La justicia ante todo

**Justicia ante todo**

Desde los nueve años, Lucía vivió con su abuela, Claudia Jiménez. Sus padres murieron en un accidente volviendo del mercado en su viejo Seat 600. Vendían carne y leche, era un otoño lluvioso.

Lucía entendió que no los volvería a ver. La abuela Clau también estaba sola; su abuelo Joaquín había fallecido. Así vivían las dos, abuela y nieta. Lucía acababa de terminar el instituto y salía con Miguel, un chico del pueblo.

Miguel era guapo, simpático y algo pícaro, el típico “gamberro” que gusta a las chicas. Tenía carácter fuerte, discutían por tonterías, pero siempre se reconciliaban. Él daba el primer paso. A pesar de todo, sabían que estarían juntos siempre.

—Lucía, ¿qué ves en ese gandul? No es para ti. Es igual que tu abuelo Joaquín, ¡vaya calvario llevé con él! Por eso el Señor se lo llevó pronto —refunfuñaba Claudia mientras Lucía se arreglaba para ver a Miguel.

—Abuela, es buena persona, honrado —replicaba ella.

—Mírate a Pablo, siempre tras de ti, educado… ¡y tú ni caso!

A Claudia no le caía bien Miguel. Él le contestaba mal cuando ella no le decía dónde estaba Lucía.

Pablo estaba enamorado de ella desde el instituto. Callado y caballeroso, pero a las jóvenes les gustan los atrevidos como Miguel.

—El marido debe ser como Pablo, no como ese alborotador —insistía Claudia.

Una noche, Lucía y Miguel discutieron. Él se fue al pueblo de al lado y no volvió. Ella imaginó lo peor: que alguna chica le habría conquistado. Pero Miguel la quería; era fiel, solo muy sociable.

—Pues yo dormiré en casa de Carla, sin avisarle —pensó Lucía.

—Abuela, me quedo en casa de Carla.

—Bien —asintió Claudia, aliviada—. Al menos así ese gamberro no vendrá a preguntar por ti.

Al amanecer, corrió la noticia: alguien había intentado matar a Claudia. Lucía salió corriendo. La encontró en el suelo, su vecina Rosario, que llevaba leche fresca, la halló así y avisó a la policía.

El inspector Carlos Mendoza interrogó a Lucía, pero ella no sabía nada. Llevaron a Claudia al hospital. El pueblo entero tembló: ¿quién atacaría a una anciana?

Lucía se culpó por no estar esa noche en casa. Carlos, amigo de su difunto padre, la acompañó al hospital.

—¿Se te ocurre quién haría esto? —preguntó él.

—No lo sé —lloró Lucía.

Claudia seguía inconsciente, pero fuera de peligro. Carlos esperaba que recordase al agresor.

De vuelta al pueblo, Pablo la esperaba cerca de la comisaría.

—¿Estás bien? —le puso su chaqueta al hombro.

—Sí —respondió ella secamente.

—Necesito hablar contigo —insistió él.

Ella aceptó. Con Claudia en el hospital, se sentía vulnerable.

—Creo que fue Miguel. Iré al inspector. Lo vieron cerca de tu casa esa noche y discutía mucho con tu abuela.

—¡Él jamás haría eso! —protestó Lucía.

Pero la duda la corroía. ¿Realmente lo conocía? Recordó lo bien que Claudia hablaba de Pablo.

Al día siguiente, Miguel la llamó desde el taller, cubierto de grasa.

—¿Sigues enfadada? Dormí en casa de Alejandro, sin chicas.

—¿Y a mi abuela también la “visitaste”? —gritó ella.

—¡Sí, hablé con ella! Pero me echó, como siempre. ¡Yo jamás haría daño a una anciana!

Lucía no le creyó y se fue. Pablo observaba desde la esquina.

Al otro día, arrestaron a Miguel. Hallaron sus huellas en la puerta, aunque él nunca negó haber ido.

Esa tarde, paseando con Pablo, él le dijo:

—Tu abuela era tan bondadosa… hasta me invitaba a pasteles.

—Sí, era muy dulce —sonrió ella con tristeza.

—¿Te casarías conmigo? —preguntó él de repente.

—Cuando ella se recupere, hablamos.

Esa noche, Lucía lloró. “Tenía razón mi abuela. Miguel es un sinvergüenza”.

A la mañana siguiente, el médico llamó:

—Tu abuela ha despertado.

Corrió al hospital con Carlos. Al entrar, vieron a Pablo forcejeando con las enfermeras.

—¡Intentó estrangularla! —explicó una.

Los ojos de Pablo eran fríos. Lucía abrazó a Claudia, llorando.

Un día después, dieron de alta a la abuela y liberaron a Miguel. Corrió a ver a Lucía. Claudia ya no se oponía.

Carlos interrogó a Pablo:

—¿Por qué lo hiciste?

—Quería que encerraran a Miguel. Así Lucía sería mía.

—¿Y cargar con ese pecado?

—Casi lo consigo…

Lucía se casó con Miguel. Todo el pueblo sabía que eran inseparables. Aunque llegaba el invierno, en su corazón cantaban los pájaros: era feliz junto a su amado.

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