exclamó Leocadia de repente.

Ignacio rozó con el hombro una caja de cartón y su contenido se esparció por el suelo. Mientras él reclamaba y recogía los libros, Leocadia levantó del linóleo una pequeña caja forrada de terciopelo. Abrió la tapa.

Dentro, sobre una capa de algodón, yacía la misma concha de Alto del Moncayo, varios distintivos desteñidos, una ramita seca de mimosa y una hoja de cuaderno doblada en cuatro.

¿Qué es esto? preguntó Ignacio, terminando de ordenar.

Leocadia desplegó la hoja. Con una escritura infantil y cuidadosa se leía: «Lista de mis deseos. 1. Ser médico. 2. Saber tocar la guitarra. 3. Ir a Barcelona. 4. Casarse por gran amor».

Sin decir palabra le entregó la hoja a su marido. Él la recorrió con la vista, se suavizó, y después bufó:

Pues no llegaste a ser médica. Tampoco tocas la guitarra. Barcelona no te apetece Y el amor se trabó, sin atreverse a terminar la frase, y se frotó la espalda. No te convertiste en doctora, pero ahora me duele la espalda como a un anciano, por tus archivos.

Leocadia tomó la hoja de sus manos, la miró detenidamente, primero el punto cuatro y luego a su marido: su rostro cansado y apagado, sus manos que acaban de cargar cajas pesadas para dejar espacio en su armario.

Casarse por gran amor no significa vivir en una permanente romántica, Ignacio. Significa que cuando al marido le duele la espalda, la esposa le haga un masaje. Y él, a cambio, lave los platos.

Dobló con cuidado la hoja, la volvió a colocar en la caja y cerró la tapa.

Vale suspiró ella Tal vez tengas razón. Parte de esto sí se puede ordenar.

Dejó la caja a un lado, entre los objetos más valiosos que nunca se tirarán. Luego se acercó a Ignacio, lo abrazó y apoyó su mejilla contra su barba áspera.

Gracias susurró por todo.

Ignacio se quedó inmóvil por sorpresa, luego le acarició torpemente el pelo.

No te pongas así ¿Qué pasa? se quedó callado. ¿Me vas a masajear la espalda?

Lo recuerdo sonrió Leocadia, apoyándose en su hombro.

Ella sabía que Barcelona y la guitarra quedaban en el pasado, sobre una hoja amarillenta. Pero allí, en el polvo y el estrecho recibidor, olía a vida, no a sueños. Y eso también era felicidad. Una felicidad que no se captura en fotos ni se pega en álbumes, simplemente existe. Y eso basta.

