Oye, escucha esto…
Después de su primer matrimonio fracasado, Arancha pensó que jamás volvería a creer en un hombre y ni siquiera quería casarse otra vez. Con su primer marido, Antonio, apenas duraron un año juntos. Él ya bebía antes de la boda y siguió igual después, aunque le juraba y perjuraba:
—En cuanto nos casemos, ni una gota más de alcohol, te lo prometo.
La pobre Arancha se lo creyó, aunque su madre le advertía:
—Hija, no te fíes. Si ya bebía antes, no va a cambiar solo por un anillo.
Pero ella, ilusa, insistía:
—Mamá, Antonio es un hombre de palabra. Dice que va a cuidar de mí, que va a ser un marido, no un amigo cualquiera.
—Ya verás, hija. Ya lo recordarás cuando sea tarde.
Y así fue. A los dos días de la boda, ya no recordaba ni lo que había hecho la noche anterior. Luego pasó una semana entera de juerga, celebrando su recién estrenado matrimonio. Cuando por fin reaccionó, tuvo que volver al trabajo, aunque se había tomado dos semanas de vacaciones.
Arancha esperó un mes, dos, tres… Pero él siempre llegaba a casa después de trabajo con la copa de más.
—Antonio, ¿recuerdas lo que me prometiste?
—¿Qué prometí?
—Que no beberías ni una gota.
—Arancha, no es tan fácil dejarlo de golpe. Hay que ir poco a poco, es malo para el cuerpo cortarlo de repente. Te juro que lo dejaré.
Pasaron ocho meses, sus nervios ya no daban más, y al menos estaba contenta de no haberse quedado embarazada. Hasta que un día, le puso las cartas sobre la mesa:
—Antonio, he pedido el divorcio. Así que recoge tus cosas y vete de mi piso.
La vivienda, un pequeño piso heredado de su abuela, era suya. Al principio él ni se enteró, borracho como siempre, pero cuando vio sus maletas en la puerta, se fue a casa de su madre.
Arancha no quiso saber nada de hombres durante años, mucho menos salir con uno. Pero el tiempo pasó, ocho años volaron, y poco a poco su corazón se ablandó. Empezó a echar de menos el cariño, la compañía, cuidar de alguien…
—Arancha, ven a mi cumpleaños —la invitó Lucía, su antigua compañera de residencia universitaria.
—Claro que iré —prometió, hacía mucho que no se veían.
Lucía estaba casada, vivía en una gran casa en las afueras con su marido y su hija. Todo le iba bien. Nada más entrar, Arancha notó la presencia de un hombre desconocido. No sabía por qué, pero algo le llamó la atención. Era de estatura media, nada especialmente guapo, pero… cuando ella se sentó frente a él, él se levantó un poco y dijo:
—Soy Daniel, el hermano de Lucía.
—Arancha —contestó ella, y él sonrió.
Vaya sonrisa. Cálida, contagiosa. En seguida notó que Daniel era el alma de la fiesta, el centro de atención, más que la propia cumpleañera. Bromeaba, atendía a todos, regalaba cumplidos. Y sí, había algo en cómo la miraba que hizo que su corazón se acelerara.
—No es guapo, pero qué encanto tiene —pensó—. Y parece que yo también le intereso…
Daniel la sacó a bailar varias veces, acercándose más de la cuenta, y ella, extrañamente, no se molestó. Al final de la noche, mientras se despedían, él le susurró:
—Espera, que te acompaño. Solo aviso a mi hermana, que si no se pone histérica.
La noche era tranquila.
—¿Vives lejos? —preguntó él.
—A unos veinte minutos andando. Vine en taxi.
—¿Entonces vamos caminando, si no te importa?
—Vale.
La rodeó con el brazo y se dirigieron hacia su casa. Sin saber muy bien cómo, acabaron entrando juntos en su piso. Y lo que pasó después… bueno, tampoco le dio muchas vueltas.
Por la mañana, Arancha despertó primero. Daniel dormía de espaldas, pero al notar su mirada, abrió los ojos. Se miraron y se echaron a reír. Todo era fácil, divertido. Así empezaron a salir.
Cuando Lucía se enteró, intentó advertirla:
—Arancha, me ha dicho Dani que estáis saliendo…
—Sí, es cierto —admitió Arancha sin tapujos.
—Mira, yo quiero a mi hermano, pero no es hombre para una familia. Búscate a alguien más serio. Dani es un vago, un juerguista.
—Lucía, para mí es perfecto.
—Bueno, ya te lo he dicho.
Arancha no veía ningún defecto en él, estaba ciega de amor. Dicen que cuando uno está enamorado, no ve —o no quiere ver— lo malo. Pero el tiempo le daría la razón a Lucía.
Un día, Arancha lo vio con otra mujer. Iban abrazados por la calle. En lugar de hablar con él después, algo dentro de ella estalló. Se abalanzó sobre la otra, tirándola del pelo.
—Si te acercas otra vez a Daniel, la próxima será peor —le espetó.
La chica se fue, y Daniel intentó calmarla:
—Arancha, por Dios, era solo una amiga. No es lo que crees.
Y ella, como una tonta, se lo creyó. Hasta le propuso matrimonio poco después, y ella aceptó sin pensar.
—¡Sí, claro que me caso contigo!
Se presentó a su familia, y a todos les cayó bien. Era el típico gracioso, sabía qué decir en cada momento. Diez años mayor que ella, con cuarenta recién cumplidos.
Poco después, Arancha tuvo un hijo. Al principio, Daniel se mostraba cariñoso, pero luego… algo cambió. Empezó a obsesionarse con el gimnasio, a inyectarse algo para aumentar músculo, pasaba horas y horas entrenando. Hasta dejó el trabajo.
—Daniel, ¿voy a mantener a la familia yo sola? —protestaba ella.
Él se encogía de hombros y se iba.
Al tiempo, encontró otro empleo, pero solo para comprarse un coche a crédito. Luego, se pasaba las noches fuera, volviendo al amanecer. Hasta que un día, Arancha vio manchas de pintalabios en su camiseta.
—¿Esto qué es, Daniel? ¿Tan difícil es disimular? Ya sé dónde pasas las noches. ¿Podrías venir a recogerme al trabajo, al menos una vez?
—Andando también estás guapa —se rió él—. No tengo tiempo para ti.
Y aun así, no se divorció de él.
Cuando terminó de pagar el coche, dejó el trabajo otra vez, viviendo de chapuzas. Con los años, el gimnasio lo abandonó, envejeció mal, perdió dientes (quizá por las inyecciones), los músculos se le cayeron… Y su carácter empeoró: gritos, mal humor.
Un 8 de marzo, Arancha se acercó a él, tirado en el sofá desde primera hora.
—Daniel, hoy es el Día de la Mujer. ¿Ni un felicitación?
Él la miró, se levantó y… en lugar de palabras, le soltó un puñetazo en la cara.
Ella cayó al suelo. Él volvió al sofá, indiferente.
Y aun así, seguían juntos. Él sin trabajar, ella con dos empleos. Vivían como extraños bajo el mismo techo, hablándose solo por WhatsApp si era necesario.
Arancha recordaba las palabras de Lucía, lamentándose:
—¿En qué estaría pensando? ¿Por qué no le hice caso? ¿Por qué no lo dejé cuando lo vi con esa mujer?
Ojalá se pudiera volver atrásArancha miró su reflejo en el espejo, con el corazón roto pero por fin libre, y supo que aunque el tiempo no podía volver atrás, al menos el futuro todavía era suyo.






