Dos amigas, dos destinos

Dos amigas, dos destinos

María, con una nostalgia que le aprieta el pecho, contemplaba su propio reflejo en el espejo.
¡Vieja, vieja! se lamentó. La cara se ha ido alargando, el doble mentón, las arrugas por todas partes Sí, ya son sesenta y seis años, y no es cualquier cosa, sobre todo después de una vida como la mía. Sollozó y, con mano temblorosa, trató de colocar los rulos que su hija le había puesto esa misma mañana.

Su hija le había enrollado los rulos antes de salir. Hoy, en su pueblo de la provincia de Segovia, se celebraría el quincuagésimo aniversario de la inauguración de la escuela secundaria. María había sido una de las primeras alumnas de aquel centro.

La escuela estaba engalanada para la fiesta; vendrían funcionarios de la capital y los vecinos se congregarían en la plaza. Desde la ciudad prometieron llegar antiguos compañeros, aunque la mayoría no se aventuraría a viajar. Muchos ya no están, y el tiempo ha desdibujado recuerdos.

Un ladrido rompió el silencio del patio. María asomó la cabeza por la ventana. Tras la verja, una figura femenina se recortaba contra la luz. Se puso su chaqueta raída y salió a recibir a la visitante. Al principio no la reconoció; pero cuando la mujer habló, el nombre de su vieja amiga emergió como un eco.

Recibí la invitación a la fiesta y pensé que quizá fuera la última vez que volviera al pueblo. No tengo dónde quedarme; mis hijos ya no viven aquí… ¿Me dejas entrar? preguntó, con la voz cargada de esperanza.

Claro que sí respondió María, y ambas se abrazaron, dejando que una lágrimao quizás una sonrisase deslizara por sus mejillas, sin saber si era de alegría o de melancolía.

¡Qué guapa y a la moda estás! exclamó María, admirando a su amiga.

Pues vivía en la ciudad. Mi marido era un hombre respetable, jefe de una empresa. Tenía que estar a la altura, y si hubiera vivido en el campo, tendría tu misma vida. Perdona si te he ofendido dijo Lola, mordiendo ligeramente su lengua.

No te preocupes, no me lo tomo a mal. Se nota la diferencia; pareces quince años más joven, aunque tengamos la misma edad susurró María, tomando su taza de café.

Al caer la noche, las mujeres elegantemente vestidas se dirigieron a la escuela. Solo ocho personas llegaron desde Madrid. Los abrazos fueron torpes, los rostros apenas reconocibles tras tantos años. Tras la ceremonia, se dispusieron mesas, se sirvió vino y tarta, y se brindó por el reencuentro, como si no pudiera faltar el brindis en una ocasión así. Recordaron anécdotas, rieron, disfrutaron, y al pasar la medianoche se dispersaron.

Lola volvió a casa de María; el sueño parecía una palabra lejana. Se quedaron conversando casi hasta el alba. Lola narró su vida en la capital: su marido había sido un buen hombre, vivían como compañeros de alma, pero tres años atrás falleció.

Su única hija reside en Madrid, terminó la universidad, se casó y, según su propia declaración, son una pareja childfree, es decir, sin hijos por decisión propia. Lola pronunció la palabra con orgullo; María, desconcertada, le explicó que así se describen quienes rechazan conscientemente la paternidad.

Esa realidad entristece a Lola, pero ¿qué puede hacer? La hija apenas la visita, ocupada con sus propios asuntos, y ni siquiera asistió al funeral del padre. Su cargo es de alta responsabilidad. No invita a su madre a su casa, pero le envía ayuda económica; gracias a eso Lola puede permitirse una escapada a un balneario y subsistir sin contar cada céntimo. Su pensión es mísera, porque nunca tuvo un historial laboral propio; su marido la mantenía y no le permitió trabajar.

¿Y tú? indagó Lola. He oído que también quedaste viuda. Dicen que tu Nicolás bebía mucho. ¿Y los niños?

¿Yo? respondió María. Lo mismo que en el pueblo; el alcohol era el refugio de muchos hombres, sobre todo cuando la fábrica de madera cerró y el trabajo desapareció. Los hombres de aquí son como cadenas rotas.

El mío era sobrio, de palabra medida, pero cuando se embriagaba se convertía en un demonio, la ira le salía por todas partes. Yo era su peor enemiga. He sufrido golpes y insultos; no lo creerías, pero cuando sabíamos que volvería ebrio, nos refugiábamos bajo la ropa para huir antes de que nos alcanzara.

Él bebía y yo me debatía como un pez atrapado bajo el hielo. Construí un corrales para criar cerdos; tenía dos cerdas, vendía lechones o los criaba para carne. Mi marido, enfermo, dejó de beber y fumar, pero ya era demasiado tarde; su cuerpo estaba envenenado por años de excesos. Llevo dos años sin alcohol.

Los hijos están en el pueblo. Mi hija, Lucía, terminó la escuela de artes, ahora enseña a niños, y mi yerno es el director del instituto y también diputado. Tú lo viste hoy, un buen hombre. Querían recortar la escuela a nueve cursos, pero él escribió a Madrid y la defendió.

Mis hijos son gemelos; sirvieron juntos en el ejército y ahora, en el turno de la Guardia Civil en la zona de Valsain, ganan bien. Tengo seis nietos, dos por cada hijo; no rechazan la vida con hijos, ¿cómo vivir sin descendencia? Los chicos rara vez beben, solo en fiestas, siguiendo el ejemplo del abuelo. No son amantes del alcohol.

Al día siguiente, María acompañó a Lola hasta la parada del autobús. Le entregó un paquete de jamón curado con su grasa, y un frasco de mermelada de frambuesa. En la calle, el contraste entre ambas se hacía aún más evidente.

Lola, esbelta, llevaba una elegante chaqueta de plumas, una gorra de visón con un coqueto lazo, zapatos de tacón bajo y labios pintados de rojo carmesí. María, de figura robusta, vestía un abrigo ya pasado de moda, alpargatas de fieltro y un mantón de lana sobre los hombros.

Llegó el autobús. Las amigas se abrazaron, prometiéndose llamadas frecuentes. Lola subió con facilidad; María, con paso pesado, volvió a su casa.

P.D.
Ambas partieron con un comienzo similar, pero sus destinos tomaron rumbos tan distintos. ¿Será cuestión del azar? ¿De la suerte? ¿Existen fuerzas ocultas que mueven los hilos del destino femenino? Y, al fin y al cabo, ¿quién de las dos lleva la verdadera felicidad?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 − fourteen =