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Lista de mis deseos
¡Vete a casa ahora mismo! ¡Allí hablaremos tú y yo! —exclamó Maxim molesto—. ¡Lo que me faltaba, montar un espectáculo frente a los vecinos! —¡Pues genial! —resopló Varía—. ¡Qué carácter! —¡Varía, no me busques las cosquillas! —la amenazó Maxim—. ¡En casa hablaremos! —¡Uy, qué miedo! —respondió ella, echándose la trenza a la espalda y encaminándose hacia su casa. Maxim esperó a que Varía se alejase lo suficiente, sacó el móvil y habló al micrófono: —Sí, ya va para casa. ¡Recibidla bien, como hemos hablado! ¡Y directo al sótano, a ver si así se le bajan los humos! ¡Yo llego en un rato! Guardó el móvil en el bolsillo y estaba a punto de entrar en la tienda para celebrar su “buena educación conyugal” cuando un completo desconocido le agarró del brazo. —Perdone por abordarle así —dijo el hombre con una sonrisa nerviosa—. He visto que iba con una chica… —Es mi esposa, ¿y qué? —frunció el ceño Maxim. —Nada, nada —la sonrisa del hombre se volvió zalamera y conciliadora—. Por curiosidad… ¿No se llama su esposa, por casualidad, Bárbara Melero? —Sí, Bárbara —asintió Maxim—. Antes de casarnos era Melero. ¿Por qué lo pregunta? —¿Y su segundo nombre es Sergia? —¡Sí! —respondió Maxim, cada vez más molesto—. ¿Usted cómo sabe tanto de mi mujer? —Discúlpeme, es solo que… ¿No nació en el noventa y tres? Maxim lo pensó un instante y respondió: —Sí. ¿A qué viene tanta pregunta y de qué conoce usted a Bárbara? —dijo tensándose. Varía llegó a nuestro pueblo hace solo tres años. Antes, nadie sabía de ella. Contaba que había huido de sus padres porque la querían casar a la fuerza. Así que la aparición de este desconocido, soltando tantos detalles en un pueblo donde a Bárbara ni la conocían, era cuanto menos extraña. —Perdón, es que no la conozco personalmente —farfulló el hombre, enrojeciendo—. Digamos que soy admirador suyo. —Mira, admirador, te cuento los dientes ahora mismo y luego te faltarán costillas pa’ presumir tipo —dijo Maxim con clara amenaza—. ¿Admirador? ¿Quieres quitarme a mi mujer? —¡Ay no, no! ¡Me ha entendido fatal! —movía las manos el hombre—. No es en ese sentido… ¡Soy admirador de su talento! —Pues que yo sepa, Bárbara no tiene ningún talento especial —se desconcertó Maxim. —¡Hombre! ¡Para lograr una descalificación de por vida en muay thai a los dieciocho por exceso de dureza… eso es talento! —exclamó el desconocido. —Una pena que tras ganar un par de torneos privados dejara de competir. Verla sobre el ring era un espectáculo. A Maxim le temblaban las manos intentando sacar el móvil del bolsillo. Se le cayó al suelo y se destrozó contra el asfalto. Cuando lo recogió a toda prisa, el móvil no volvió a encenderse. Salió corriendo hacia casa y murmuraba para sí: —¡Virgen santa, ojalá llegue a tiempo! Cuando Bárbara llegó al pueblo, Maxim se fijó enseguida en ella. ¿Quién no lo hubiera hecho? Joven, deportiva, simpática, llena de vitalidad. Y además, se incorporó como profesora de educación física en primaria. Todos pensaron que sería una universitaria destinada provisionalmente, que se marcharía al terminar. Pero resultó que tenía veinticinco años y que venía para quedarse. Después empezaron a esperar que trajese a su familia. Pero la chica estaba sola. —Aquí hay gato encerrado —chismorreaban las vecinas—. Guapa y joven, y viene sola… seguro oculta algún misterio. —Que va, mujer… —respondía otra—. Más bien se habrá llevado una decepción amorosa y vino a curarse el alma. —O se peleó con los padres y escapó. Que esas historias son más comunes de lo que creemos; hasta sale en la tele. Maxim la observaba, pero no se lanzaba a cortejarla. —¡Vaya usted a saber qué historia trae! Cuando se aclare, ya veremos. Trabajar en el colegio no era solo esfuerzo, también mucha tertulia en