En el recóndito pueblo de Villafranca, la familia Gómez, humilde y numerosa, abrió las puertas de su casa a una anciana casi desconocida, una pariente lejana, ciega y demente, casi perdida en la demencia. No era una decisión sensata, sin embargo la aceptaron sin vacilar.
Vivían en una casucha de adobe al final del pueblo, con tres hijos y dos nietos, los pequeños Juan y Luis, fruto de uno de los hijos. Eran gente ruda, sin mucha educación, pero de corazón honrado. No la entregaron al asilo ni la dejaron sola en la cantina del pueblo; la llevaron a su humilde morada, la cubrieron con un paño limpio, le dieron de comer con cuchara y la recostaron en la cama. En la pared colgaron un tapiz con ciervos, aunque ella ya no veía; sin embargo, su voz delgada y áspera siguió llenando la casa de murmullos.
Una madrugada, la anciana Gumersinda Márquez susurró con su voz tenue: «¡Hay un ladrón en el granero!» Los Gómez corrieron al granero y encontraron a Paco, el vecino ebrio, saqueando patatas y repollos. La coincidencia les dejó helados.
Pasaron los días y la vieja volvió a profetizar: «No dejes que Raimundo se vaya a la ciudad, el coche se estrellará». Confiados, impidieron que su hijo Raimundo y su amigo partieran. El amigo, al intentar marcharse, sufrió un grave accidente; Raimundo, por suerte, se quedó a salvo. La familia, temblorosa, creyó que la senilidad de Gumersinda había sido un faro inesperado.
Los acertijos siguieron. La anciana empezó a pedir un billete de lotería con una voz que apenas alcanzaba a levantar la cuchara. El padre, Antonio, fue al mercado de la capital y compró un décimo. Contra todo pronóstico, el número resultó ganador y les llegó una lluvia de euros: trescientos mil, quizá cuatrocientos, o quizá quinientos; el propio Antonio sólo decía «una buena pasta».
Con el dinero, compraron a Gumersinda un bata nueva, dulces de jengibre y un manto bordado de flores. Aunque sus ojos ya no servían, los Gómez juraron que ella veía con el alma. La anciana, siempre desvariando y olvidando, no lograba ni alimentarse sola ni llegar al baño, pero su sonrisa iluminaba la estancia. Sentada en el hermoso manto, con la bata impecable y el pañuelo adornado, parecía una muñeca de porcelana. Contaba sus rosarios y, en su voz fina, susurraba palabras de bondad, moviendo la cabeza como si resonara una canción que sólo ella escuchaba.






