Mamá Teresa era rubia, papá Alejandro un moreno de mirada intensa. Se amaban como si fueran los protagonistas de una canción de los años sesenta y, dos años después de la boda, les nació una niña.
El parto fue una faena: la bebé se quedó enredada en el cordón y tuvo que recibir oxígeno extra. El anestesista la metió en la cámara hiperbárica y Teresa la trasladaron a otra habitación. No vio a su hija hasta diez horas después. Cuando la enfermera le entregó al bebé, lo había envuelto como una muñeca. La desdobló sobre la mesa y, para sorpresa de todos, apareció una pequeñita de cabellos rojizos, largos y rizados.
¿Estará segura de que es mi hija? preguntó Teresa, temblorosa.
Le garantizo el 100% replicó la enfermera. Además, su padre también será pelirrojo, según parece.
Teresa observó sin poder creer lo que sus ojos mostraban. La niña empezó a hacer muecas, a buscar en el aire la pecho de su madre y a chillar a todo el pabellón. Teresa, sin mucha práctica, intentó envolverla de nuevo; la pequeñita sólo se calmó cuando la acercó al pecho.
Cuando Alejandro vino a buscar a sus dos hijas, miró al bebé con desconcierto pero no comentó nada. En casa empezaron a indagar en la genealogía. Resultó que la bisabuela paterna de Alejandro, una polaca de la Galicia de antaño, era una pelirroja de rizos indomables; después de ella, la familia solo había procreado morenos.
Tras el primer baño, cuando Teresa secó a la recién nacida con una toalla y la sostuvo en brazos, Alejandro exclamó:
¡Parece un diente de león de mayo!
Aunque el nombre oficial iba a ser **Alba**, la llamaron **Margarita**, y, de tanto apodo, la niña acabó conocida como **Dientecito**.
Margarita creció alegre; los vecinos la apodaron la risueña. Sólo lloraba por razones muy evidentes. Cuando cumplió cuatro años, la primavera le dejó las primeras pecas en la nariz.
Mamá, ¿qué son esas manchas? preguntó con inocencia.
Son pecas, cariño. Los ángeles las llevan, y cuantas más tienes, más gente tendrás que ayudar respondió Teresa, dándole un beso en la mejilla.
Margarita tomó la frase al pie de la letra. En el arenero, cuando algún chiquillo empezaba a sollozar, dejaba sus castillos de arena, corría hacia el pequeño y le acariciaba la cabeza, a veces diciendo palabras de consuelo que, como por arte de magia, hacían cesar el llanto. Pronto se convenció de que era un ángel.
Cuando los niños pedían una muñeca idéntica a la suya y lloraban desconsolados, ella les entregaba la suya. Al volver a casa, la muñeca siempre estaba en su sitio, como si la madre del otro niño la hubiera devuelto con una sonrisa y un helado de **3**. Margarita no sospechaba el truco; sólo pensaba que así funcionaban los ángeles.
En quinto de primaria, al regresar de la escuela, vio a un anciano en la acera tropezando con los cordones desatados de sus zapatos. Mientras el anciano intentaba atarse, un chico de quinto piso, asomado a la ventana, dio por accidente un codazo a una maceta con un ficus. La maceta salió disparada. Sin decir palabra, Margarita se lanzó y empujó al anciano fuera del camino. Él cayó, pero la maceta le dio en la espalda y se hizo añicos.
¡Pequeña, eres un ángel! exclamó el anciano, aturdido. Me has salvado de una muerte segura.
Desde entonces, cada primavera surgían nuevas pecas en su nariz. Una mañana, frente al espejo, observó sus rizos rojizos, sus ojos azules y el creciente ejército de pecas.
Mamá, ¿dónde encontraré a todas esas personas que esperan mi ayuda? indagó, sin recordar la charla de siete años atrás.
Hija, esas pecas son besos del sol. Cada beso es una vida que puedes tocar respondió Teresa, abrazándola.
Entonces, el sol me besa, y yo debo ayudar a quien esos besos representen concluyó Margarita, mientras su madre, atónita, repetía:
¡Dientecito, eres un auténtico ángel!
De adolescente, Margarita se volvió la guardiana de los mayores. Les ayudaba a cruzar la calle, les llevaba las bolsas a casa, y, si veía a una anciana indecisa entre leche o mantequilla en el supermercado, compraba ambos productos (un **2** de leche y **1,50** de mantequilla) y se los entregaba sin dudar.
Una tarde, mientras caminaba por la acera, una mujer elegante, perfumada con una fragancia que recordaba a los jazmines de los jardines del Retiro, pasó al lado de un Lexus reluciente. Margarita, intrigada, intentó preguntar de la fragancia, pero la mujer, irritada, le espetó:
¡¿Qué te crees, jovencita?!
¡Perdón! Solo quería saber su perfume balbuceó Margarita.
En ese instante, se escuchó el chirrido de frenos y el estruendo de un choque. Un coche, conducido por un conductor ebrio y a gran velocidad, impactó contra el Lexus. La mujer quedó asustada, pero al ver a Margarita, la abrazó y susurró:
Eres mi ángel.
Ya adulta, una lluviosa mañana de otoño, Margarita esperó el metro bajo una capucha con pompón. Un chico con el pelo rojizo y pecas brillantes, empapado de la lluvia, se acercó y le preguntó cómo llegar a la calle **Belmonte**. Al verla, ambos estallaron en carcajadas, y, sin parar de reír, se quitaron los abrigos mojados.
Dos años después, dieron la bienvenida a un pequeño de pelo rizado y rojizo, otro diente de león. Cuando cumplió cuatro años, le aparecieron pecas en la nariz y le preguntó:
Mamá, ¿qué son esas manchas?
Y Margarita, ya experta en la sabiduría de los pecas, respondió:
Son los besos del sol, y cada uno indica a quién debes ayudar.