la sala de profesores, donde todos acaban contando su vida. En medio año, lograron sacarle a Bárbara toda su emotiva historia. —Mis padres son empresarios, buena gente… pero vino una crisis, el proveedor nos dejó tirados y todo iba a la ruina. Así que mi padre quiso casarme con alguien apropiado, para salvar el negocio. ¡Y aquel “príncipe”, si lo viera! Preferí escapar con lo puesto. —¿Y aquí, sola? —se asombraba una compañera. —En todas partes vive gente —se encogía de hombros Bárbara—. Mejor sola y luchando, que casarme sin amor. ¡Ni siquiera era una boda; era una venta! Y tampoco quiero ser mercancía. —Tranquila, ya encontrarás tu verdadero amor aquí —le decían las otras—. El pueblo es pequeño, pero hay buena gente. Cuando el relato de Bárbara corrió por el pueblo, Maxim tuvo claro su destino. —¡Esta será mi mujer! Nuestras chicas ya son demasiado exigentes, y esta es de fuera. ¡Además, ni siquiera veremos a su familia! Así lo explicó en casa: a su madre, su padre y su hermano mayor. —Es joven, sana y deportista… ¡Normal que sea profe de gimnasia! Nos dará hijos sanos y ayudará en casa. ¿Cuántas clases puede tener en el cole? —¡Un partido excelente! —aprobó la familia—. Y si se pone rebelde, ya la educaremos a la castellana. ¿Y por qué estaban seguros de que habría boda? Porque Maxim era un guaperas. Además, ejercía de subjefe en el almacén de frutas y verduras. Cuando venía una inspección de la capital, Maxim se hacía pasar por simple encargado, para no levantar sospechas. Se ofreció para racionalizar y optimizar, y tanto insistió que acabaron dejándole de segundo de a bordo. —¡Tú lo organizas todo, tú lo controlas! Así que luego no te quejes de las responsabilidades. La gente bromeaba con que la iniciativa se paga cara. Pero él organizó toda la base y demostró ser un gerente excelente. Eso sí, los empleados se quejaban de que Don Maxim era duro con los castigos. Y su hermano mayor, que él colocó de jefe de seguridad, era aún peor. —Aquí ni una zanahoria pocha dejan sacar. Y encima, no les tiembla el pulso con la fuerza, que entre hermanos se protegen. Pero la eficacia era tal que los robos desaparecieron. ¿Cómo iba a negarse Bárbara a casarse con tan cumplidor muchacho? Al principio aceptó pasear con él, luego se dejó cortejar y al final fue su esposa. Maxim sacó a Bárbara de la habitación alquilada donde vivía y la llevó a su casa familiar. —Tienes que entender que aquí vivimos todos juntos como una gran familia —predicaba la suegra. —Hacemos todo juntos y nos ayudamos. No sé cómo se hacía en tu casa, pero aquí mandan estas costumbres. —En mi casa no había tantas reglas —dijo Bárbara—. Y de esas precisamente escapé. Si soy esposa de Maxim, aprenderé las reglas de ahora. Eso fue recibido con entusiasmo. —Pero tendréis que disculparme si no lo hago bien —se disculpó Bárbara—. En la casa de mis padres había personal para todo. —¡Eso se arregla rápido! —dijo el suegro—. Aquí todos aprendemos. ¿No eres tú profesora? —En teoría sí, —contestó Bárbara—. Pero no soporto la injusticia. —Querida —saltó la suegra—. La justicia es relativa. Lo que hay son normas de vida; llevan siglos ahí. Respeta a tu marido y a su familia. ¡Trata a los demás como te gustaría que te trataran! Y a la mujer la embellecen la obediencia y la dulzura. Los hombres ya se encargan de los problemas grandes y de cuidar de nosotras. —Si así se hace… —Bárbara se encogió de hombros—. Pero espero que aquí no haya castigos como en tiempos del Doméstico. —¡Nada de látigos ni caballerizas en casa! —rió el suegro. Pero sobre el “Doméstico”, Bárbara parecía tener visión de futuro. En apenas un mes, su libertad quedó reducida al mínimo. Solo al trabajo y a la compra. Para todo lo demás: —¿A dónde crees que vas? ¡En casa falta de todo! ¡Y el huerto, las gallinas, los patos! —gritaba doña Natalia—. ¡Somos familia y yo no puedo con todo sola! En esa parte no exageraba. Maxim y su hermano casi siempre fuera, desde el alba hasta tarde. Y el almacén necesitaba dedicación día y noche. El suegro, con problemas de espalda, solo daba consejos. Y todo el peso recaía sobre Natalia y Bárbara. Pero hasta Natalia no era joven ya. A veces le subía la tensión, le dolían los huesos por el cambio de tiempo, o se postraba con jaqueca. ¡Y la casa no da tregua, ni domingos ni festivos! —¿Y la vida personal? —preguntaba Bárbara—. No de marido y mujer, sino salir, ir al cine, al café; no tengo ni amigas. —Una casada no necesita amigas. Créeme, traen más problemas que soluciones. Y lo del café y cine, háblalo con tu marido. ¡Aquí no queda bien que una mujer decente vaya sola por ahí! Somos un pueblo, no la ciudad; aquí cualquier paso en falso te marca para siempre. —¿En serio? —se asombró Bárbara. —Tú has vivido en ciudad, pero aquí todo el mundo te vigila. Y tú eres maestra. Como hagas una tontería, te echan por la puerta de atrás. Lógica infalible, pero Bárbara no iba a enterrarse como criada sumisa. Trabajaba, cumplía, pero exigía respeto. Plantaba cara, subía el tono, respondía sin miedo. —Si trabajo, es en igualdad. ¡No pienso cargar con todo mientras otros descansan! Dos años y medio tras la boda y Bárbara seguía igual. Exigía juego limpio. Si alguien hacía trampa, ella no se rebajaba. —¡Menudo carácter tiene esta Bárbara! —decía Natalia cuando la mandaban a por el pan—. ¡Contestas cinco palabras por cada cosa! —¡Y a mí no me respeta! —se quejaba Antonio—. Le pido un cojín o un poco de agua, ¡y me contesta que está ocupada! —Maxim, eso no puede ser así —le decía su hermano mayor—. ¡Está faltando el respeto a los padres! ¿Desde cuándo se permite esto? —Ya sé que se burla de mí, ¡y yo soy el hombre! Hay que domarla como a una fiera. Y encima, ¡no tenemos hijos! Cuando los haya, se nos sube encima y dirá que es la madre, y nos margina. —Hay que prepararlo bien —respondió el hermano—. Sácala a pasear y luego mándala sola a casa, que nosotros la recibimos y le dejamos claro cómo son las cosas. Si entiende con palabras, bien. Si no, pues unos empujones. Y, si se rebela, al sótano; en la escuela diremos que está de vacaciones. Un mes de encierro la calma. Así lo organizaron. Mientras Maxim paseaba con Bárbara, sus parientes se aprestaban y esperaban la llamada: “¡Ahí va Bárbara para casa!” Pero Maxim no llegó a tiempo. La verja estaba en su sitio, pero la puerta… ni rastro. En la entrada, en el suelo, estaba su hermano Miki, llorando con un brazo fracturado. Maxim le sacó el móvil del bolsillo, marcó el 112 y se lo puso al oído: —¡Di la dirección! —le gritó—. ¡Y pide varias ambulancias! En el pasillo, entre trozos de muebles, al padre: inconsciente, pero vivo. Al menos eso daba algo de tranquilidad. En la cocina, junto a la puerta, la madre… con un morado enorme y una vara de amasar partida en dos. En la mesa, Bárbara, tan tranquila, tomaba el té. —¿Me traes mi ración, cariño? —miró Bárbara a su marido. —N-no… —tartamudeó Maxim. —Entonces, no sé qué ofrecerte… ¿Quizá un poco de justicia para la familia? —¡Eso había que haberlo avisado antes! —exclamó él—. ¡Casi me matas a la gente! —Sé medir. Cada quien recibió lo que venía buscando. ¡Quien viene con violencia, con violencia acaba! La vara la partí con la rodilla. A tu madre ni la toqué; fue ella, que al huir se dio con la puerta. —¿Y ahora cómo vamos a vivir? —Yo diría que en armonía —sonrió Bárbara—. Sobre todo, en justicia. Ni se te ocurra pensar en divorcio, además… estoy esperando. ¡Y mi hijo tendrá padre! Maxim tragó saliva: —Vale, cariño… Cuando todos sanaron, las normas familiares cambiaron un poco. Desde entonces, reina la paz y el respeto. ¡Y jamás nadie volvió a ofender a nadie!